Capítulo 19
Anaís le pagó al taxista, girándose para dirigirse al lugar donde vivía ahora. Sin embargo, al doblar la esquina, alguien la sujetó por la nariz.
Intentó luchar un par de veces, pero la voz de Leopoldo resonó en sus oídos.
-¿No te dijë la última vez que si volvías a enfadar a Barbi, te lanzaría a los lobos? Pero esta vez, no te voy a soltar con otros. Víctor hace rato que quiere contigo, así que prepárate. Sus juegos en la cama son intensos, espero que puedas soportarlo.
En medio de la confusión, Anaís sintió que le vertían medio frasco de líquido en la garganta.
No supo qué era, solo sintió cómo su cuerpo aumentaba de temperatura, y el mundo entero se
volvía difuso.
Un único pensamiento cruzó por su mente: si lograba salir de esta, no dejaría a Leopoldo salirse con la suya.
La arrojaron dentro de un auto, y su cabeza golpeó con fuerza, dándole un breve momento de lucidez antes de que la confusión la envolviera de nuevo.
El coche se detuvo frente a un hotel lujoso y la lanzaron dentro de una habitación.
Víctor y Leopoldo eran amigos íntimos de Roberto. Leopoldo llevaba tiempo enamorado de Bárbara, mientras que Víctor siempre había acostarse con Anaís.
Por eso, cuando recibió la llamada de Leopoldo esa noche, pensó que era una broma, pero Leopoldo realmente había llevado a Anaís.
Ambos se encontraban al borde de la cama, mirando a Anaís, quien ya estaba aturdida. Víctor sintió cómo el calor recorría su cuerpo.
-Leopoldo, ¿estás seguro de que si me acuesto con ella, Rober no se molestará?
Leopoldo soltó una risa fría y sacó su celular para llamar a Roberto.
La línea se conectó rápidamente.
-Leopoldo, ¿qué pasa?
-Rober, Víctor dice que está interesado en Anaís. Si se acuesta con ella, ¿te molestaría?
-Claro que no, desde hace tiempo que me tiene harto esa mujer.
Leopoldo miró a Anaís, todavía sin sentido en la cama, y sonrió.
-Me alegra que no te moleste. Seguimos siendo buenos amigos.
Colgó el teléfono y le dio una palmada en el hombro a Víctor.
-Él mismo lo dijo, no le molesta. Diviértete y asegúrate de tomar muchas fotos y videos.
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Capitulo 19
¡Mañana quiero que su video esté en toda San Fernando del Sol!
Víctor, incapaz de esperar más, despidió a Leopoldo.
-No te preocupes, estaremos ocupados. ¡No me busques hasta mañana en la tarde!
Parecía que una sola noche no sería suficiente; planeaba disfrutar todo el día siguiente
también.
-¡Anaís, finalmente te tengo!
Al cerrarse la puerta, Víctor se abalanzó hacia la cama. Anaís rodó hacia un lado, sus manos encontrando la lámpara de cristal tallado en la mesilla. Con un grito gutural, la estrelló contra su sien. El impacto sonó a cráneo quebrado.
-¡Pinche loca! -aulló él, tocando la sangre que le teñía los dedos de carmesí-. ¿Así pagas mi
cariño?
Levantó la mano y le dio una bofetada. El dolor en la mejilla de Anaís la hizo regresar a la realidad de golpe.
Con sangre en la comisura de sus labios y una fuerza que no sabía de dónde provenía, levantó la lámpara de nuevo y la golpeó contra Víctor.
Víctor, quien había pasado años entregado al exceso, ya estaba débil por el primer golpe. Ahora, al recibir otro, se desmayó en la cama.
Anaís, tambaleándose, se levantó y vio la lámpara hecha pedazos, con fragmentos afilados esparcidos por el suelo. Agarró uno con fuerza, y aunque su palma sangraba, no se detuvo, apretándolo aún más. El dolor era lo único que la mantenía despierta.
Se arregló la ropa rápidamente, tomó su celular y marcó un número. El efecto de la droga era demasiado fuerte, y aunque tuvo un momento de lucidez, fue breve.
No sabía a quién había llamado, tal vez a Fabiana, a Efraín o a Lucas.
Cuando alguien contestó al otro lado, mencionó rápidamente la dirección del hotel y abrió la puerta de la habitación, tambaleándose hacia el exterior. El mundo ante ella era un caos, como una pintura de paisaje que se balanceaba, emborronando los límites dé la realidad.
Anaís llegó al rincón del primer piso cuando de pronto una oleada de calor la envolvió de nuevo. Sentía un deseo ardiente de quitarse toda la ropa, como si su piel fuera un horno en pleno verano.
De repente, el sonido de unas ruedas rompió el silencio, seguido de una voz clara.
-¿Todavía puedes caminar? -preguntó Efraín.
Ella levantó la vista, esforzándose por ver el rostro de quien le hablaba, y al darse cuenta de que era Efraín, instintivamente retrocedió un paso. Sin embargo, su razón se desmoronó por completo en ese instante.
La sofocante sensación era abrumadora. Su cuerpo, como un desierto sediento, clamaba
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Capitulo 19
desesperadamente por una fuente de agua o un soplo de frescura.
No sabía cómo había llegado hasta la habitación. Sus manos, rebeldes, exploraban a tientas a su alrededor.
La silla de ruedas de Efraín, lujosa como siempre, no transmitía calor alguno. Desplomada junto a la cama, el rubor ardía en sus mejillas mientras sus dedos tocaban un trozo de tela fresca, como si un náufrago hubiera encontrado su último salvavidas.
Efraín permanecía inmóvil en su silla, observando cómo Anaís, en su urgencia, se frotaba contra sus rodillas con la desesperación de un gato en celo.
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