Capítulo 185
La brisa matinal mecía suavemente las copas de los árboles cuando Raúl se acercó a Anaís en el jardín. Sus pasos vacilantes sobre el césped delataban su inquietud.
-Anaís, Bárbara me pidió que hablara contigo -comenzó, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Dice que lo que pasó allá adentro… que no fue su intención. Que a veces no puede controlar sus emociones y que odia ser así.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en los labios de Anaís. El sol de la mañana iluminaba su rostro, pero sus ojos permanecían opacos, distantes. Las palabras de su hermana resonaban en su mente como una obra teatral perfectamente ensayada.
“Siempre la misma actuación“, pensó mientras observaba las sombras que proyectaban las nubes sobre el jardín. “Bárbara debería haber estudiado teatro en lugar de medicina“.
-Oye, tengo el día libre -continuó Raúl, su voz adoptando un tono más animado-. ¿Qué te parece si salimos un rato? Conozco un lugar que solías frecuentar. Tal vez te ayude a recordar algo.
Anaís contempló la propuesta por un momento. El viento agitaba suavemente su cabello mientras sopesaba sus opciones. Cualquier pista sobre su pasado, por pequeña que fuera, podría ser valiosa.
-Está bien, llévame -respondió con voz neutra, evitando mostrar demasiado interés.
El rostro de Raúl se iluminó con una sonrisa genuina. Sus ojos brillaron con un destello de esperanza mientras abría la puerta del auto para ella.
-¡Perfecto! -exclamó con renovado entusiasmo.
El motor cobró vida bajo sus manos y pronto dejaron atrás la residencia de los Villagra. Anaís observaba el paisaje urbano que se deslizaba tras la ventanilla, su mente divagando entre las posibilidades de su destino. El silencio en el auto era apenas interrumpido por el suave ronroneo del motor y el ocasional suspiro de Raúl, quien parecía estar reuniendo valor para algo.
El auto finalmente se detuvo frente a un cementerio. No era el mismo que había visitado con Efraín, pero emanaba una solemnidad particular que erizaba la piel. Los cipreses se alzaban como centinelas silenciosos sobre las lápidas, sus siluetas proyectando sombras que parecían danzar sobre el suelo.
Anaís descendió del vehículo, su mirada interrogante fija en Raúl,
-Mi abuelo está enterrado aquí -explicó él, pasándose una mano por el cabello con nerviosismo-. Te quería mucho.
Un dolor agudo atravesó el pecho de Anaís, pero más allá de esa punzada, su mente permanecía en blanco.
-Cuando el abuelo estaba en su lecho de muerte, te llamó -continuó Raúl, su voz
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suavizándose-. Te dijo algo que nadie más escuchó. Después de eso… cambiaste. Dejaste de comer, y este lugar se convirtió en tu refugio.
Anaís avanzaba lentamente por el sendero empedrado, cada paso resonando en su cabeza con un dolor punzante.
-A Bárbara nunca la aceptó del todo -prosiguió Raúl, midiendo cada palabra-. Decía que le faltaban modales. Pero los años y los medicamentos lo fueron cambiando. Y cuando se enteró de que te habías lanzado al río por Rober… simplemente no pudo soportarlo.
El peso de la culpa se cernió sobre Anaís como una manta sofocante. Sus piernas temblaron, amenazando con ceder bajo la presión de emociones que no podía recordar pero que su cuerpo parecía reconocer. Gotas de sudor perlaban su frente mientras el dolor en su cabeza se intensificaba.
-¿Te encuentras bien? -preguntó Raúl, la preocupación evidente en su voz.
Anaís se dejó caer en los escalones de piedra más cercanos, masajeando sus sienes en un intento por aliviar el dolor.
-Necesito descansar un momento -murmuró-. Me siento mal.
Raúl se sentó junto a ella y extrajo una mandarina de su bolsillo.
-Toma, come algo -ofreció con gentileza.
-No, gracias -rechazó ella con un gesto-. Mejor sigue hablando. Tal vez así recuerde algo.
La expresión de Raúl se ensombreció. En su mente resonaban los reproches familiares, las acusaciones veladas, el dolor colectivo que había marcado a los Villagra desde la muerte del abuelo. Todos culpaban a Anaís, y esa culpa había teñido cada interacción familiar desde
entonces.
-¿Por qué te detienes? -preguntó Anaís, notando su repentino silencio.
-Quizás sea mejor dejar el pasado donde está -respondió él con cautela-. Me preocupa que no puedas manejarlo. Antes eras… bastante impulsiva. Y ahora que no recuerdas a Rober, tal vez sea lo mejor. Muchas de las cosas que hiciste por él… te ganaste varios enemigos con
eso.
“¿Qué tan destructiva pude haber sido?“, se preguntó Anaís, mientras una suave brisa agitaba las flores marchitas sobre las tumbas cercanas.
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