Capítulo 191
Las memorias de aquel fatídico día permanecían grabadas en la mente de Bárbara como una película en bucle. El momento en que la noticia sobre el intento de suicidio de Anaís llegó a oídos de la familia, el abuelo había palidecido hasta casi desvanecerse, su rostro arrugado contrayéndose en una mueca de dolor que anticipaba la tragedia.
Bárbara, cual araña tejiendo su red, había aprovechado la soledad del momento para acercarse al anciano. El veneno que durante tanto tiempo había cultivado en su interior finalmente
encontraba su salida.
-¡Ay, abuelo! -exclamó con fingida angustia mientras se retorcía las manos. ¡No sabe lo que hizo mi hermana anoche! No solo intentó aventarse de un edificio… ¡también se acostó con unos tipos! Todo porque Roberto le dijo que si lo hacía, no rompería el compromiso.
“Qué fácil es manipular a estos viejos sentimentales“, pensó mientras observaba el rostro desencajado del anciano.
-Abuelo, por favor, hable con ella -suplicó con voz melosa-. Me duele tanto verla así, destruyéndose poco a poco.
Sus palabras, cual dardos envenenados, dieron en el blanco. El anciano, ya debilitado por años de preocupaciones, quedó mudo ante la revelación, su rostro congelado en una expresión de horror indescriptible.
La satisfacción recorrió el cuerpo de Bárbara como una corriente eléctrica. Desde su llegada a la familia Villagra, se había propuesto un solo objetivo: convertirse en la favorita, en la luz que opacara a todas las demás. Y cualquiera que osara interponerse en su camino estaba destinado a desaparecer.
Tras la muerte del abuelo, las fichas comenzaron a caer exactamente como ella lo había planeado. Héctor quedó devastado, mientras que Raúl comenzó a alimentar un profundo resentimiento hacia Anaís. Por fin, después de tanto tiempo, Bárbara había logrado su cometido: convertir a su hermanastra en la paria de la familia.
La victoria estaba al alcance de su mano, saboreaba ya el triunfo cuando el destino jugó su carta más inesperada: la amnesia de Raúl. De pronto, aquel que antes despreciaba a Anaís ahora le compraba bolsos de dos millones de pesos, un lujo que antes consideraba excesivo e impropio para ella.
Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos mientras una idea siniestra cruzaba por su mente: si Raúl muriera, Héctor y Victoria odiarían a Anaís para siempre. Sería imposible para ella recuperar su lugar en la familia.
Una risa amarga escapó de sus labios al recordar que Anaís probablemente ya estaba muerta. ¿De qué servía difamar a un cadáver? Se limitó a permanecer en silencio, observando la escena que se desarrollaba ante ella.
Victoria, aún indignada por la bofetada que Roberto le había propinado a Bárbara, sentía que su
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Capítulo 191
irritación aumentaba al verlo pegado al teléfono, movilizando a sus contactos en busca de Anaís.
-Oye, Rober–intervino con voz cortante-. Deberías estar pendiente de Barbi. La acabas de abofetear enfrente de toda la familia. ¿Qué clase de respeto es ese?
Roberto apartó el teléfono de su oreja, su rostro una máscara de preocupación.
-Disculpeme, señora Larrain, pero entiéndame -respondió con voz tensa-. Raúl está grave, ¿y Anaís? ¿Dónde está? Es su hija, usted también debe querer que esté bien, ¿no?
Las palabras de Roberto dejaron a Victoria sin respuesta, mientras un torbellino de emociones oscuras se agitaba en su interior. El odio que sentía por Anaís era visceral, profundo. La culpaba por cada desgracia que había caído sobre la familia.
“Si tan solo estuviera muerta“, pensó Victoria, “tal vez por fin tendríamos paz“.
El silencio en la habitación se volvió denso hasta que la voz de Héctor lo rompió como un cristal.
-Anaís va a estar bien -declaró con firmeza-. La policía la está buscando. No pienso perder a nadie más.
Sus dedos masajearon sus sienes con cansancio mientras hablaba, las canas en su cabello brillando como hilos de plata bajo la luz artificial, dibujando el retrato de un hombre quebrado por el peso de las circunstancias.
Victoria sintió una punzada de dolor al observarlo. La muerte del abuelo había marcado a Héctor profundamente, envejeciéndolo una década en cuestión de horas. Y ahora, a pesar de todos sus defectos, Anaís seguía siendo su hija. No podía simplemente quedarse de brazos cruzados mientras algo terrible le sucedía.