Capítulo 214
Anaís sostenía el teléfono con dedos temblorosos, escuchando las palabras afiladas que brotaban del otro lado de la línea como un río desbordado. Se disculpaba una y otra vez, pero en su mente resonaba una sola revelación: Héctor, postrado en cama, consumido por una enfermedad que ella no había previsto. El asombro la envolvió como una sombra inesperada, eclipsando por un instante la culpa que la carcomía.
No era difícil imaginar por qué Bárbara había aparecido ese día, con su gesto calculado y su sonrisa de hielo. Entre las manos de Anaís descansaba el contrato de colaboración, un delicado equilibrio de tinta y papel que encerraba años de esfuerzo. Si sus sospechas eran ciertas, ese era el proyecto que Héctor había moldeado con sudor y paciencia durante dos años enteros, solo para que el Grupo Lobos lo devorara entero, gracias a la traición de Bárbara. Un golpe certero que arrancaba de raíz la esperanza de los Villagra de alzarse entre las élites empresariales. ¿Lo sabría Héctor? La duda la atravesó como una aguja.
Incapaz de permanecer inmóvil, Anaís sintió un impulso irrefrenable. Con el corazón latiéndole en las sienes, pidió permiso a Efraín y, sin detenerse a pensar dos veces, tomó las llaves de su coche. El camino hacia la residencia de los Villagra se desplegó ante ella como un lienzo gris, cargado de presagios.
Al llegar, el aire en la casa familiar parecía detenido, pesado como una cortina de terciopelo negro. Los rostros que la recibieron eran máscaras de incredulidad, como si un espectro hubiera cruzado el umbral. Sin perder tiempo en formalidades, Anaís preguntó con voz firme dónde estaba la habitación de Héctor y subió las escaleras, cada peldaño resonando con el
eco de su urgencia.
El cuarto olía a medicinas y a tiempo estancado. Abrió la puerta con suavidad, y el sonido áspero de la tos de Héctor la recibió como un lamento. En tan pocos días, su figura se había reducido a una sombra frágil, consumida por una enfermedad que avanzaba sin piedad. Al verla, los ojos de Héctor se abrieron en una mezcla de asombro y resignación, antes de curvarse en una sonrisa amarga que parecía preguntar: “¿Tú también vienes a despedirte?”
Anaís se acercó y tomó asiento al borde de la cama, el contrato entre sus manos como un
testimonio mudo.
-Señor Villagra, recuerdo que el Grupo Villagra llevaba dos años preparando un proyecto clave. ¿Es este? -dijo, desplegando el documento con cuidado-. Hoy Bárbara estuvo en el Grupo Lobos. Me enteré de que ayer les entregó esto. El contrato ya está firmado. No sé si usted lo autorizó.
Mientras hablaba, notó que Héctor no despegaba la mirada de su rostro, como si buscara en ella algo más que respuestas.
-¿Señor Villagra? -insistió, con un hilo de voz.
Él reaccionó de pronto, tambaleándose al borde de la cama. Anaís se inclinó para sostenerlo, pero antes de que pudiera alcanzarlo, la mano de Héctor cortó el aire y una bofetada resonó contra su mejilla. Su cabeza se ladeó, aturdida por el impacto inesperado.
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Capitulo 214
El cuerpo de Héctor temblaba, una furia contenida que parecía a punto de quebrarlo.
-Antes, cuando hacías tus locuras y te hacías la muerta, no te decía nada porque sabía que volverías pronto -dijo, su voz quebrada por la ira y el cansancio-. Pero esta vez, con tu hermano en coma tanto tiempo, tú te quedaste lejos, fingiendo estar muerta. Anaís, ¿de verdad no sientes nada por esta familia? Cuando murió tu abuelo, le prometí criarte bien, pero cada día te portas más como una niña caprichosa.
Anaís se llevó la mano al rostro, la piel aún ardiente. Siempre había creído que a nadie en la familia Villagra le importaba su ausencia, por eso no se molestó en avisar. Pero ahora veía el error en sus pasos, un eco de dolor que había sembrado sin querer.
Héctor, encorvado sobre la cama, apretaba los puños con dedos temblorosos. Ella guardó silencio, dejando que el peso de sus palabras se asentara, antes de murmurar:
-Lo siento.
Él tosió con violencia, el sonido desgarrando el aire, y luego esbozó una sonrisa cargada de
amargura.
-No sé qué hacer contigo. Pareces dulce y razonable, pero te empeñas en ese asunto con Roberto. Cuando murió tu abuelo, pasaste una semana arrodillada frente a mi estudio. Pensé que había esperanza para ti, pero sigues detrás de él. Anaís, ni siquiera me llamas papá ya. No sé dónde fallé.
Ante ella, Héctor era un hombre roto, atrapado entre el amor y el reproche. Anaís le ofreció un vaso de agua con manos temblorosas y se arrodilló junto a la cama, sintiendo cómo su corazón se partía al verlo así, tan vulnerable y perdido.
Pero Héctor rechazó el agua. Una tos ronca lo sacudió, y en su palma brilló una mancha escarlata. Los ojos de Anaís se abrieron de par en par; tomó un pañuelo y limpió la sangre con delicadeza, mientras él agitaba la mano, sus ojos apagados y distantes.
Puso el vaso sobre la mesa, buscando palabras que no llegaban.
-¡Cof, cof, cof! -Héctor tosió sin parar, el rostro encendido por el esfuerzo. Tras un minuto, logró articular-: Ese proyecto… dos años de trabajo con todos los directivos. La familia Villagra se estaba hundiendo, y era nuestra salvación. ¿Dices que Bárbara se lo dio al Grupo Lobos?
Anaís colocó el contrato frente a él.
-Aquí está todo, claro como el día.
Héctor, con su instinto de hombre de negocios, entendió al instante. Era como si le hubieran arrancado un tesoro de las manos para dárselo a otro, y el peso de esa traición lo aplastó en silencio.
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