Capítulo 184
La mañana llegó con un tenue resplandor que se colaba entre las cortinas de seda. Anaís despertó con una pesadez que iba más allá del cansancio físico; su mente era un torbellino de dudas sobre si debería adelantarse a los acontecimientos y presentar su renuncia. Al menos así conservaría un vestigio de dignidad. Sus movimientos eran lentos, casi reluctantes, mientras descendía por la escalera principal de la mansión Villagra. El destino, con su peculiar sentido del humor, quiso que sus pasos se cruzaran con los de Roberto.
La noche anterior, él también se había quedado en la residencia. Al contemplar el rostro de Anaís sin el velo del maquillaje, algo se agitó en su interior. La había conocido en el apogeo de su juventud, cuando su belleza era indiscutible a pesar de las críticas que su carácter pudiera suscitar. Incluso ahora, nadie podría negar que su presencia emanaba un magnetismo natural que trascendía las convenciones superficiales de la belleza.
Roberto se quedó absorto en su contemplación, como hipnotizado por una pintura que cobra vida. Cuando por fin recobró la consciencia de sí mismo, descendió los escalones con premura excesiva, tropezando en el proceso.
Anaís, con el semblante teñido de indiferencia, se disponía a marcharse cuando la voz de Roberto rompió el silencio.
-Anaís, quiero llevarte a recorrer algunos lugares hoy. He consultado con el médico; tal vez así recuperes la memoria.
Ella arqueó una ceja, su mano ya sobre el picaporte de la puerta principal.
-¿Me harías el favor de dejarme en paz? -su voz destilaba hastío.
La respuesta golpeó a Roberto como un eco burlón del pasado. Durante años, esa misma frase había sido su respuesta automática ante cualquier intento de acercamiento de ella. Un dolor sordo se instaló en su pecho mientras sus ojos se empañaban con lágrimas contenidas.
La vulnerabilidad repentina de Roberto provocó en Anaís una incomodidad visceral. “¿Qué está pasando conmigo? ¿Por qué me afecta verlo así?“, se preguntaba, desconcertada por sus propias emociones.
Roberto contuvo el impulso de alzar la voz, como solía hacer. En cambio, su tono se suavizó:
-Lo hago porque me preocupo por ti. Sin tus recuerdos estás en desventaja; podrías estar en riesgo en cualquier momento. Sé que antes cometí errores, pero ahora genuinamente quiero ayudarte.
Anaís se masajeó las sienes, reconociendo a regañadientes la validez de sus palabras. La amnesia era, efectivamente, una desventaja considerable.
El sonido de pasos apresurados interrumpió sus cavilaciones. Bárbara descendía la escalera como una tormenta contenida.
-¡Hermana! -su voz vibraba con una intensidad perturbadora-. Rober y yo estamos por
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casarnos. Esta es la casa de los Villagra. ¿Podrías mantener tu distancia? Me estoy esforzando muchísimo por controlar mis emociones, pero temo… temo hacer una tontería.
Sus manos se aferraban a su cabeza con desesperación teatral, como si intentara contener pensamientos que amenazaban con desbordarse.
-Cada vez que pierdo el control, me transformo en alguien que me aterra. Esta sensación me está destruyendo por dentro.
Anaís observaba la escena con una mezcla de fascinación y escepticismo. Sin haber movido un dedo, Bárbara ya montaba un espectáculo de proporciones dramáticas. La familia entera se arremolinó a su alrededor como un enjambre ansioso: unos ofreciendo medicamentos, otros susurrando palabras de consuelo.
El rostro de Bárbara había adquirido una palidez extrema. Anaís tuvo que contener el impulso de preguntarle dónde había aprendido a actuar con tal maestría.
Asqueada por el espectáculo, se dispuso a retirarse cuando la voz de Victoria la alcanzó:
-Ya te expliqué que Barbi tiene problemas psicológicos, Anaís. ¿Pretendes desestabilizarla por completo? Sabes lo importante que es Rober para ella. Mantén tu distancia. ¿No decías que ya no te interesaba? ¿O será que te molesta ver que Barbi va a ser feliz?
La mirada de Anaís se desplazó de Victoria a Raúl, quien, presa del pánico ante el estado de Bárbara, sostenía los medicamentos con manos temblorosas, completamente ajeno a su
presencia.
Un suspiro profundo escapó de sus labios mientras señalaba a Roberto.
-Ve a atender a tu futura esposa. Y no vuelvas a mencionar lo que dijiste antes. Buscaré a Fabiana; ella debe saber qué lugares frecuentaba.
Apenas terminó de hablar, Bárbara se acercó sigilosamente a Raúl, susurrándole algo al oído. La expresión de Raúl fluctuó entre la duda y la resignación antes de aproximarse a Anaís para
conducirla discretamente hacia el exterior.
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