Capítulo 210
Bajo el resplandor plateado de la luna, Anaís estacionó el auto frente a la imponente mansión de la Bahía de las Palmeras, cuyas palmeras susurraban secretos al viento nocturno. Sin perder un instante, llamó a Lucas, quien salió con pasos rápidos a abrir la pesada puerta de hierro forjado.
Mientras tanto, Efraín, con la mirada perdida en la penumbra, volvió a indagar:
-¿Qué le gusta a tu novio?
Un nudo incómodo se formó en el pecho de Anaís. ¿Cómo responder algo que ni ella misma sabía?
-No es mi novio todavía aclaró, con un dejo de timidez-. Apenas nos estamos conociendo. Digamos que lo nuestro es… complicado.
Su tono, suave pero firme, dejaba entrever que no quería ahondar en el tema.
Antes de cruzar el umbral, Efraín se detuvo y, con una voz que destilaba una calma extraña, añadió:
-Pues procura tratarlo bien. En este mundo hay demasiada gente con malas intenciones, y tú no eres así.
De nuevo, le extendía esa invisible tarjeta de buen samaritano. Esa noche, Efraín estaba inusualmente parlanchín. Normalmente, sus respuestas se reducían a un murmullo seco, pero ahora se permitía soltar consejos como si fueran pétalos cayendo de un árbol en primavera. Anaís lo observó un instante, intrigada por esa faceta suya, y al volver al auto no pudo reprimir una risa queda. Había algo torpemente encantador en su manera de incomodarla sin proponérselo.
El cansancio la envolvía como una manta pesada; necesitaba llegar a casa y desplomarse en la cama. Al cruzar la puerta de su hogar, un zumbido leve rompió el silencio: su celular vibró con una solicitud de amistad. El perfil era un abismo negro, sin rostro ni pista alguna. Movida por un impulso, aceptó.
No pasó ni un segundo cuando un mensaje iluminó la pantalla:
[Nos separamos hace unas horas y ya te extraño tanto.]
Era él, sin duda. Anaís sintió un calor subirle al rostro. No estaba acostumbrada a esa cercanía tan directa, así que dejó el mensaje flotando en el aire, sin respuesta. Justo cuando apoyaba la cabeza en la almohada, otro destello la sobresaltó:
[¿Te estoy molestando?]
Un pinchazo de culpa la hizo incorporarse de golpe, desterrando el sueño. Sus dedos temblaron mientras tecleaba:
[No, estaba en la ducha, no lo vi hasta ahora.]
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Capitulo 210
La réplica llegó como un relámpago:
[¿Cuándo vendrás a verme? Dijiste que podía buscarte, ¿o me engañaste?]
Anaís se masajeó las sienes, atrapada en un torbellino de dudas. En la penumbra de aquel encuentro, su mente se había dejado llevar por él, rendida ante una intensidad que nunca había sentido. Le había prometido casi todo sin pensarlo. Pero ahora, con la claridad de la noche, las cosas eran distintas. Respiró hondo, tomó el celular y marcó su número, decidida a tomar las
riendas.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó, con la voz temblando apenas.
-Pensando en ti -respondió él, sin titubear.
Un rubor traicionero le encendió las mejillas. Se rascó la piel con las yemas de los dedos, maldiciéndose en silencio por haber hecho una pregunta tan obvia. Tras un minuto de silencio que pesó como una eternidad, intentó aligerar el tono:
-Mira, tuve un accidente de auto hace tiempo y olvidé mucho de mi pasado. No sé tu nombre, ni cómo eres. Hoy estaba tan oscuro que ni siquiera te vi bien. Dime, ¿cómo te llamas? ¿Cómo luces? Mándame una foto para que no te confunda cuando te vea.
-Llámame Z–dijo él, con una risa suave. Si olvidaste mi cara, está bien así. No soy guapo,
de todos modos.
Anaís frunció el ceño. Eso no podía ser cierto. Recordaba haber rozado su rostro: pómulos firmes, rasgos esculpidos. Seguro era atractivo.
-No te creo. Tu voz suena rara, ¿la estás cambiando? -insistió.
Él bajó el tono, confirmando sus sospechas:
-Cuando esté listo, te dejaré ver mi cara.
Imágenes fugaces cruzaron su mente: tal vez una marca de nacimiento, una sombra violácea cubriendo media cara, algo que él escondía con celo. No lo había sentido al tocarlo, pero quizá era por eso que prefería la oscuridad. Una chispa de ternura la atravesó, y apretó el celular con más fuerza.
-No importa -dijo, con suavidad-. No me interesa cómo te veas, no te sientas presionado. Llámame cuando quieras verme.
Al fin y al cabo, ya tenían cómo encontrarse. La voz de él se tiñó de una sonrisa:
-Está bien.
Tras colgar, Anaís se quedó contemplando el techo, donde las sombras danzaban como recuerdos esquivos. No estaba segura de haber elegido bien, pero en aquella oscuridad había percibido el peso que él cargaba, frágil como una mariposa atrapada en hilos invisibles. Merecía brillar bajo el sol, libre.
Cerró los ojos, forzándose a descansar. El sueño llegó, y con él, una visión: una mariposa de
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alas radiantes, pero de tonos gélidos, evitada por todos. Una mano valiente la rozó con
delicadeza, y de pronto el aire se llenó de un calor intenso, un choque entre el frío glacial y una luz abrasadora.