Capítulo 187
Las bisagras del auto crujieron cuando Anaís empujó la puerta deformada. Sus dedos se deslizaron por el metal retorcido mientras el olor a gasolina y aceite quemado inundaba sus fosas nasales. La adrenalina pulsaba en sus venas como un tambor de guerra.
-Ya cállate, que no te vas a morir–su voz surgió firme, casi maternal-. Si tienes algo que decirle a esa chica, más te vale que lo hagas tú mismo.
La cabeza de Raúl se inclinó hacia un lado mientras sus párpados se cerraban pesadamente, cediendo ante la inconsciencia. El músculo de su hombro herido palpitaba visiblemente bajo la tela empapada de sangre.
El murmullo distante de voces y pasos resonaba por los senderos del cementerio. Los deudos que visitaban a sus difuntos no tardarían en encontrar a Raúl. La herida, aunque aparatosa, había esquivado milagrosamente las arterias principales. Viviría, se dijo Anaís, pero ella necesitaba moverse.
Sus piernas la impulsaron cuesta abajo por un sendero que serpenteaba hacia una arboleda. Las ramas bajas arañaban sus mejillas como garras invisibles, dejando rastros carmesí sobre su piel. El ardor de los cortes se perdía bajo la urgencia del momento, mientras sus músculos respondían al primitivo instinto de supervivencia.
Los guijarros crujían bajo sus pies mientras aceleraba el paso. Las palmas de sus manos sangraban por los cortes de la maleza, pero cada punzada de dolor solo alimentaba su determinación. No necesitaba ser un genio para entender que aquellos hombres buscaban su
muerte.
El sonido del agua corriente llegó a sus oídos como una promesa de salvación. Sin dudarlo, se sumergió en el arroyo. La corriente helada mordió su piel y la arrastró como una bestia hambrienta. Su consciencia fluctuaba como una llama en el viento, hasta que finalmente se extinguió en la oscuridad.
Los perseguidores rastrearon la orilla del río durante dos horas, sus miradas escudriñando cada recoveco de la ribera sin éxito.
-Vamos a decirles que ya está muerta -uno de ellos escupió las palabras junto con el sabor amargo del fracaso-. No hay que desperdiciar esos doscientos mil pesos.
-Tienes razón -respondió otro, limpiándose el sudor de la frente. La vieja ya venía mal por el choque, y ahora con el río… Esta corriente va para fuera de San Fernando del Sol, pura zona despoblada. Ni de chiste la encuentran con vida.
Tras un breve intercambio de miradas, marcaron el número de Bárbara.
La satisfacción recorrió el cuerpo de Bárbara como un dulce veneno. Sus dedos temblaban sobre el teléfono mientras sus pupilas se dilataban con un destello de victoria.
-Perfecto, les transfiero el resto del dinero ahora mismo -su voz destilaba placer-. Salgan de San Fernando del Sol lo antes posible.
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Capitulo 187
Los hombres recogieron su pago con sonrisas satisfechas y se marcharon sin mirar atrás, abandonando la cacería.
El mundo de Anaís ardía. Su cuerpo entero palpitaba con un calor insoportable que parecía brotar desde sus huesos. Sus párpados pesaban como losas, negándose a abrirse.
Una mano desconocida se deslizó hasta sus labios, introduciendo algo en su boca. Sus cejas se fruncieron en protesta mientras intentaba escupir, pero aquellos dedos firmes mantuvieron su lengua inmóvil, obligándola a tragar.
La fiebre aumentaba mientras aquella misma mano se movía hacia su oreja con la precisión de un artesano. Los dedos acariciaban su lóbulo con una delicadeza inquietante, como si estuvieran memorizando cada curva y textura.
Su respiración se volvió pesada, irritada por la intrusión, pero aquella presencia persistía. Un toque juguetón en su mejilla, casi burlón, como si su malestar fuera un espectáculo digno de contemplar.
Antes de que pudiera protestar, una avalancha de recuerdos inundó su mente. Imágenes de Efraín danzaban tras sus párpados, pero la línea entre memoria y delirio se difuminaba en aquella bruma febril.
Una escena cristalizó en su mente: la sala de juntas, el rostro de Efraín girando por la fuerza de su bofetada. Sus piernas aún estaban sanas entonces. Él solo había tocado su mejilla enrojecida, guardando un silencio entumecedor.
La mano que había conectado con su rostro se contrajo involuntariamente ante el recuerdo. Ambos se habían convertido en una pintura congelada, dos voluntades chocando en un duelo silencioso donde ninguno cedía terreno.
-¿Te dolió la mano cuando me golpeaste? -la voz de Efraín resonó en su memoria, justo antes de que la imagen se disolviera en la oscuridad.
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