Capítulo 207
Una carcajada áspera y cortante escapó de los labios del hombre, reverberando como un eco cruel en la habitación cargada de tensión.
-Gisela, mi querida Gisela, qué tragedia tan absurda -dijo con sorna, su voz destilando un veneno que se filtraba en el aire-. Tú y tu esposo se deslomaron toda la vida, construyendo un castillo de ilusiones, solo para criar a una víbora que los traicionó sin pestañear. ¿Nunca te has detenido a pensar cómo acabó tu marido entre rejas? ¿Quién tejió esa red de pruebas falsas para hundirlo? Jamás imaginarías hasta dónde llegan los hilos oscuros que Bárbara maneja con maestría. Te ha destrozado la existencia, te ha reducido a cenizas, y tú sigues aferrada a la idea de que es una dulce muchacha. ¡Qué ironía! Te voy a abrir los ojos: tu hijo yace inmóvil en una cama porque Bárbara lo quebró con sus propias manos. Ese pobre idiota la seguía como sombra, y ella, cansada de sus torpezas, decidió aplastarlo de una vez. No me preguntes cómo lo sé; lo vi con estos ojos. Aquel día fui a pedirle dinero a Federico, y como se atrevió a negarse, guardé silencio. ¡Bien merecido lo tienen! Se pavoneaban con su honor y su grandeza, y por eso los engatusaron como a corderos, sin dejarles ni una migaja para reconstruirse.
Cada palabra era un filo helado que se hundía en el pecho de Gisela, desgarrando su alma con una precisión despiadada.
Las piernas de Gisela flaquearon, y su cuerpo se desplomó hasta el suelo, rendido ante el peso de la verdad que la aplastaba.
-Barbi no es así, no puede ser así… -susurró, su voz temblorosa apenas un hilo entre el
tumulto de su tormento.
El hombre dejó escapar otra risa, cargada de amargura, como si desahogar su rabia le aliviara el propio sufrimiento.
-¿Sabes cuánto he exprimido a los Villagra todos estos años, Gisela? Casi un millón, pero esa maldita Bárbara solo me soltó trescientos mil. Me mira como si fuera un gusano bajo su zapato. Si no fuera por mi maldita necesidad de apostar, juro que ya la habría borrado de este mundo. ¡Es una peste! Solo pronunciar su nombre me enciende la sangre, pero está blindada, intocable. Si no hubiera esquivado sus garras aquella vez, me habría dejado sin piernas ni
manos.
Su cuerpo se estremecía de furia al recordarlo, y su risa volvió a estallar, seca y cortante.
-¿Cómo puede existir alguien tan podrido? Su máscara es una obra de arte. Hasta yo, al principio, creí que era una santita. ¡Ja! Todos caímos como tontos en su juego.
Giró la mirada hacia Anaís, con un brillo codicioso en los ojos.
-¿Un millón quinientos mil? ¿Lo dijiste en serio?
Anaís se inclinó para sostener a Gisela, pero ella temblaba tanto que apenas podía mantenerse consciente, atrapada en un torbellino de dolor que amenazaba con consumirla.
-Señora Cedillo, por favor, trate de serenarse -le murmuró con suavidad, aunque sabía que
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Capitulo 207
sus palabras apenas rozaban la superficie de su agonía.
Gisela esbozó una sonrisa rota, sus uñas arañando el suelo con tanta fuerza que algunas se quebraron, curvándose hacia atrás. El dolor no era nada frente al abismo que la devoraba por dentro.
Se enjugó las lágrimas con un gesto torpe y alzó la vista.
-Dime, ¿tienes pruebas? -preguntó, su voz un eco frágil de quien se aferra a una última
esperanza.
El hombre se encogió de hombros, con un gesto casi indiferente.
-Es demasiado astuta para dejar cabos sueltos.
Bárbara era un espectro escurridizo, siempre un paso adelante.
Anaís se acercó al hombre y, con voz firme, ordenó:
-Llama a Bárbara.
Su rostro se ensombreció, y un rastro de miedo cruzó sus ojos.
-No puedo, solo me deja enviarle mensajes. Hasta investigué el ID de sus chats; está registrado en el extranjero, imposible de rastrear. Me tiene agarrado del cuello, y aunque he soñado con arrancarle la cabeza, no hay manera de tocarla.
Anaís inhaló profundamente, dejando que el aire llenara sus pulmones mientras ordenaba sus pensamientos. Sabía que arrastrar a ese hombre ante los Villagra sería inútil; bastaría una lágrima fingida de Bárbara para que todos cerraran filas a su favor.
Guardó silencio, mientras el hombre seguía parloteando, perdido en su propia madeja de rencor y codicia.