Despertar del Olvido 212

Despertar del Olvido 212

Capítulo 212 

Un sutil estremecimiento recorrió a Anaís al cruzar el umbral del despacho, como si el aire mismo conspirara para revelar secretos. No era solo una impresión: los ojos de Bárbara, clavados en Efraín, destilaban una intensidad que iba más allá de los negocios, un anhelo disfrazado de cortesía que flotaba entre las paredes de cristal y mármol

Bárbara, al notar la llegada de Anaís, frunció el ceño con disimulo. Una sombra de envidia cruzó su rostro, afilada como el filo de una navaja. Trabajar en el Grupo Lobos le otorgaba a Anais la cercanía diaria con Efrain, mientras ella, atrapada en su mundo de pretextos y reuniones pactadas, apenas lograba arañar minutos en su presencia. Ese desequilibrio la carcomía, un veneno lento que se retorcía en su interior

En el fondo, todo sería más fácil si Raúl no despertara, pensó Bárbara, y la idea brilló en su mente como un relámpago oscuro. Aún postrado en el hospital, él era el último cabo suelto que podía devolver a Anaís al seno de los Villagra. Imaginarlo inmóvil para siempre la llenó de una euforia culpable, un temblor que recorrió sus manos mientras las ocultaba bajo la mesa

Anaís captó un destello fugaz en los ojos de su hermana, una chispa de malicia que la puso en alerta, como un animal que intuye el acecho. Sin embargo, Bárbara desplegó una sonrisa melosa, tan falsa que casi crujía al formarse

-Hermana, qué envidia me das -dijo, modulando la voz con dulzura-. El ambiente aquí en el Grupo Lobos es realmente admirable. Te felicito por haber llegado tan lejos

Anaís, ignorando el comentario, se acercó a Efraín con pasos tranquilos. Tomó la taza de café de la mesa con un gesto despreocupado y lanzó una pulla helada

-Bárbara, tu perfume es demasiado intenso. Al presidente Lobos no le agradan los aromas tan cargados en las mujeres

Efraín, como si el universo conspirara a favor de Anaís, soltó un par de toses teatrales, llevándose una mano al pecho. El rostro de Bárbara se crispó, su plan de seducción desmoronándose como un castillo de naipes bajo una ráfaga de viento

Anaís se inclinó ligeramente hacia Efraín, su tono firme pero sereno

-Presidente Lobos, permítame cambiarle el café. Este ya está frío

Al moverse, la tela de su blusa de cuello alto se deslizó apenas, dejando entrever unas marcas rojizas en su piel. Los ojos de Bárbara se iluminaron con un brillo acusador

-Hermana, ¿esas marquitas en el cuello? -preguntó con fingida inocencia-. ¿Tienes novio? ¿Cuándo nos lo vas a presentar a la familia Villagra? Papá estaría tan feliz, y mamá siempre anda preocupada porque no encuentres a alguien digno

Anaís, incómoda, rozó su cuello con los dedos en un gesto instintivo. El desprecio en la mirada de Bárbara se hizo evidente, un torrente de juicios silenciosos que danzaban en su mente: ¿No es tu novio? ¿Entonces qué, un amante pasajero? Oh, Anaís, y yo que te creía un dechado de virtudesAl final, eres tan vulgar como cualquiera. Efraín jamás pondría los ojos en alguien 

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Capitulo 212 

así

Recobrando su aplomo, Bárbara sonrió con renovada seguridad

-Antes siempre estabas pegada a Roberto, y nadie se atrevía a acercarse -dijo, destilando veneno dulzón. Pero ahora, hermana, por fin puedes disfrutar de un amor sin cadenas

Anaís respondió con una sonrisa afilada, sus palabras cortando el aire como un bisturí

-Sí, no como y Roberto, que tenían que andar a escondidas, como si estuvieran robando en el gallinero. Qué bueno que ahora ya no necesitan fingir

-¡Anaís! -Bárbara estalló, el rostro encendido de furia, sus manos apretadas contra la mesa. Que la humillaran así, y peor aún, frente a Efraín, era un golpe que no podía soportar

Anaís, sin inmutarse, salió con la taza en la mano. En otros tiempos, había preparado el café de Efraín con devoción, seleccionando granos exquisitos y moliéndolos con cuidado. Pero hoy, con Bárbara acechando como un halcón, optó por lo práctico: un sobre de café instantáneo, el favorito de los empleados, mezclado en un instante con agua tibia. Regresó al despacho con la misma calma gélida

Efraín, sorprendido por su rapidez, tomó un sorbo y sus cejas se fruncieron al instante, traicionado por el sabor insípido. Anaís, mientras tanto, comenzó a limpiar el escritorio con una servilleta, sus movimientos precisos, sin intención de marcharse

Bárbara, tensa como un arco a punto de disparar, apenas contenía su irritación

-Hermana, el presidente Lobos y yo tenemos asuntos importantes que discutir -dijo, la voz temblando de impaciencia-. ¿Nos podrías dejar a solas

Efraín le había concedido solo diez minutos para revisar el contrato, y el reloj ya marcaba el límite. Anaís, sin alterar su calma, le dedicó una sonrisa cortés mientras seguía puliendo la superficie brillante

-Lo siento, Bárbara, pero le prometí al presidente Lobos no separarme de su lado. Además, no hay nada que yo no pueda escuchar. Ahora soy su mano derecha

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