Capítulo 2
Roberto se marchó sin mirar atrás, llevándose consigo a Bárbara como quien presume un trofeo. Sus pasos resonaron por el pasillo del hospital hasta desvanecerse, dejando tras de sí un eco de amargura y traición.
En la soledad de su habitación, Anaís contemplaba el número en la pantalla de su celular. Las palabras de aquel hombre que decía ser su prometido aún resonaban en su mente, cada una más cortante que la anterior. Desde el momento en que entró, su atención había estado completamente enfocada en Bárbara, como si ella fuera invisible.
Un dolor sordo se instaló en su pecho, y sus dedos, pálidos contra la luz fluorescente del hospital, temblaron sobre la pantalla. La duda la carcomía por dentro mientras observaba ese número desconocido. En su mente persistía la sombra tenue de un amor, como un perfume lejano que se desvanece con la brisa.
“¿Cómo puede ser mi prometido alguien que ni siquiera preguntó por mi salud?”
Sin permitir que la duda la paralizara, presionó el botón de llamada. Una voz masculina, fría y profesional, respondió al otro lado de la línea.
-¿Señorita Anaís?
-Disculpe, ¿hablo con Efraín? Verá, tuve un accidente automovilístico y perdí la memoria…
-El señor Lobos acaba de regresar a San Fernando del Sol y se encuentra en rehabilitación -interrumpió el asistente con un tono mordaz—. La última vez que usted llamó, utilizó el mismo pretexto del accidente para intentar verlo. Señorita, si aún le queda algo de dignidad, le sugiero que deje de molestar al señor Lobos.
-Pero es que yo…
El tono intermitente de la llamada terminada fue su única respuesta.
Un suspiro escapó de sus labios mientras se recostaba contra las almohadas del hospital. Una punzada aguda atravesó su cabeza, trayendo consigo una oleada de miedo ante un futuro que se presentaba como un lienzo en blanco.
Al revisar su celular desbloqueado, encontró un pequeño alivio al ver que la función de pago seguía activa. Con un gesto suave, le extendió el dispositivo a la enfermera que acababa de
entrar.
-¿Podría verificar si tengo saldo suficiente para cubrir los gastos?
Mientras esperaba, sus ojos se detuvieron en los registros de transacciones anteriores. Una semana atrás había gastado doscientos mil pesos en unos gemelos para caballero. La cifra le pareció irreal, como si perteneciera a la vida de otra persona.
-Lo siento, señorita -la voz de la enfermera interrumpió sus pensamientos-. El saldo es insuficiente. La cuenta del rescate y hospitalización de la señorita Villagra asciende a veinte mil pesos.
18.35
Capitulo 2
Un pliegue de preocupación apareció en su frente mientras bajaba la mirada. ¿Cómo era posible que después de gastar una fortuna en gemelos, no tuviera ni para cubrir gastos médicos básicos?
Entre sus contactos, encontró uno etiquetado como “mamá“. Con el corazón palpitando contra sus costillas, presionó el botón de llamada.
-¿Hasta ahora te acuerdas de llamar? -la voz del otro lado explotó como un látigo-. ¿Cuántos años tienes para seguir con estos juegos, Anaís? Roberto y Bárbara llevan tiempo saliendo, pero ella, con su buen corazón, no quería lastimarte. ¿Y qué hiciste tú? Al verlos besándose, te la llevaste y provocaste un accidente. ¡Ojalá te hubieras quedado fuera de nuestras vidas! Bárbara siempre te ha querido como hermana mayor, ¿y tú? Solo sabes hacer daño. ¡No puedo creer que tenga una hija tan ponzoñosa!
Anaís apenas separó los labios para responder cuando la voz de Bárbara se filtró por el
teléfono.
-Mamá, creo que tiene amnesia. Deberías ser más comprensiva.
-¿Amnesia? ¡Por favor! Usa esa excusà cada año. Si tuviera algo de valor, desaparecería para siempre y dejaría de provocarme estos disgustos. Bárbara, mi amor, no la defiendas más. ¿No has sufrido ya bastante? Roberto te confesó sus sentimientos primero, pero Anaís nunca tuvo la decencia de enfrentarlo y siempre te culpó a ti. Eres demasiado buena, hija.
Las palabras se clavaron en su pecho como astillas. Un sabor amargo inundó su boca mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
-¿De verdad eres mi madre? -susurró con voz quebrada.
-¿Qué insinúas, Anaís? ¿Quieres matarme de un coraje? Si no me quieres reconocer como tu madre, perfecto, yo tampoco te reconozco como hija. ¡Has hecho demasiados escándalos persiguiendo a Roberto! ¿Por qué siempre tienes que competir con tu hermana? Te enojas hasta cuando le compro un coche extra. ¿En serio la consideras tu hermana? No quiero verte por un tiempo. ¿No que perdiste la memoria? Pues aprovecha y no regreses. ¡Todos en esta casa estaríamos mejor sin ti!
Anaís contempló el teléfono en su mano, sintiendo un dolor sordo que parecía emanar desde sus huesos. Al notar la humedad en su rostro, levantó los dedos para tocar su mejilla; eran lágrimas que ni siquiera había notado derramar.
Casi por instinto, abrió Instagram en su celular. La primera publicación que apareció era de Bárbara: una fotografía tomada desde un ventanal majestuoso que enmarcaba el río San Fernando del Sol, iluminado por una cascada de fuegos artificiales que teñían el cielo nocturno. El pie de foto rezaba: “Con mis seres queridos y mi amor a mi lado”.
En el reflejo del cristal se distinguía la figura de Roberto junto a dos siluetas adultas que se fundían en las sombras. La imagen perforó su corazón con una precisión quirúrgica, provocándole un dolor tan agudo que tuvo que contenerse para no doblarse sobre sí misma.
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