Despertar del Olvido 206

Despertar del Olvido 206

Capítulo 206 

Gisela se inclinó frente al espejo del auto, aplicándose con dedos temblorosos una capa de base sobre la marca en su cuello. El tono cremoso apenas logró difuminar el rojo que asomaba en su piel, pero era suficiente para pasar desapercibida. Con un suspiro entrecortado, cerró el estuche y regresó al vehículo, donde el hombre yacía aún inconsciente en el asiento trasero. Sin perder un instante, puso el motor en marcha y condujo con premura hacia el Hospital Miramar, mientras el sol se hundía en un horizonte teñido de ámbar

Cuando el hombre despertó, sus ojos se abrieron de golpe, y un destello de pánico los atravesó al reconocer a Gisela. Su voz rasgó el aire, cargada de un temor visceral

-¡Estamos en un país de leyes! ¿Qué pretenden hacer conmigo? ¡¿Qué quieren?! 

Gisela lo observó en silencio. Lo conocía bien: era Federico, un viejo amigo de su esposo. Habían trabajado juntos en un proyecto que se desplomó estrepitosamente, y después de eso, él se desvaneció como humo en el viento. Rumores decían que el juego lo había atrapado, que su esposa lo abandonó y que su hija huyó al extranjero para borrar su rastro. Todos en San Fernando del Sol lo daban por muerto. Pero ahí estaba, vivo, con ropa de marca que desentonaba con su cabello largo y descuidado, como si el dinero hubiera encontrado un 

modo de aferrarse a él

Anaís, con el rostro endurecido, no dejó espacio para sutilezas. Su pie se hundió en el estómago del hombre con un golpe seco, arrancándole un quejido gutural. No estaba de humor para rodeos

-Dime ahora mismo, Federico, ¿qué tienes que ver con Bárbara

El hombre se retorció en el suelo, su rostro crispado por el dolor, la bilis subiéndole a la garganta mientras intentaba contener las arcadas

Anaís no titubeó. Tomó un cuchillo que reposaba en una mesa cercana y, con un movimiento preciso, cercenó uno de sus dedos. La sangre brotó como un río oscuro, y el alarido de 

Federico resonó en la habitación

Gisela y el director del hospital, un hombre de bata impecable, se quedaron petrificados, con los ojos abiertos de par en par ante la ferocidad de Anaís

-No puedo hablar, ¡no puedo decirlo! -gritó Federico, su rostro pálido como la cera-. ¡Si digo algo sobre Bárbara, estoy muerto! ¡No tienen idea de lo cruel que es! ¡Miren, esta oreja me la arrancó ella

Su cabello grasiento caía en mechones desordenados, ocultando sus orejas. Anaís, con un gesto brusco, apartó las hebras y confirmó la verdad: una cicatriz irregular marcaba el lugar donde antes había estado su oreja izquierda

Gisela temblaba de pies a cabeza, las palabras atrapadas en su garganta como mariposas en 

una red

Anaís giró el cuchillo entre sus dedos, su mirada fría y afilada como el metal

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Captulo 205 

-Sé exactamente lo que planeas con Bárbara. Ella no te dejará ir tan fácil. No tolera cabos sueltos. Te tiene cerca porque cree que nadie sabe de ustedes dos. Así que te doy una salida: un millón quinientos mil. Los tomas y desapareces de San Fernando del Sol

Federico no respondió de inmediato, su cuerpo aún convulsionado por el dolor, la respiración entrecortada

Anaís golpeó suavemente su mejilla con la hoja, un gesto casi casual. Mientras lo hacía, fragmentos de recuerdos cruzaron su mente como relámpagos: el brillo de la sangre, el peso del cuchillo en su mano. No le temía a nada de eso. Su tolerancia al dolor, la suya y la de otros, era un muro que el tiempo había reforzado. Sacudió la cabeza y volvió al presente

-¿Qué decides? -insistió. El dinero que le mendigas a la familia Villagra siempre termina con Bárbara, ¿verdad? Ella odia a los mediocres, así que imagínate lo que piensa de un tipo como , sin un peso propio. Que te migajas ya es un milagro

El rostro de Federico enrojeció, la vergüenza tiñendo sus facciones al verse expuesto. Cada vez que acudía a los Villagra, juraba que era una fortuna, pero al final solo recibía sobras. El juego lo había devorado; trabajar le parecía una pérdida de tiempo frente a las promesas rápidas de las apuestas. Así, poco a poco, se había hundido en un pozo del que no sabía salir. Mientras Bárbara le ofreciera algo, él seguiría atado a ella, sin pensar en el mañana

Pero ahora, un millón quinientos mil brillaban como una puerta abierta. Con eso, podría escapar a otra ciudad, apostar a su antojo, libre de las cadenas de Bárbara

-¡Acepto! -jadeó, alzando las manos-. ¡Por favor, no me hagas más daño, acepto! 

Justo entonces, Gisela, aún temblorosa y con la voz quebrada, dio un paso adelante

-¿Y qué pruebas tienes? -preguntó, casi suplicando-. Bárbara es mi hija adoptiva. No puede ser como dices. ¿No estarán inventando todo esto para manchar su nombre

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