Capítulo 201
Roberto abandonó la oficina con pasos apresurados, convencido de haber dejado al descubierto una vez más las verdaderas intenciones de Efraín. El eco de sus pisadas se perdió en el pasillo, dejando tras de sí una estela de tensión en el ambiente.
Anaís reprimió un suspiro de fastidio. Las constantes invenciones de Roberto no solo resultaban agotadoras, sino que además la colocaban en situaciones incómodas frente a Efraín. Sus ojos se posaron discretamente en el hombre que permanecía sentado tras el imponente escritorio.
Un movimiento brusco perturbó la quietud del momento. Al intentar incorporarse, Efraín golpeó accidentalmente la taza de café que reposaba sobre el escritorio. El líquido oscuro se derramó sobre la tela fina de sus pantalones, formando una mancha que se expandía rápidamente. Sus facciones se tensaron mientras intentaba, con movimientos torpes, controlar el desastre.
Anaís reaccionó por instinto. En dos zancadas llegó hasta él y tomó un puñado de servilletas
de la mesa.
-Presidente Lobos, por favor, siéntese. Yo me encargo.
La incomodidad se dibujó en el rostro de Efraín mientras se rendía ante la ayuda ofrecida. Sus piernas, limitadas por la lesión, lo traicionaban en los momentos más simples. Observó en silencio cómo ella limpiaba la mancha con movimientos delicados pero eficientes.
Después de desechar las servilletas húmedas, Anaís buscó un trapeador para ocuparse del café derramado en el suelo. Estaba guardando el implemento cuando la voz de Efraín, teñida de una vulnerabilidad inusual, atravesó el silencio:
-Desde que mis piernas quedaron así, me siento como un inútil.
Las palabras golpearon a Anaís con la fuerza de una revelación. La imagen del poderoso empresario se fragmentó por un instante, revelando una faceta que jamás había considerado. Un nudo se formó en su garganta al recordar que ella era la responsable indirecta de su condición. El peso de la culpa se instaló en su pecho mientras se arrodillaba junto a él.
-Presidente Lobos, no diga eso–su voz transmitía una sinceridad absoluta-. Todos lo admiramos profundamente. Su entrevista en Wall Street fue extraordinaria. Y además… -vaciló un momento antes de continuar- sigue siendo muy atractivo. ¿No está en rehabilitación? Pronto se recuperará, ¿verdad?
La taza de café, ya limpia, descansaba entre los dedos de Efraín, que la sostenía con delicadeza por el asa.
-¿Y si no me recupero?
Un escalofrio recorrió la espalda de Anaís. La simple posibilidad de que sus piernas no sanaran por completo la llenó de angustia. Tras unos momentos de reflexión, tomó su mano con determinación.
-Si no se recupera, me haré cargo de todo.
Los dedos de Efraín se quedaron inmóviles por un instante. En las profundidades de su mirada, una sombra fugaz pasó inadvertida. Anaís retiró su mano con rapidez, consciente de la intimidad del momento. Comprendía que no todos podrían soportar ver vulnerable a un
hombre de su calibre.
La cultura latina tenía sus códigos no escritos: el hombre fuerte, el protector, el salvador. Ver a Efraín desanimado por su condición despertaba en ella un sentido profundo de
responsabilidad.
Con un movimiento suave, él volvió a tomar su mano.
-¿Por cuánto tiempo serás responsable?
-Presidente Lobos, hasta que sus piernas sanen por completo -respondió sin titubear-. Durante ese tiempo, estaré a su disposición para lo que necesite. Aunque no recuerde los acontecimientos previos, sé que sus piernas están relacionadas conmigo -la culpa tiñó su voz-. Usted nunca me ha culpado, eso demuestra su nobleza.
Los dedos de Efraín jugueteaban con su mano con una delicadeza exquisita, como quien acaricia algo precioso y delicado. Anaís percibía cierto tono burlón en su gesto, pero no se atrevió a retirar su mano. La seriedad en su rostro la mantenía inmóvil.
Tras varios minutos que parecieron eternos, él liberó su mano con lentitud.
-No olvides lo que has dicho.
Anaís se incorporó con premura.
-No lo olvidaré, pero ahora debo retirarme. Tengo asuntos pendientes.
Tomó su bolso y abandonó la oficina con paso apresurado. Su siguiente misión estaba clara: localizar al hombre que había estado extorsionando a la familia Villagra. Solo él podría exponer las mentiras de Bárbara, resolver la situación con Bruno y permitir que el proyecto del Grupo Lobos avanzara sin contratiempos.
En la soledad de su oficina, Efraín contempló sus dedos con expresión pensativa, sus ojos oscuros perdidos en reflexiones indescifrables. El sonido de su celular rompió el momento. Con un gesto de fastidio apenas perceptible, respondió la llamada:
-Encuentren algo que mantenga ocupado a Roberto.
La linea se cortó sin necesidad de más palabras.
Mientras tanto, Anais había solicitado la ayuda de Lucas para localizar a su objetivo. La respuesta llegó con rapidez, pero la dirección la dejó perpleja.
-¿Qué tipo de lugar es este?
El sitio le resultaba completamente desconocido, ausente incluso en los mapas digitales.
Lucas apenas dedicó una mirada superficial al asunto.
14:34
-Busque el faro mientras conduces. Un kilómetro a la derecha encontrará una finca. Entre por el acceso principal y llegará a la zona exterior.
Anais frunció el ceño, intrigada por tanto misterio.
-¿Seguro que no es peligros0?
-Señorita Villagra, las oportunidades siempre vienen acompañadas de cierto riesgo -respondió Lucas con tono enigmático-. Este lugar definitivamente le abrirá los ojos.
La confianza que Efrain depositaba en Lucas fue suficiente para disipar sus dudas. Sin más cuestionamientos, siguió las indicaciones y emprendió el camino hacia su destino.