Capítulo 205
Al abandonar la mansión y deslizarse nuevamente al interior del auto, Anaís sintió un temblor sutil recorriendo sus piernas, como si el suelo bajo sus pies aún vibrara con los ecos de lo vivido. Abrió el espejo del coche con dedos vacilantes y, tal como lo había temido, su cuello revelaba un mapa de marcas rojas, pinceladas de un caos que no podía ignorar.
Se dejó caer contra el respaldo del asiento, exhausta, mientras el crepúsculo teñía el horizonte con tonos de ámbar y violeta. Desde la ventana, el atardecer desplegaba su calma, un bálsamo que por fin aliviaba la tormenta en su mente.
Adentro, en aquella penumbra densa, el ambiente había sido un velo oscuro que la envolvía, y la voz de él, un murmullo seductor, la había atrapado como hilos de seda invisibles. Se masajeó las sienes con las yemas de los dedos, atrapada en un torbellino de pensamientos: aunque no había cruzado la línea final, la distancia que la separaba de ello era apenas un suspiro.
Un suspiro escapó de sus labios, cargado de confusión y un calor que teñía sus mejillas de escarlata. “Anaís, Anaís, ¿en qué estabas pensando para caer así otra vez?“, se reprochó en silencio, mientras su pasado danzaba como sombras en su memoria.
Sin embargo, la visita no había sido inútil. En el asiento trasero, el hombre que había ido a buscar yacía inmóvil, un trofeo de su audacia.
Pasaron treinta minutos más antes de que sus manos, firmes al fin, giraran la llave y el motor rugiera al compás de su partida.
Mientras tanto, en la vasta habitación que ella había dejado atrás, las luces seguían apagadas, sumiendo el espacio en un silencio opaco. Él, con ojos que parecían hundirse en pozos insondables, rozaba la humedad en sus dedos, un vestigio que guardaba sin palabras.
Se incorporó con pasos largos y seguros, atravesando la penumbra hacia un armario cercano. Aunque la oscuridad reinaba, sus movimientos eran precisos, guiados por la memoria de cada
rincón.
Cubrió su rostro con una máscara plateada, un reflejo frío bajo la escasa luz, y avanzó hacia un palco de cristal que dominaba el coliseo. Aquel lugar, un santuario de magnates, vibraba con el clamor de combates brutales: hombres contra hombres, hombres contra bestias, bestias
devorándose entre sí.
El dueño de ese reino no era otro que él, el hombre de la máscara. En el palco, varias figuras intercambiaban miradas mudas, cómplices de un secreto tácito.
El jefe destilaba un aire sereno, menos afilado que de costumbre. Aunque su rostro no lo traicionara, el filo de su presencia habitual se había suavizado.
-¿Qué es eso en su cuello? -susurró alguien, rompiendo el silencio.
Parecían arañazos de un felino salvaje, pero en el coliseo no había gatos, solo fieras de
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colmillos y garras. Esas marcas, sin embargo, contaban una historia distinta, más íntima.
¿Alguien había cruzado el umbral de su alcoba?
Imposible. Todos sabían que él aguardaba a una sola persona.
Meses atrás, había reservado el Hotel Coral Real, un palacio de elegancia, y había encendido el cielo con fuegos artificiales dignos de un ensueño romántico. Pero ella no llegó, y él esperó hasta que la noche se desvaneció.
Quizá para él había sido un golpe de amor instantáneo; para ella, apenas un roce efímero del destino.
Más tarde, él había dicho que ya no importaba. Después de todo, ella llevaba otro nombre grabado en el corazón.
La identidad de aquella mujer permanecía celosamente oculta, un enigma que nadie osaba
descifrar.
-Jefe, ¿ya lo pensó bien? ¿Va a intentar con alguien más? -preguntó un subordinado, inclinándose con cautela para halagarlo.
Él esbozó una sonrisa tenue, apoyando la cabeza en una mano. Su muñeca, larga y elegante, se tensó bajo el peso de su propio cansancio.
-Ella lo olvidó–dijo, su voz un hilo de terciopelo.
Porque lo olvidó, había regresado a él.
-Pobre jefe -murmuró otro en voz baja, compadecido-. Esa mujer lo tiene atrapado con sus juegos.
-¿Entonces la vio? -insistió el primero.
-La besé -respondió él, lacónico.
-Felicidades, felicidades.
-Ajá.
La charla fue breve, pero antes él jamás habría cedido a esas preguntas. Cuando quería, su alma era un libro cerrado, su amor un secreto sepultado tan hondo que tal vez ni él mismo lo entendía.
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Anaís estacionó frente a su casa y corrió al baño, dejando tras de sí el eco de sus pasos. Bajo el chorro de la ducha, se despojó del vestido, y al ver las marcas que florecían en su piel, una oleada de vergüenza la atravesó. Quiso abofetearse por su propia debilidad.
Se inclinó sobre el lavabo, lavándose el rostro con agua helada, deseando que el frío apagara el fuego que aún ardía en sus mejillas. Luego, con prisa, cambió su ropa por algo que la cubriera.
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Capitulo 205
El cuello, sin embargo, era un traidor imposible de ocultar. Optó por un suéter de cuello alto, ajustándolo con cuidado. Al girarse frente al espejo, descubrió una marca diminuta, escondida tras el lóbulo de su oreja, un recordatorio que se burlaba de su intento por olvidar.
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