Capítulo 190
La voz de Efraín, teñida de genuina preocupación, rompió el silencio de la habitación. Los primeros rayos del amanecer se colaban por las persianas, dibujando suaves patrones sobre las paredes.
-Márcales a los Villagra, deben estar preocupados por ti.
Sus palabras disiparon la tensión que flotaba en el aire como polvo suspendido. Anaís sintió que sus hombros se relajaban mientras buscaba su celular. Sin embargo, un nudo se formó en su garganta al enfrentarse a la realidad: su relación con los Villagra era superficial, casi inexistente. Solo Raúl representaba un vínculo genuino, y él yacía inconsciente en una cama de hospital.
En la habitación del hospital, el aroma a desinfectante y medicamentos impregnaba cada rincón. Victoria, con el rostro surcado por lágrimas que brillaban bajo la luz artificial, permanecía junto a la cama donde Raúl descansaba, inmóvil. Su voz emergió quebrada, cargada de angustia y resentimiento.
—¿¿Qué sucedió exactamente? ¿Ya identificaron al responsable del accidente?
Bárbara rodeó los hombros de su madre con un abrazo protector. Las ojeras bajo sus ojos delataban una noche sin descanso.
-Mamá, esperemos a que Raúl despierte para averiguarlo. Era el auto de mi hermana, y hasta ahora no han podido localizarla.
El agotamiento en el rostro de Victoria se profundizó, como si cada palabra fuera un peso adicional sobre sus hombros. Sus manos se retorcían sobre su regazo, delatando su ansiedad. -Siempre que Anaís está involucrada, todo termina en desgracia. No fue suficiente con provocar la muerte de su abuelo, ahora va contra ti, y casi mata a Raúl también… Te juro que… provocar la muerte de su abuelo, ahora va c
La voz firme de Héctor cortó el aire como un látigo:
-Es suficiente. Anaís y Raúl mantienen una buena relación, esto debe ser un accidente. En este momento ella está desaparecida, no es momento de acusaciones. Aguardemos los resultados de la investigación.
La autoridad en su tono era indiscutible. Victoria selló sus labios, aunque su expresión
destilaba amargura contenida.
Una sonrisa apenas perceptible bailaba en los ojos de Bárbara. Los hombres que había contratado seguramente ya habrían huido del país, dejando a la policía sin rastros que seguir.
“Por fin me libré de Anaís“, pensó, saboreando su victoria.
La curva maliciosa de sus labios apenas se había formado cuando la puerta se abrió
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violentamente. Roberto irrumpió en la habitación, su mirada recorriendo frenéticamente cada rincón.
-¿Dónde está Anaís? Era su coche el que se accidentó, ¿iba con Raúl? ¿Alguien sabe algo de ella?
La desesperación en su voz era música para los oídos de Bárbara. Se precipitó hacia él, fingiendo un llanto desconsolado.
-La policía continúa buscando. Las cámaras captaron a unos tipos persiguiéndola. Llevaban cuchillos… ¡Ay, Roberto! ¡Mi hermana desapareció!
Roberto la apartó con brusquedad y, sin poder contenerse, le propinó una bofetada que resonó en la habitación.
Bárbara permaneció inmóvil, su mente procesando lentamente lo sucedido. El ardor en su mejilla encendía su furia como gasolina sobre brasas.
Roberto, consciente de su arrebato, pero consumido por el miedo de perder a Anaís, murmuró
con voz ronca:
—Bárbara, no digas esas cosas. No han encontrado ningún cuerpo, no saques conclusiones apresuradas.
La mano de Bárbara se posó sobre su mejilla enrojecida mientras temblaba de rabia. Su mirada se clavó en la figura inmóvil de Raúl.
“Si Raúl muere por culpa de Anaís“, reflexionó, “¿podrían los Villagra perdonarla?”
Era un pensamiento descabellado, pero no sería la primera vez que orquestaba algo así. Todos culpaban a Anaís por la muerte del abuelo, ignorando la verdad.
Ese anciano despreciable, desde el primer día que Bárbara llegó a la familia Villagra, no había dejado de criticar cada uno de sus movimientos, siempre favoreciendo a Anaís. Cuando todos la señalaban, él siempre encontraba la manera de defenderla.
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