Despertar del Olvido 209

Despertar del Olvido 209

Capítulo 209 

Anaís se acomodó en el asiento del conductor, con la mente aún girando en torno a las palabras del director, esa advertencia velada de no apresurarse en sus decisiones. Una brisa fría se colaba por la ventana entreabierta, acariciándole el rostro mientras intentaba descifrar si se refería a sus emociones o a algo más profundo, algo que aún no alcanzaba a vislumbrar. El día había sido un torbellino de caos y revelaciones, y el agotamiento le pesaba como una capa de plomo sobre los hombros

Mientras conducía de regreso a casa, con las luces de la ciudad deslizándose como pinceladas doradas sobre el parabrisas, pasó frente al imponente edificio del Grupo Lobos. Allí, bajo el resplandor tenue de una farola, distinguió la silueta de Efraín. Estaba inmóvil, con la cabeza inclinada, envuelto en una quietud que desde la distancia no dejaba entrever si era tristeza o simple cansancio

Anaís detuvo el auto con suavidad y esbozó una sonrisa cálida

-Presidente Lobos, ¿recién sale de trabajar? ¿Quiere que lo lleve a casa

Efraín alzó la vista, sus ojos encontrándose con los de ella por un instante antes de desviarse hacia la penumbra

-Sí -respondió, lacónico, con esa voz grave que siempre parecía ocultar más de lo que revelaba

Anaís percibía una tensión sutil en él, una incomodidad que nunca lograba descifrar del todo. Bajo del auto con la intención de ayudarlo, pero al acercarse, un destello de duda la detuvo. Su coche, sencillo y práctico, no contaba con las sofisticadas comodidades del vehículo de Efraín, como aquel tablero deslizante que facilitaba todo. Una punzada de vergüenza le recorrió el pecho

Él inclinó la cabeza apenas, observándola con una mezcla de curiosidad y reserva

-¿Te estoy causando problemas

Anaís sintió el peso de su mirada y negó con vehemencia, subiéndose las mangas con un gesto rápido

-No, no, para nada. Solo requiere un poco de paciencia. ¿Me permite ayudarlo? Luego guardo la silla

-Sí -respondió él, con la misma brevedad

Cuando lo sostuvo para ayudarlo a levantarse, Anaís notó lo mucho que pesaba su cuerpo. Recordaba haberlo visto moverse por su cuenta alguna vez, pasos lentos pero firmes; ahora, sin embargo, parecía rendido, como si el tiempo hubiera comenzado a erosionar su fuerza. Todo el esfuerzo recaía sobre ella, y el calor del rubor trepó por sus mejillas mientras lo guiaba al asiento con cuidado

Siempre parecía suceder así con Efraín: terminaba prometiendo más de lo que su torpeza 

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natural podía cumplir. Una vez que él estuvo acomodado, se agachó para plegar la silla de ruedas con delicadeza. Era un modelo ingenioso, que se reducía al tamaño de un taburete compacto, perfecto para encajar en el maletero sin ocupar demasiado espacio. Tras guardarla, abrió la puerta trasera y la colocó a sus pies

Los ojos de Efraín se detuvieron en su cuello mientras ella se movía. Entre el vaivén de su cabello, unas marcas sutiles asomaron, apenas perceptibles bajo la luz tenue del auto. Él apartó la mirada con disimulo, fingiendo interés en la ventana

Anaís, ajena a su escrutinio, tomó el volante y lo miró a través del retrovisor. Una leve curva en los labios de Efraín delató un atisbo de humor

-¿El presidente Lobos está de buen humor esta noche? -preguntó, sorprendida por esa chispa rara vez visible en él

-¿En serio? -respondió él, con un tono que rozaba la burla-. Tal vez porque por fin alguien no me ve como una carga

El silencio se instaló por un momento. Anaís sabía que no era cierto del todo; había quienes no lo consideraban una molestia, pero sus intenciones solían estar teñidas de interés, buscando favores o el brillo de su influencia. Para alguien como Efraín, encontrar autenticidad debía ser como hallar una aguja en un pajar

Reflexionó un instante, hasta que su voz la sacó de sus pensamientos

-¿Tienes novio

Anaís pisó el freno con más fuerza de la necesaria, el auto dando un leve respingo. El calor volvió a subirle al rostro, esta vez con un matiz de incomodidad. Había estado evitando pensar en las últimas horas, en ese torbellino de emociones que aún no lograba ordenar. Tal vez él había visto las marcas al agacharse. Qué humillación

Si decía que no, Efraín podría imaginarla como una alma errante de fiestas sin fin. Si decía que , estaría mintiendo; ni siquiera conocía el rostro de esa persona, así que no podía llamarlo novio. Y mencionar algo casualEfraín, con su rectitud impecable, probablemente no entendería ni la mitad de lo que implicaba. Tras un silencio torpe, aferró el volante con firmeza. -Lo estoy considerando -dijo, evasiva

Él se recostó en el asiento, visiblemente más relajado

-Qué bueno. Una relación sana puede darte más energía para el trabajo

Anaís sonrió para misma. Típico de Efraín, siempre viendo el mundo a través del lente del deber y la eficiencia. Recordó los chismes de Roberto y dejó escapar una risita. Aunque todas las mujeres del planeta desaparecieran, Efraín seguiría inmerso en su mundo interior, leal a sus principios y a esa mujer que cargaba en su memoria como un estandarte

Su mirada hacia él se suavizó, despojada de cualquier sombra de duda

-En realidad, no si esta relación es saludable. Tal vez en el pasado tuvimos algo, pero lo 

Capitulo 209 

olvidé. Aun así, verlo triste me remueve algo por dentro

-¿Qué tipo de inquietud? -preguntó él, con un interés genuino

-No inconscientemente, no quiero que esté tan hundido, tan herido

Efraín desvió la vista hacia la ventana, sus labios apretándose en una línea fina

-Entonces haz lo que puedas para que no sufra -dijo, con una calma que escondía algo más

Anaís lo miró por el retrovisor, agradecida

-Presidente Lobos, usted es una buena persona

Él soltó una carcajada seca, casi incrédula

-Sí, claro -respondió, y el eco de su risa resonó en el auto como un destello fugaz de humanidad

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