Capítulo 20
La conciencia regresó a Anaís como una marea lenta y confusa. Sus párpados pesados se abrieron con dificultad, revelando un mundo difuso donde las formas y los colores se
entremezclaban sin sentido. Un rostro masculino flotaba en ese mar de imágenes borrosas, cercano pero inalcanzable.
Sus dedos se movieron por instinto, buscando algo sólido a qué aferrarse. Encontraron una mano que descansaba sobre el reposabrazos de la silla de ruedas. El contacto era real, tangible, un ancla en medio de su desorientación. Él permaneció inmóvil, permitiendo el contacto sin corresponderlo, manteniendo una distancia que parecía más que física.
Anaís llevó aquella mano hasta su rostro, permitiendo que sus labios rozaran la piel mientras susurraba contra la palma:
-Dame agua… por favor…
El ambiente pesaba sobre ella como una manta sofocante, cada respiración era un esfuerzo consciente.
Los dedos de Efraín se cerraron repentinamente sobre su mentón con una firmeza que no admitía resistencia.
-¿Sabes quién soy?
La pregunta flotó en el aire sin encontrar respuesta. Anaís solo era consciente de una sed que le quemaba la garganta, que nublaba su razón. Sus manos actuaban por voluntad propia, explorando la de él desde los dedos hasta la palma, depositando besos suaves que buscaban alivio.
Un temblor casi imperceptible recorrió la mano de Efraín. Su nuez de Adán se movió visiblemente mientras giraba la silla de ruedas. El movimiento brusco rompió el equilibrio precario de Anaís, que se desplomó sobre la mullida alfombra.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, manteniendo la habitación fresca. Desde su posición en el suelo, observó cómo él se dirigía al baño. Pronto, el sonido del agua corriendo llenó el silencio.
Acurrucada sobre la alfombra, Anaís sentía su piel en llamas. Miles de sensaciones la recorrían como diminutos insectos, provocando un cosquilleo insoportable que la hacía retorcerse. Efraín se había retirado a un rincón distante, donde fingía concentrarse en un libro.
Los minutos se arrastraban con una lentitud tortuosa. El sudor perlaba su piel, y su respiración se había convertido en jadeos entrecortados. Veinte minutos después, parecía recién salida de una piscina, con el cabello empapado adherido a su rostro y cuello.
Sin mediar palabra, Efraín la levantó y la llevó al baño, depositándola en una bañera llena de agua fría. El contraste térmico la sacudió violentamente, arrancándole un gemido ahogado. Por un breve instante, la lucidez regresó a ella como un relámpago, haciéndola consciente de su situación.
1/3
El costoso traje de Efraín mostraba manchas oscuras donde el agua lo había salpicado. Desde su silla de ruedas, la observaba con una expresión indescifrable, como una deidad
contemplando a sus creaciones desde las alturas.
-¿Ya estás bien?
Antes de que pudiera responder, una nueva oleada de calor la envolvió, más intensa que las anteriores. Se reclinó hacia atrás, perdiendo el equilibrio. Las manos de Efraín, rápidas y precisas, la sujetaron antes de que se sumergiera por completo.
Anaís se incorporó sobre sus rodillas en la bañera. Con movimientos desesperados, tomó el rostro de él entre sus manos y lo besó con una urgencia nacida de la fiebre. Sus labios eran como hielo contra los suyos ardientes. Intentó profundizar el beso, buscando más de esa sensación refrescante.
En respuesta, Efraín la empujó bajo el agua con un movimiento controlado pero firme.
-Sal cuando estés bien -pronunció con voz átona, girando su silla.
La inmersión forzada actuó como un interruptor. La consciencia regresó a Anaís de golpe, trayendo consigo una claridad brutal. Su cuerpo, antes ardiente, ahora temblaba bajo el asalto del agua fría.
Se palmeó las mejillas, notando la hinchazón en una de ellas. Respiró profundamente y sumergió el rostro en el agua hasta que el frío penetró en sus huesos. Al emerger, sus movimientos eran lentos, deliberados.
Abandonar la bañera requirió más esfuerzo del anticipado. Sus piernas tambalearon, amenazando con ceder bajo su peso. El calor había desaparecido, pero en su lugar quedó una vergüenza que le quemaba las entrañas.
Permaneció en el umbral del baño, su cuerpo goteando sobre el piso. Efraín continuaba en su silla de ruedas, su traje visiblemente húmedo pero su compostura intacta. Sus manos descansaban cruzadas sobre su abdomen mientras levantaba la mirada hacia ella.
La incomodidad pesaba en el aire como plomo.
-¿Ya estás bien?
-Gracias por todo, señor Lobos, esta noche…
Sin responder, él tomó un expediente y lo colocó sobre la cama.
-Mira, te será útil.
Anaís se acercó y tomó el documento, agradecida por la distracción. Era un análisis detallado de San Fernando del Sol, un mapa de las conexiones comerciales entre las familias prominentes. Para alguien que había perdido la memoria, era un tesoro invaluable.
Efraín comenzó a desabotonarse el saco, pero se detuvo al sentir la mirada de ella sobre él.
-Sal de aquí.
212
18:38 0
Capitulo 20
La suite era espaciosa, y ambos ocupaban la habitación principal. Anaís retrocedió hacia la sala, sintiéndose como una intrusa. Al salir, alcanzó a ver cómo él se despojaba del saco empapado.
Momentos después, Efraín apareció con ropa seca y señaló una bolsa de compras.
-Tu ropa, cambiate.
En el baño, Anaís descubrió que la bolsa contenía incluso ropa interior, todo cuidadosamente seleccionado. Mientras se cambiaba, su reflejo en el espejo la confrontó con las secuelas de la noche: sus mejillas sonrojadas y un lado del rostro visiblemente inflamado.
Tras unos momentos de vacilación, regresó a la habitación. Efraín revisaba documentos corporativos desde su silla de ruedas, su postura erguida emanando una elegancia natural. Sobre la mesa auxiliar reposaba una bolsa de hielo.
-Ponte eso en la cara -indicó sin levantar la vista.
A pesar de que el reloj marcaba las once, Anaís no tenía intención de marcharse. Se acomodó en el sofá y presionó suavemente la bolsa de hielo contra su mejilla adolorida.
El silencio en la habitación era absoluto, interrumpido únicamente por el susurro de las páginas al pasar. La incomodidad inicial por el beso comenzaba a disiparse ante la serenidad imperturbable de Efraín. Quizás, reflexionó Anaís, para él aquel momento no había sido más que un incidente sin importancia, como una nube pasajera en un cielo despejado.
Observándolo, Anaís comprendió que Efraín parecía existir en un plano diferente, donde las pasiones y deseos mundanos no podían alcanzarlo.
3/3