Capítulo 180
La revelación atravesó a Anaís como un relámpago de comprensión mientras arqueaba sutilmente las cejas. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar con perfecta claridad: el comportamiento exaltado de Iván ante la presencia de Irene cobraba un nuevo significado.
La historia que se desplegaba era digna de una novela romántica con tintes de tragedia. Iván, consumido por años de amor silencioso, había sido tomado por sorpresa cuando Irene, objeto de su devoción secreta, dio el primer paso. Pero aquel breve idilio resultó ser apenas un espejismo tan pronto como comenzó, ella lo abandonó para iniciar una relación con Gustavo.
Para el heredero de los Moreno, aquello representaba una herida que iba más allá del corazón, alcanzando las profundidades de su orgullo. Los rumores que circulaban en la alta sociedad sobre su aparente enemistad con Irene no eran más que una elaborada pantomima, un intento desesperado por mantener su atención. Sin embargo, Irene demostraba una templanza admirable, casi cruel en su perfección: no solo había logrado separarse del Grupo Moreno para forjar su propio camino, sino que además construía una vida plena junto a su nuevo amor, dejando a Iván sumido en un torbellino de emociones encontradas.
Anaís sentía que su mente daba vueltas mientras procesaba aquella historia de amor no correspondido. Empujaba la silla de ruedas de Efraín hacia la salida del restaurante, sus pensamientos dispersos como hojas al viento.
-¿De verdad es posible mantener oculto un sentimiento tan profundo? -musitó mientras atravesaban el vestíbulo-. Irene compartió tantos años bajo el mismo techo con él… Me parece que cuando un amor secreto permanece sin ser descubierto es porque la otra persona simplemente decide no verlo. Te dejan arrastrarte en las sombras de tu propio anhelo.
Sus palabras parecieron alterar la energía que emanaba de Efraín, como si hubiera tocado una fibra sensible en su interior.
-Es decir… solo estaba pensando en voz alta -se apresuró a suavizar su comentario.
Mientras subían al automóvil, él dejó escapar una risa suave pero cargada de significado.
-Tal vez tengas razón. El amor secreto permanece oculto porque el objeto de ese amor prefiere no reconocerlo.
Algo en su tono hizo que Anaís sintiera una punzada de inquietud, pero las palabras de consuelo se le atoraron en la garganta.
Durante el trayecto de regreso al Grupo Lobos, Anaís se concentraba en el camino cuando, al girar en una esquina, una figura femenina surgió de la nada, corriendo despavorida. El chirrido de los frenos rasgó el aire mientras Anaís pisaba el pedal con todas sus fuerzas.
El impacto, aunque no directo, arrojó a la mujer a un metro de distancia. Para sorpresa de Anaís, la desconocida se incorporó y, cojeando visiblemente, continuó su huida como si la
Capi
persiguiera el mismo demonio.
-Presidente Lobos, por favor, quédese en el auto -indicó Anaís, girándose hacia él antes de descender del vehículo.
La mujer ya había avanzado varios metros cuando Anaís logró darle alcance.
-¿Se encuentra bien? -preguntó, extendiendo una mano para auxiliarla.
-¡No me toques! -exclamó la mujer, rechazando violentamente su ayuda-. Solo tenía hambre, te juro que no volveré a robar nada.
Mientras hablaba, devoraba algo con desesperación animal, como si temiera que en cualquier momento pudieran arrebatarle su precioso botín. Fue entonces cuando Anaís reconoció aquel rostro manchado de suciedad: era Gisela, la madre adoptiva de Bárbara, cuya desaparición había sido atribuida a un trastorno mental.
-¿Gisela? -susurró Anaís, sujetando su muñeca con gentil firmeza.
La mujer se detuvo, alzando unos ojos nublados por la confusión.
-Sí, soy Gisela… ¿Quién eres tú? -murmuró entre sollozos-. Mi pobre hijo… mi pobre hijo… ¿por qué tuvo que tener tanta mala suerte?
Mientras Gisela lloraba sentada en el pavimento, sin dejar de comer, Anaís sentía la urgencia del tiempo. Necesitaban volver al Grupo Lobos y Efraín esperaba en el auto. Extrajo varios billetes de su bolso y los depositó junto a Gisela.
-Toma, compra algo de comer. Después ve a buscar a Bruno, ¿sabes dónde está?
Gisela se abalanzó sobre el dinero, negando frenéticamente con la cabeza.
-No sé, no sé… no me preguntes.
-El Hospital Miramar, en las afueras -explicó Anaís apresuradamente. Es parte de un proyecto de desarrollo, no es difícil de encontrar. Bruno te necesita. Ve allí y espérame, pase lo que pase, quizás podamos encontrar una solución.
Tras pronunciar estas palabras, regresó al auto. Efraín dirigió una mirada penetrante hacia donde se encontraba Gisela, pero guardó silencio.
De vuelta en el Grupo Lobos, la mente de Anaís vagaba entre la complejidad del proyecto del parque de diversiones y aquel misterioso cuaderno que había encontrado. Las palabras que había plasmado en aquellas páginas tanto tiempo atrás parecían contener un significado que aún se le escapaba, como un enigma esperando ser descifrado.