Capítulo 200
La voz incesante de Roberto reverberaba en el despacho como el zumbido persistente de una mosca. Anaís sentía cómo su paciencia se desvanecía con cada palabra, mientras su ceño se fruncía progresivamente. Sus pensamientos se arremolinaban en torno a aquella inquietante. sensación: esa familiaridad esquiva que el rostro de Roberto había despertado en ella, como un eco distante de algo – o alguien que se resistía a tomar forma en su memoria.
-¿No será que este accidente te ayudó a recuperar algo de tus recuerdos? -preguntó Roberto, abandonando su tono juguetón por uno más serio-. Antes me mirabas así, como si yo fuera tu ancla en el mundo.
Los labios de Anaís se torcieron en un gesto reflexivo. La duda se instaló en su mente como una sombra persistente. ¿Era verdadera concentración lo que sentía al mirarlo, o su rostro actuaba como un espejo que reflejaba a alguien más?
“¿Por qué no puedo recordar nada? Es como si mi mente fuera un lienzo en blanco, sin la más mínima huella del pasado“, se cuestionó, sintiendo la frustración crecer en su interior.
Roberto adoptó una postura más erguida su rostro iluminándose con un destello de orgullo.
-Por cierto, estuve investigando sobre tu accidente, el que te hizo perder la memoria -su voz adquirió un matiz conspiratorio-. No fue un simple percance. El conductor se esfumó sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. No hay ni un solo archivo sobre él. ¿Sabes lo que eso significa?
-¿Qué significa? -respondió Anaís, su escepticismo evidente en cada sílaba.
Roberto se aproximó con movimientos calculados, como un gato acechando a su presa.
-Significa que quien te hizo perder la memoria es alguien con poder, con influencias. Una persona común y corriente no podría hacer desaparecer un archivo así como así.
Anaís arqueó una ceja, intrigada. Desde su despertar, apenas había dedicado tiempo a pensar en el accidente que la había despojado de sus recuerdos. Los acontecimientos posteriores habían acaparado su atención por completo. La revelación de Roberto, por primera vez desde que lo conocía, parecía tener verdadero valor.
7
La consciencia del lugar donde se encontraban la golpeó súbitamente, haciéndola retroceder varios pasos para alejarse de Roberto. Él respondió con un mohín de disgusto y estaba a punto de acortar nuevamente la distancia cuando la voz de Efraín atravesó el ambiente.
-¿Tienes algo que decir?
Roberto se detuvo en seco. Su semblante se transformó al enfrentar a Efrain, toda calidez evaporándose de sus facciones.
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-Por supuesto que tengo algo que decir su tono destilaba acusación-. Encontré otras grabaciones de ese día. Aunque mandaste borrar los videos de seguridad, otros autos que pasaban lograron captarte. Se ve claramente que fuiste tú quien se llevó a Anaís, pero cuando
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Capitulo 200
te llamé preguntando por ella, dijiste que no sabías nada. ¿O qué? ¿Ya te diste por vencido y ahora quieres quedarte con ella?
Las palabras de Roberto provocaron un zumbido ensordecedor en la mente de Anaís. Su capacidad para inventar historias resultaba verdaderamente asombrosa, rozando lo ridículo.
-¡Roberto! -exclamó Anaís, la vergüenza tiñendo sus mejillas-. ¡Ya deja de decir tonterías!
-Anaís, él no es lo que aparenta, él…
La indignación bullía en el interior de Anaís mientras avanzaba un paso, su bolso listo para convertirse en proyectil.
-¡Me enteré por Raúl que Efraín podría tener hijos! -gritó Roberto repentinamente-. Anaís, piénsalo bien, hay tantos buenos partidos en San Fernando del Sol, ¿por qué conformarte con ser madrastra?
Anaís se paralizó, la revelación cayendo sobre ella como un baldado de agua fría.
“¿Hijos? ¿Efraín tiene hijos?“, la pregunta resonó en su mente mientras su mirada buscaba la de él, encontrando en sus ojos un destello de genuina sorpresa.
Una sonrisa se dibujó en sus labios al comprender. Si hasta Efraín parecía desconcertado, era evidente que Roberto solo estaba propagando rumores sin fundamento.
Se irguió, recuperando su compostura.
-El presidente Lobos jamás ha hablado mal de ti, Roberto -declaró con firmeza-. En cambio, tú siempre logras incomodar a todos con tus comentarios fuera de lugar. Si te comparo con el presidente Lobos… bueno, simplemente no hay punto de comparación.
El semblante de Roberto, que momentos antes rebosaba de alegría por el bienestar de Anaís, se ensombreció ante sus palabras. Detestaba las comparaciones con Efraín, pero que vinieran de Anaís resultaba especialmente doloroso.
Apretó los labios con frustración, consciente de que cualquier cosa que dijera en el futuro caería en oídos sordos. Sin embargo, su convicción permanecía intacta: Efraín no era el hombre intachable que aparentaba ser. Bajo esa fachada de indiferencia se ocultaba un cazador paciente, esperando que su presa cayera por voluntad propia en la trampa que había tendido con tanto cuidado.
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