Capítulo 182
La voz de Roberto atravesó el denso silencio del automóvil, cargada con una mezcla de preocupación y reproche.
-Anaís, hiciste bien en salirte del Grupo Lobos. Te lo advertí, Efraín no es buena persona. ¿Sabes? Me da la impresión de que si te promovió tan rápido fue porque le gustaste.
Una risa estridente rompió la tensión del momento. Bárbara se inclinó hacia adelante, sacudiendo los hombros mientras sus carcajadas resonaban en el reducido espacio.
-¿Efraín? ¿Fijarse en ella? -las palabras salían entrecortadas entre risas, mientras se limpiaba lágrimas genuinas de diversión.
La mirada de Bárbara brillaba con malicia cuando se giró en el asiento del copiloto.
-Ay, Rober, ¿no te conté? Un día me encontré a Efraín por casualidad. Cuando alguien mencionó a mi hermana, puso una cara de fastidio que no pudo disimular. De hecho, cuando le preguntaron su opinión sobre ella, dijo que era “más infame que impresionante“.
El comentario flotó en el aire, aparentemente sutil, pero cargado de intención. En San Fernando del Sol, donde los rumores viajaban más rápido que el viento, todos conocían la historia de Anaís y su devoción inquebrantable por Roberto, un drama que se había convertido en el tema favorito de las conversaciones de sobremesa.
Bárbara continuó riendo, aunque gradualmente moduló su tono hasta convertirlo en una risita refinada, más acorde con su imagen cultivada.
-No te aflijas, hermanita. Así es Efraín con todas las mujeres.
Anaís sintió cómo cada palabra se hundía en su pecho como pequeñas agujas, aumentando el peso de su desánimo.
El auto se detuvo frente a una modesta florería. Roberto señaló el local con un brillo nostálgico en los ojos.
-Anaís, ¿te acuerdas de este lugar? Después de la graduación, me compraste flores aquí. Te hice una corona, aunque te quejaste porque decías que estaba horrible -una sonrisa suave se dibujó en sus labios mientras rememoraba-. En ese entonces era tradición regalar el segundo botón de la camisa a quien te gustaba. Yo quería el tuyo, pero alguien te robó el uniforme y llegaste a la ceremonia con ropa normal.
Sus palabras evocaban una época más simple, antes de que Bárbara se uniera a la familia Villagra, cuando su relación fluía sin obstáculos.
“No recuerdo nada de eso“, respondió Anaís con voz distante, cerrando los ojos para enfatizar su indiferencia.
Roberto apretó el volante, y su voz perdió algo de su anterior entusiasmo.
-Pensaba llevarte a la escuela uno de estos días. Tal vez ver el lugar te ayude a recordar algo.
Capitulo 182
-¡Rober! -la exclamación de Bárbara cortó el aire como un latigazo.
Su respiración se había vuelto agitada y la palidez se extendía por su rostro como una máscara. Roberto pareció despertar de golpe, recordando que esa mañana había estado probándose vestidos de novia con ella.
Presionó el acelerador con brusquedad. En el asiento trasero, Anaís podía percibir la furia que emanaba de Bárbara como un perfume venenoso, expandiéndose hasta inundar cada rincón
del vehículo.
Al llegar a la residencia Villagra, Anaís subió directamente a su habitación, ignorando los saludos de la familia. Todavía tenía que revisar el espacio bajo su cama, buscando cualquier pista que pudiera ayudarla a recuperar sus recuerdos perdidos.
La frustración creció al no encontrar nada. En un arrebato, golpeó la mesita de noche, y el impacto reveló un compartimento secreto en la pared. Sus pupilas se dilataron al descubrir un par de tarjetas en su interior. La caligrafía, definitivamente masculina, mostraba trazos seguros que desbordaban una elegante despreocupación.
[Cuando todo termine, vendré por ti.]
[Anaís, feliz cumpleaños.]
Solo eso, sin más explicaciones ni firmas. Anaís examinó las tarjetas minuciosamente, buscando algún chip oculto o mensaje secreto, pero eran simples notas de papel. Su ubicación, sin embargo, en un escondite tan discreto, sugería que guardaban un significado especial para ella.
Recostada en la cama, estudió la caligrafía con el ceño fruncido. No se parecía a la letra de Roberto, y definitivamente no era de Efraín, cuya escritura reflejaba su personalidad autoritaria. Estos trazos tenían un aire más libre, como si hubieran sido escritos por alguien que creció sin las ataduras de las convenciones sociales, un espíritu aventurero plasmado en tinta.
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