Despertar del Olvido 203

Despertar del Olvido 203

Capítulo 203 

El cuerpo de Anaís se tensó como la cuerda de un violín mientras intentaba liberarse del abrazo que la mantenía cautiva. Sus manos empujaban contra el pecho de aquel desconocido, pero era como luchar contra una muralla viviente

-Lo siento, bájeme, por favor -balbuceó, tratando de mantener la compostura-. Pensé que solo los meseros usaban esos disfraces de conejito

El hombre se detuvo. Anaís podía sentir la vibración de su respiración, el calor que emanaba de su cuerpo, la presencia que parecía llenar cada rincón del espacio

-¿Te gustan ese tipo de cosas? -su voz grave acarició el oído de Anaís

Todo esto es una tontería, pensó ella, recordando el anuncio que había aparecido en su computadora, esa pequeña chispa de curiosidad que la había llevado hasta aquí. El recuerdo de aquel sueño en la suite se deslizó por su mente como una serpiente traviesa, susurrándole que quizás, solo quizás, lo que verdaderamente anhelaba era el calor de otro ser humano

Sus pulmones se llenaron de aire mientras reunía la determinación para soltarse, pero él fue más rápido. En un movimiento fluido, la condujo a través de la oscuridad hasta depositarla sobre una superficie suave y mullida

Anaís se irguió de inmediato, como impulsada por un resorte. Las aventuras de una noche no formaban parte de su naturaleza, de sus principios. Sin embargo, aquella misteriosa sustancia que él le había pasado comenzaba a despertar cada terminación nerviosa de su cuerpo. Cada roce de sus dedos desencadenaba pequeñas tormentas eléctricas bajo su piel

Sentada sobre la cama, frunció el ceño mientras él levantaba su rostro con una delicadeza que contradecía la firmeza de su agarre

-Si a la señorita Villagra le interesa ese tipo de espectáculo, no hay problema -murmuró él, su voz teñida de una diversión apenas contenida

-Necesito irme -susurró Anaís, desviando la mirada

La vulnerabilidad la golpeó como una ola. Nunca se había encontrado en una situación similar, tan completamente expuesta. La falda que había elegido usar ahora parecía una decisión terriblemente ingenua

¿Qué clase de droga me dio?, se preguntó, desconcertada al notar que conservaba toda su fuerza fisica, pero sus pensamientos se derretían como cera caliente, transformándose en imágenes y sensaciones que la hacían ruborizar. Cuando él se inclinó para besarla, su resistencia se evaporó

Sus dedos se enredaron en el cabello de él, traicionando su determinación. -No hagas esto -suplicó con voz trémula

-Siempre te ha gustado

-¿Qué? -la confusión se mezcló con la vergüenza en su mente nublada

16:46 

¿Cómo llegué a esto?“, se reprochó internamente. Los escándalos de la alta sociedad siempre le habían parecido despreciables. Incluso sin recordar su pasado, se había mantenido firme en sus principios. Y ahoraahora estaba aquí, entregándose a las caricias de un hombre cuyo rostro permanecía oculto en las sombras

Sus manos expertas la exploraban con precisión milimétrica, elevándola a un estado de consciencia alterada donde la realidad se difuminaba en los bordes. Cuando intentó alejarlo con una patada, él atrapó su pierna con facilidad, y una risa grave vibró contra su piel

No consumaron el acto, pero las lágrimas se acumulaban en sus ojos como gotas de rocío en pétalos de rosa. Un resplandor cegador atravesó su mente mientras sus dedos se aferraban a las sábanas con desesperación. Él besó cada lágrima que se deslizaba por sus mejillas, como si quisiera absorber su vulnerabilidad

Exhausta, giró el rostro hacia un lado, incapaz de articular palabra. Él se sentó junto a ella, jugando con sus dedos como si fueran las teclas de un piano invisible

Intentó retirar sus manos, pero él las mantuvo cautivas con gentil firmeza. La mente de Anaís flotaba en un vacío blanco, desprovista de la energía necesaria para formar pensamientos coherentes. Una preocupación superficial cruzó por su mente: las marcas que seguramente adornarían su piel al salir de allí

Él se inclinó hacia ella, su aliento acariciando su oído como una brisa cálida. -Si no tuviste suficiente, puedo continuar

Sus dedos, aún prisioneros entre las manos de él, se estremecieron sutilmente. Él respondió depositando besos reverentes en el dorso de su mano, dedicando especial atención a cada uno de sus dedos

-La próxima vez que vengas, me pondré lo que te gusta -susurró contra su piel

No habrá próxima vez, juró Anais en silencio, encogiendo nuevamente los dedos. La vergüenza pesaba en su pecho como cemento. Rogaba que nadie se enterara de su indiscreción, que no la compararan con aquellos que frecuentaban estos lugares en busca de placeres prohibidos

El desprecio hacia si misma crecía como una enredadera venenosa en su interior. El colchón se hundió ligeramente cuando él se acercó de nuevo, envolviéndola en un abrazo que marcaba territorio

-O si prefieresmurmuró contra su cuello-, puedo ir a buscarte

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