Capítulo 208
-Por favor, llévenme primero al hospital. Todavía pueden coserme el dedo. Después, prometo cooperar en todo, pero necesito un millón quinientos mil pesos.
Un dedo a cambio de un millón quinientos mil pesos parecía un intercambio razonable, casi
una ganga. Era un jugador empedernido, y su vida giraba en torno a apuestas y tratos astutos; sabía bien cómo medir el valor de cada riesgo.
Anaís giró la mirada hacia el director. El anciano, con su porte sereno y su pasado como médico, debía poseer una destreza quirúrgica fuera de serie.
El director inclinó la cabeza en un gesto firme y, sin mediar palabra, empujó al hombre hacia la sala de emergencias, como si el tiempo mismo colgara de un hilo.
Anaís desvió los ojos hacia Gisela. La mujer seguía derrumbándose en un llanto.desgarrador, un río de lágrimas que parecía no tener fin. Suspiró, agotada por el peso de la escena.
-Señora Cedillo, su esposo fue testigo de aquel crimen hace años. Encontraron rastros de él en la víctima, fluidos que solo alguien muy cercano podría haber dejado. Y Bárbara vivía con
ustedes entonces.
Plantar fluidos en una víctima era una prueba irrefutable, un golpe maestro. Y si Bárbara había jurado hundirlo, seguro había borrado cualquier cabo suelto que pudiera delatarla.
Además, Federico no tenía influencias ni aliados. Cuando todo se derrumbó, solo Gisela peleó por él, enfrentando tormentas interminables. En estos años, su vida se había reducido a un eco de miseria, más sombría que la de un animal callejero. Eran, sin duda, el blanco perfecto para un depredador como Bárbara.
De pronto, el llanto de Gisela estalló en gritos que cortaban el alma. Su esposo, su hijo… todo perdido por haber abierto su corazón a esa víbora. Ahora cargaba las cicatrices de su bondad.
Bárbara, Bárbara…
La odiaba con cada fibra de su ser, pero sus manos estaban atadas, impotentes ante tanta
maldad.
La última carta de su esposo, escrita con tinta temblorosa, llevaba sus palabras finales: no podía soportar más. La injusticia la devoraba por dentro. ¿Por qué los buenos siempre terminaban aplastados?
¿Por qué…?
Su llanto era un lamento puro, cargado de angustia infinita, que envolvía a quien lo escuchara en una nube de tristeza y desamparo.
Anaís, sin saber cómo aliviar ese dolor, se limitó a sentarse a su lado en un silencio pesado. Mientras tanto, un odio visceral hacia Bárbara crecía como fuego en su pecho.
Había creído que esa mujer era solo una manipuladora astuta, pero ahora veía la magnitud de
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su crueldad, un abismo de terror y precisión.
Gisela lloró durante una hora, hasta que la noche se cerró como un manto negro sobre el mundo. Entonces, con un esfuerzo agotado, se inclinó ante Anaís con una reverencia solemne.
-Señorita Villagra, ya ha hecho demasiado por mí. Solo le pido una cosa más: déjeme ver a mi esposo una última vez.
Anaís contempló su figura frágil, consumida por la pena, y el reflejo de una vida rota en sus ojos. Suspiró con suavidad.
-Haré lo que pueda, señora Cedillo. Espere mi aviso. Seguro Bárbara ya movió sus hilos en la prisión, y con sus nexos en la familia Moratalla no será fácil. Tendré que buscar aliados para arreglar una visita.
En otros tiempos, Leopoldo habría movido cielo y tierra por Bárbara, incluso dentro de los muros carcelarios. ¿Cómo explicar, si no, el infierno que Federico soportaba allí?
-Gracias, señorita Villagra, de verdad, gracias.
Lo
que
Gisela había descubierto esa noche había despedazado su mundo entero. Con un gesto de gratitud hacia Anaís, se puso en pie con dificultad y caminó lentamente hacia su habitación, como si cada paso pesara una eternidad.
El cansancio la consumía; necesitaba dormir, escapar aunque fuera un instante de su
tormento.
Anaís aguardó hasta que el director terminó de reimplantar el dedo del hombre. Luego se despidió con un murmullo y anunció que se retiraba.
Al cruzar la puerta, el director la detuvo con una voz calma.
-Después de perder la memoria, no tomes decisiones apresuradas.
Anaís se congeló en el umbral y lo miró de reojo.
El rostro del director mantenía una sonrisa cálida, casi paternal.
-Anaís, eres como una nieta para mí. Jamás te lastimaría.
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