Capítulo 181
Las palabras de Roberto resonaban en la mente de Anaís como un eco persistente. El desprecio que, según él, sentía por Efraín permanecía como un misterio indescifrable, una pregunta sin respuesta que la atormentaba. El cansancio se apoderó de ella gradualmente, hasta que su cabeza se rindió sobre la montaña de documentos que cubría su escritorio, arrastrándola hacia un sueño inquieto.
Las imágenes oníricas la envolvieron como una neblina densa. El llanto desgarrador de un niño se mezclaba con la voz grave y demandante de un hombre que la interrogaba sin cesar. Todo giraba en una voragine de sensaciones confusas, como pinceladas sueltas en un lienzo borroso. Solo aquellos ojos, aquella mirada penetrante y escrutadora, permanecían nítidos, como si quisieran arrancarle verdades que ni ella misma conocía.
Su corazón se sacudió con violencia, arrancándola del sueño. Al incorporarse, sintió el peso del agotamiento en cada músculo. La escena que encontró frente a ella no mejoró su estado: Sofía, como una enredadera trepadora, se aferraba al brazo de Efraín. Él, quien solía mantener una educada distancia con todas las mujeres, parecía permitirle a Sofía traspasar esos límites con desconcertante facilidad.
Al pasar junto al escritorio de Anaís, Sofía resopló con desprecio mal disimulado. Anaís fingió no percatarse y levantó su mano para retomar la escritura del informe. De pronto, el sonido de agua derramándose la sobresaltó. Ahí estaba Sofía de nuevo, recargada sobre el escritorio con una sonrisa satisfecha pintada en el rostro, mientras el líquido se extendía sobre los documentos.
-¿Sabes qué? Mi hermano y Bárbara fueron a probarse el vestido de novia hoy -comentó Sofía con malicia-. Se ven tan felices juntos… Te vi dormida, ¿has estado llorando por eso,
verdad?
La frustración por el sueño perturbador se mezclaba ahora con la rabia al ver sus documentos empapados. Sofía, ciega ante la tormenta que se gestaba en el rostro de Anaís, empeoró la situación al mover los papeles mojados, esparciendo el agua hasta el fondo de la pila.
Sin mediar palabra, Anaís se incorporó, tomó los documentos empapados y los colocó sobre la cabeza de Sofía. El asombro paralizó a la joven por un instante. Las gotas resbalaban por sus mejillas mientras sus ojos se anegaban en lágrimas de humillación.
-¿Tú sabes quién soy yo? ¿Cómo te atreves? -bramó Sofía antes de salir corriendo hacia la oficina de Efraín.
Anticipando las consecuencias, Anaís abandonó rápidamente el edificio del Grupo Lobos. Encontró refugio en una banca cercana, donde intentó recuperar la calma con un sorbo de agua mineral. En ese momento, el destino le jugó otra mala pasada: el auto de Roberto se detuvo frente a ella.
La ventanilla descendió revelando a Bárbara, impecable como una modelo de revista. La sorpresa en sus ojos no ocultaba del todo su satisfacción.
-Hermanita, ¿qué haces aquí sentada en horario de trabajo? ¿Te despidieron? -preguntó con fingida dulzura.
Las palabras de Bárbara se clavaron como agujas en el pecho de Anaís. Después del incidente con Sofía, la posibilidad de un despido se sentía demasiado real. Este día parecía empeñado en ponerla a prueba.
“Era cuestión de tiempo“, pensó Bárbara, saboreando anticipadamente el fracaso de Anaís en el Grupo Lobos. Su mirada se dirigió hacia el imponente edificio donde Efraín trabajaba. Desde su regreso al país, apenas lo había visto, conformándose con escuchar su nombre en eventos
sociales.
-¿En qué piensas? -la voz de Roberto interrumpió sus cavilaciones.
La culpa se deslizó por su consciencia como una sombra. Sus ambiciones eran transparentes: el matrimonio con alguien del Grupo Lobos era su boleto dorado. Roberto, con su personalidad voluble, no era suficiente. Ella aspiraba a más, a alguien como Efraín, cuyo estatus social brillaba con más intensidad.
-Hermana, acabamos de probar los vestidos de novia y vamos para la casa de los Villagra -ofreció Bárbara con amabilidad calculada-. ¿Quieres que te llevemos?
Sin dudarlo, Anaís abrió la puerta trasera del auto. Si Bárbara había extendido la invitación, ella no desperdiciaría la oportunidad de incomodarla.
La respiración de Bárbara se agitó visiblemente, mientras Roberto, ajeno a la tensión, mostraba un entusiasmo renovado ante la presencia de Anaís.
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