Capítulo 21
-Ya es tarde,
Las palabras flotaron en el aire como una invitación velada a marcharse. Anaís permaneció inmóvil en el sofá, con los restos de la mascarilla facial aún adheridos a su piel. Su corazón latía con un ritmo irregular, como el aleteo de un pájaro enjaulado. La suite, con su lujo. discreto y su atmósfera controlada, se había convertido en un santuario temporal.
La imagen de Leopoldo y sus amenazas se alzaba como una sombra en su mente. Las mentiras de Bárbara habían echado raíces profundas en él, y la próxima vez… Un escalofrío recorrió su espalda al imaginar qué otros métodos podría emplear.
Depositó la bolsa de hielo sobre la mesa, produciendo un sonido sordo.
-¿Puedo quedarme aquí esta noche? -su voz surgió más suave de lo que pretendía-. Me acomodo en el sofá del salón, le prometo que ni notará mi presencia, señor Lobos.
Efraín ya se dirigía hacia el dormitorio principal cuando Anaís, movida por un impulso, se apresuró a colocarse detrás de su silla de ruedas. Sus manos se posaron suavemente sobre las empuñaduras, aunque sabía que él no necesitaba ayuda. Era un gesto de sumisión, la postura de quien suplica refugio.
-No ronco -añadió al llegar al dormitorio, con una nota de humor nervioso en su voz-. Ni siquiera sabrá que estoy aquí.
-Como gustes.
Una sonrisa iluminó el rostro de Anaís, suavizando las líneas de preocupación que lo habían
ensombrecido.
-Gracias de nuevo, señor Lobos.
Sin dirigirle una mirada, Efraín apoyó una mano en el borde de la cama y se incorporó con un movimiento fluido. Anaís recordó las palabras de Lucas sobre su rehabilitación. ¿Su presencia interferiría con su rutina?
Se acercó instintivamente para ofrecerle apoyo. Un aroma sutil emanaba de él, reminiscente de un amanecer en las montañas, limpio y vigorizante. Sus movimientos al acomodarse en la cama poseían una gracia natural que contradecía su condición.
Las palabras de Fabiana resonaron en su memoria como un eco lejano: aun con sus piernas inmóviles, muchas mujeres suspiraban por él. Una pregunta ardía en su garganta: ¿qué papel había jugado realmente en aquel accidente? Pero la prudencia selló sus labios.
Desde el umbral de la puerta, preguntó con voz suave:
-¿Desea que apague la luz para que descanse, señor Lobos?
-No es necesario.
Cerró la puerta con delicadeza. El agotamiento se apoderó de ella como una marea inexorable.
1/3
18:38
Capítulo 21
Los efectos residuales de la medicina y la hora sumergida en agua fría cobraron su precio, arrastrándola hacia un sueño profundo apenas su cabeza tocó el cojín.
La mañana llegó como una neblina ardiente. Su cuerpo era una hoguera, cada respiración un esfuerzo consciente. Voces distantes flotaban a su alrededor, y algo amargo se deslizó entre sus labios. Intentó rechazarlo, pero una mano firme la obligó a tragar.
Efraín dejó el cuenco de medicina a un lado, sus ojos fijos en el goteo constante del suero.
-Señor Lobos, la fiebre roza los cuarenta grados -informó el médico personal-. No despertará hasta más tarde.
El galeno había acudido en medio de la noche. Desde las tres de la madrugada, la fiebre se había apoderado de ella. Su reciente estancia en el hospital y su precaria alimentación habían minado sus defensas. El baño frío había sido la gota que colmó el vaso.
El sol ya se ocultaba cuando Anaís emergió de su sopor febril. Su garganta ardía como arena del desierto. Se incorporó bruscamente y el mundo giró a su alrededor.
Efraín arrugó el entrecejo, ofreciéndole un vaso de agua. Después de beber ávidamente, una alarma se encendió en su mente nublada. Sus ojos se clavaron en el reloj de pared y el pánico la sacudió.
-Lo siento, tengo que irme -balbuceó, luchando por levantarse-. Esta noche Roberto romperá el compromiso con la familia Villagra.
Conocía el narcisismo de Roberto; su ausencia alimentaría sus fantasías más retorcidas.
Efraín contempló su figura tambaleante y dejó escapar una risa cargada de ironía mientras depositaba el vaso en la mesita de noche.
-Pensé que esta vez realmente…
-¿Qué cosa?
La confusión nublaba su mente mientras sus dedos temblorosos buscaban el picaporte. Su visión se difuminó como una acuarela bajo la lluvia.
Derrotada, regresó a la cama. La fiebre había consumido sus fuerzas durante todo el día. Las palabras murieron en sus labios mientras el sueño la reclamaba nuevamente.
Efraín permaneció junto a ella, su rostro transformándose en una máscara indescifrable con cada minuto que pasaba. Finalmente, giró su silla de ruedas y abandonó la habitación.
Mientras tanto, en la residencia de los Villagra, Roberto hacía su entrada triunfal. La noticia de que Anaís renunciaba voluntariamente a su compromiso había transformado el ambiente. La alegría se propagaba como ondas en un estanque, disipando la tensión acumulada.
Raúl, incapaz de contener su entusiasmo, se dirigió a Bárbara con una sonrisa radiante.
-Bárbara, ¡felicidades! Parece que tú y Rober por fin van a alcanzar la felicidad. ¿Se casarán en
2/3
10.00
Capítulo 21
cuanto se disuelva el compromiso de Anaís?
Una sonrisa tímida curvó los labios de Bárbara, mientras en su interior bullía un caldero de satisfacción venenosa. “Seguramente Anaís no aparecerá esta noche, no después de la intervención de Leopoldo. Pronto, sus fotografías comprometedoras circularán por todo nuestro círculo social.”
La anticipación del desprecio general, especialmente de aquella persona especial, dibujó una sonrisa de placer en su rostro. Sus ojos brillaban con un destello de triunfo apenas contenido.
-El tiempo se está acabando comentó con fingida inocencia. Mi hermana debería estar en
camino.
Roberto, sentado a un costado, resopló con desprecio. No albergaba la menor expectativa de que Anaís se presentara.
3/3