Capítulo 213
Efraín alzó los ojos al escuchar aquellas palabras, deteniendo su mirada en el perfil sereno de Anaís. Ella las había pronunciado con la ligereza de quien lanza una chispa solo para avivar el fuego de la rivalidad, sin sospechar el torbellino de emociones que desataría en los corazones ajenos. Mientras sus manos seguían puliendo el escritorio con dedicación, una mano elegante irrumpió en su campo de visión, apartando con suavidad el mechón rebelde que danzaba sobre su oído para colocarlo detrás con un gesto casi íntimo.
Sobresaltada, Anaís giró el rostro hacia él, sus ojos encontrándose con los de Efraín. Una sonrisa inesperada iluminó el semblante de este, cálida como un rayo de sol que atraviesa la penumbra.
-¿Almorzamos juntos? -preguntó él, su voz teñida de una calma que desarmaba.
Anaís se congeló por un instante, atrapada en la sorpresa, olvidando cómo responder. Entonces, como si un recuerdo la rescatara, asintió con un leve retraso.
-Claro, sí, por supuesto -dijo, su tono aún titubeante.
No había terminado de hablar cuando un sonido seco quebró el aire. Frente a ellos, Bárbara dejó caer los documentos que sostenía, sus manos temblorosas traicionando la incredulidad que la consumía. El papel se esparció por el suelo como hojas arrastradas por un vendaval, y ella, con el rostro pálido como la cera, se agachó apresurada a recogerlos.
-Efraín, acabo de recordar un asunto urgente. Me voy murmuró, su voz quebrándose mientras se incorporaba.
E
Al salir de la oficina, sus pasos eran torpes, como si el suelo se inclinara bajo sus pies. Un frío helado le recorría la espalda, y en su mente destelló un recuerdo olvidado: aquel día en la graduación de Anaís, cuando Efraín apareció entre la multitud. Todos lo atribuyeron a una casualidad, pero esa misma tarde, el accidente ocurrió. Él y Anaís, juntos en el auto, y su pierna herida como testigo silencioso. Después, él se marchó al extranjero sin una palabra, sin culparla. Y ella, mientras tanto, había corrido tras Roberto con una determinación feroz.
Las uñas de Bárbara se hundían en sus palmas, el sabor metálico de la sangre invadiendo su boca. Siempre pensó que Efraín había guardado silencio por Roberto, pero ahora lo veía claro: él nunca mostró más que indiferencia hacia su familia. Solo con Anaís sus ojos se suavizaban, solo a ella le regalaba esa sonrisa que ahora ardía en la memoria de Bárbara como una
afrenta.
Cuanto más evocaba, más punzante se volvía el dolor. Recordó la primera fiesta de los Lobos a la que asistió, donde Efraín brillaba como un faro en medio de la adulación. Ella creyó entonces que sus palabras eran para ella, pero olvidó que Anaís estaba allí, a su lado, distraída y distante. Las miradas de él siempre buscaban a Anaís, incluso cuando ella no lo notaba.
“¿Por qué todo lo bueno de este mundo tiene que ser para ella?” pensó Bárbara, mientras una espina invisible le perforaba la mente, incendiando sus sienes con furia.
15:52
-¡Maldita sea! -susurró entre dientes, su aliento temblando de rabia.
Decidida, se encaminó al hospital, su plan cobrando forma: aprovechar la soledad de Raúl para actuar y manchar el nombre de Anaís para siempre. Pero al empujar la puerta de la habitación, lo encontró de pie junto a la ventana, su figura demacrada recortada contra la luz grisácea. Raúl aún no sabía que Anaís vivía.
Él la miró sin sorpresa, apenas curvando los labios en una sonrisa torcida.
-Bárbara, ¿qué haces aquí? ¿Ya terminaste el epitafio de Anaís? -dijo, su tono cargado de
sarcasmo.
Ella temblaba, conteniendo la ira que le quemaba el pecho. ¿Cómo era posible que, incluso ahora, todos giraran en torno a Anaís? En ese instante, el celular de Raúl vibró, y el nombre en la pantalla lo hizo dudar.
-¿Anaís? -respondió, incrédulo.
No alcanzó a escuchar lo que ella le decía, pero su rostro se transformó. Sin despedirse, salió corriendo, su voz resonando en el pasillo.
-¿De verdad estás bien? ¿Sabes cuánto me he angustiado por ti? ¡He perdido diez kilos, Anaís! Tienes que cocinarme algo delicioso para compensarme. Y papá… papá ha estado postrado todo este tiempo. Deberías verlo, jeres increíblemente cruel al no aparecer antes!
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