Capítulo 204
Una alarma silenciosa reverberó en la mente de Anaís, provocándole un sobresalto que la impulsó a incorporarse. La penumbra envolvía la habitación como terciopelo negro, desorientándola, impidiéndole distinguir una salida.
Las manos de un hombre la envolvieron desde atrás con delicadeza, y su barbilla descansó sobre su hombro. Su voz surgió como un susurro vulnerable, casi suplicante.
-¿Te incomodé?
Los músculos de Anaís se tensaron mientras apretaba los labios, buscando las palabras
adecuadas.
-No es eso… es que apenas nos conocemos, y esto se siente…
-Me jalaste el cabello con tanta fuerza que me dolió.
El silencio cayó sobre Anaís como un manto pesado. Deseaba que él guardara silencio, que este momento se convirtiera en un simple error que ambos olvidarían al cruzar el umbral de aquella puerta.
“Todo esto debe ser por lo que me dio al principio“, reflexionó. “De otro modo, jamás habría permitido que me besara así“. Sus propias bromas sobre buscar un servicio informal habían resultado ser una trampa para sí misma.
Sin mediar palabra, él tomó su mano con suavidad y la guio hasta su rostro. En la oscuridad, sus dedos recorrieron una mandíbula firme y bien definida, sugiriendo facciones que imaginaba atractivas.
—La última vez prometiste que volverías. Te he esperado tanto, tanto tiempo…
Una nueva tensión se apoderó de Anaís. ¿Había estado allí antes? Imposible. ¿No había estado perdidamente enamorada de Roberto?
El abrazo del hombre se intensificó, su respiración se volvió profunda y pesada contra su piel. Una punzada de compasión atravesó el corazón de Anaís. Ahí estaban de nuevo sus dos debilidades: socorrer a los desamparados y jugar a ser salvadora.
Esa misma mañana no había soportado ver a Efraín rendirse ante su lesión. Ahora, en este lugar desconocido, tampoco deseaba ser la causa de la tristeza de este hombre.
Bajó la mirada y comenzó a deshacer el abrazo con movimientos suaves, como si librara una batalla silenciosa contra sí misma. Él finalmente cedió, permitiendo que se alejara.
La atmósfera se tornó densa, casi tangible. Un encuentro fortuito se había transformado en algo más profundo, y ella se sentía como la antagonista de una historia que no recordaba
haber comenzado.
Mientras ajustaba su vestido en silencio, el mutismo de ambos se extendía como una sombra. La tensión creció hasta volverse insoportable.
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16:46
-Podrías venir a verme de vez en cuando -susurró finalmente.
El ambiente cambió al instante, como si una brisa primaveral hubiera entrado por una ventana invisible.
-¿Lo dices en serio? -preguntó él, tomando su mano con timidez.
En su mente, Anaís sopesó la situación. Estaba soltera, sin ataduras con Roberto ni con nadie más. Dedicar algo de tiempo a este hombre no parecía una mala decisión.
-Si.
Apenas pronunció esa palabra, él la atrajo hacia su pecho en un abrazo que le robó el aliento.
Hay emociones que se perciben con una claridad sobrenatural, y ella podía sentir la tormenta de sentimientos contenidos que amenazaban con quebrarlo.
Si era verdad que había estado allí antes, ¿habría hecho la misma promesa sin meditarla? El dolor de cabeza aumentaba mientras las piezas del rompecabezas de su identidad seguían apareciendo, cada verdad revelada era un nuevo espejo donde redescubrirse.
-Me haces muy feliz -murmuró él, besando su oreja.
Anaís intentó apartarse, pero la absurdidad de ese gesto, después de todo lo ocurrido, la
detuvo.
“¿En qué momento mi vida se volvió tan complicada?“, se preguntó, dejando escapar un suspiro
interior