Capítulo 193
Un destello de pánico cruzó el rostro de Raúl al escuchar las palabras de Bárbara. La preocupación se asentó en su pecho como un peso insoportable mientras sus ojos buscaban desesperadamente respuestas en el rostro de su hermana.
-¿Qué sucede? No me asustes así, Bárbara. ¿Dónde está Anaís? -Su voz emergió quebrada,
apenas un susurro.
Bárbara cubrió su rostro con las manos, y sus hombros se estremecieron con sollozos aparentemente desconsolados. Al girarse, sin embargo, un brillo de satisfacción destelló en sus ojos, oculto tras la máscara de aflicción.
Raúl se incorporó con esfuerzo en la cama del hospital, ignorando el dolor punzante que atravesaba su cuerpo. La imagen de su padre lo detuvo en seco: Héctor, siempre fuerte e imponente, parecía ahora una sombra de sí mismo, con el semblante devastado por una pena indescriptible.
“No… no puede ser verdad“, pensó Raúl, mientras fragmentos difusos de memoria atravesaban su mente como relámpagos distantes.
Recordaba vagamente haber suplicado por ayuda para Anaís cuando lo rescataron, pero las imágenes se desdibujaban en su memoria como acuarelas bajo la lluvia. La identidad de su salvador permanecía oculta tras una niebla de confusión, provocada por el trauma del
momento.
Sus dedos se deslizaron hasta sus sienes, masajeando suavemente, intentando aliviar el dolor pulsante que martilleaba en su cabeza. Pero los recuerdos se negaban a emerger, permaneciendo enterrados en las profundidades de su mente.
En los días subsecuentes, Bárbara asumió el control de la familia Villagra con una eficiencia implacable. Cada mañana aparecía en la habitación de Raúl con un tazón humeante de caldo casero, una sonrisa comprensiva pintada en su rostro.
La angustia, sin embargo, consumía a Raúl como una enfermedad silenciosa. Su cuerpo se deterioraba visiblemente, perdiendo masa y vitalidad, mientras cinco kilos se desvanecían de su figura en cuestión de días.
Héctor tampoco era inmune al dolor. El peso de la incertidumbre lo había doblegado hasta el punto de ceder las riendas de la empresa a Bárbara, algo impensable semanas atrás.
Los pasillos de la compañía resonaban ahora con una nueva autoridad. Los empleados se inclinaban respetuosamente ante el paso de Bárbara, saludándola con un deferente “presidenta Villagra“. El poder ejecutivo fluía por sus venas mientras tomaba decisiones sobre proyectos millonarios con la naturalidad de quien siempre ha estado destinada a ese papel.
Desde el ventanal de su nueva oficina, Bárbara contemplaba el edificio del Grupo Lobos, una estructura que se alzaba majestuosa contra el cielo. Una sonrisa de admiración se dibujó en sus labios al pensar en Efraín y sus logros. Los medios no se cansaban de alabar su gestión,
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destacando cómo cada adquisición bajo su liderazgo se convertía en oro.
“Un día nos encontraremos como iguales“, pensó mientras giraba en su silla ejecutiva, imaginando un futuro donde ella y Efraín unirían sus imperios empresariales. La sola idea de que él jamás pudiera olvidarla provocaba que su corazón latiera con renovada intensidad.
El mundo, sin Anaís, parecía abrirse ante ella como un lienzo en blanco, listo para ser pintado con los colores de su ambición.
Esa noche, la mansión Villagra fue testigo de su atrevimiento cuando se adentró en la habitación de su hermana. Sus tacones resonaron sobre el piso mientras se dirigía a la ama
de llaves.
-Limpia el cuarto de mi hermana -ordenó con voz suave pero firme-. Deshazte de sus pertenencias. No quiero que papá o Raúl sufran al verlas.
La empleada asintió en silencio y comenzó su labor con diligencia. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Victoria y Héctor aparecieron en el momento preciso en que la mujer se disponía a retirar las sábanas.
La mirada de Héctor se endureció.
-¿Qué significa esto? —Su voz sonó ronca, cargada de emoción contenida.
-La señorita Villagra pensó que estos objetos podrían causarle dolor, señor -explicó la ama de Ilaves con voz temblorosa-. Me pidió que los retirara.
Victoria, siempre conciliadora, intervino antes de que la situación se tensara más.
-Solo intenta ser considerada, Héctor.
“Es muy pronto para palabras duras“, pensó Victoria, consciente del delicado estado emocional de su esposo.
Héctor tosió suavemente antes de hablar.
-Deja todo como está ―ordenó con un gesto cansado-. Esa habitación le pertenece a ella, esté donde esté.
La ama de llaves se apresuró a obedecer, subiendo las escaleras para informar a Bárbara, quien permanecía en el cuarto.
Una sonrisa fría se dibujó en el rostro de Bárbara al escuchar la orden de su padre.
-Déjalas entonces -respondió con desprecio-. Al final, son solo objetos sin vida.
Sus ojos se entrecerraron con desprecio mientras pensaba que, tarde o temprano, el recuerdo de Anaís se desvanecería como la niebla ante el sol de la mañana.
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