Capítulo 186
La revelación golpeó a Anaís con la fuerza de una tormenta. Ahora entendía el peso de aquellas miradas que Héctor le dedicaba, cargadas de dolor y decepción. El abuelo había partido de este mundo agobiado por las preocupaciones que ella le había causado. Sin embargo, en sus últimos momentos, él había buscado su mano – quizás no con rencor, sino con la frustración de quien ve a un ser querido perderse en el laberinto de sus propias
decisiones.
A pesar del vacío en su memoria, la culpa se materializó en un impulso violento. Su mano se alzó por voluntad propia, dejando una marca ardiente en su propia mejilla. El sonido seco de la bofetada sobresaltó a Raúl, quien dio un respingo a su lado.
-¡Anaís! ¿Qué haces? -La preocupación teñía su voz.
Ella sacudió la cabeza, intentando contener el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse. Sus pies comenzaron a moverse por inercia.
-Vamos, quiero ver al abuelo -murmuró con voz temblorosa.
Raúl la seguía con pasos vacilantes, mordiendo sus palabras. El arrepentimiento por haberla llevado allí pesaba sobre sus hombros como plomo. Caminaron en silencio durante diez minutos, cada paso resonando con el peso de los recuerdos perdidos.
Al llegar frente a la tumba, Anaís se detuvo en seco. Un nudo se formó en su garganta, mientras una mezcla de temor y añoranza la paralizaba. Raúl se mantuvo a una distancia respetuosa, observando en silencio la lucha interna de su hermana.
Por cinco minutos eternos, Anaís permaneció inmóvil como una estatua. Cuando finalmente se acercó, sus pasos eran tan suaves como pétalos cayendo sobre la hierba. La fotografía en blanco y negro sobre la lápida revelaba un rostro de bondad serena. Bastó una mirada a esos ojos amables para que las lágrimas comenzaran a brotar, incontenibles como un manantial de dolor.
El mundo comenzó a girar a su alrededor, obligándola a apoyarse en la lápida para mantener el equilibrio. Sus ojos nublados por el llanto tardaron en enfocarse lo suficiente para leer las inscripciones. Varios ramos de flores frescas descansaban ante la tumba, sus pétalos brillando con gotas de rocío como lágrimas congeladas en el tiempo.
La palidez se apoderó de su rostro mientras su mente se convertía en un remolino de agonía. Sus rodillas cedieron ante el peso del remordimiento, pero apenas tocaron el suelo, una punzada de dolor atravesó su corazón con tal intensidad que todo su cuerpo se estremeció.
-Anaís, es suficiente -Raúl se acercó para ayudarla a levantarse-. Necesitas descansar, tomar un respiro.
“Bárbara fue astuta al sugerir esta visita“, pensó Raúl. Sin su mención, jamás se habría atrevido a traer a Anaís aquí. Respiró profundamente, guardando ese pensamiento para sí mismo.
Anaís rechazó suavemente su ayuda. Con movimientos deliberados, realizó varias reverencias
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Capitulo 186
solemnes, grabando en su memoria cada detalle del rostro en la fotografía. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios..
-Raúl, dime la verdad… ¿Era yo realmente tan obstinada? ¿De verdad hice tantas locuras por
Roberto?
El silencio de Raúl fue claro. Desde su perspectiva, la Anaís de entonces había perdido todo
sentido de la razón.
Permanecieron allí por una hora más, hasta que finalmente decidieron partir. Apenas se habían alejado unos cientos de metros cuando el impacto brutal de una camioneta sacudió su
vehículo.
-¡Anaís! -El grito de Raúl precedió a su acción instintiva de protegerla, envolviéndola en un abrazo protector.
Una rama atravesó su hombro, manchando su ropa de carmesí. Algunas gotas salpicaron el rostro de Anaís, quien observaba con horror cómo varias figuras descendían de la camioneta.
Raúl tomó una respiración entrecortada. Ya no quedaba rastro del joven arrogante que solía
ser.
-Anaís, esto no puede ser coincidencia -susurró con voz tensa-. Ya con el accidente anterior, esto no puede ser coincidencia.
Ella posó una mano suave sobre su cabeza.
-No te muevas -murmuró con firmeza.
La comprensión de su situación golpeó a Raúl como una ola. Por primera vez desde su infancia, enfrentaba un peligro mortal, y su voz traicionaba su miedo.
-Mi tarjeta… la contraseña es mi cumpleaños -las palabras brotaban atropelladamente-. Ayer vendí un auto, hay varios millones. Los deportivos y los de colección, repártanlos tú y Bárbara. Te compré un bolso, para que no digas que tengo preferencias. Y… hay una chica en la escuela -su voz se suavizó. Si no sobrevivo, Anaís, dale parte de mi herencia. Su familia batalla mucho, es becada. Nunca acepta lo que le regalo, y siempre anda con ese nerd insoportable. Si lo vuelvo a ver, te juro que le parto la cara.
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