Capítulo 215
Los dedos de Héctor se aferraban al contrato con una crispación que delataba su furia contenida, arrugando el papel como si quisiera borrarlo de la existencia. Tras un silencio que pesó como plomo, alzó la voz con un hilo de cansancio y llamó a la mucama para que contactara a Bárbara de inmediato.
No era difícil imaginar por qué le habían quitado su computadora de trabajo y su celular; ahora todo encajaba: Bárbara había estado tejiendo su traición en las sombras. ¿Sería por Roberto, ese espectro que aún rondaba sus vidas?
Con un gesto agotado, levantó la mano y se frotó el entrecejo, donde las arrugas parecían más profundas que nunca. Sus dos hijas, atrapadas en pasiones ciegas, y su hijo, un caso sin remedio; la familia Villagra se desmoronaba.
En otro rincón de la ciudad, Bárbara sintió un nudo helado en el estómago al recibir la llamada de Héctor. El secreto del proyecto que había desviado a hurtadillas al Grupo Lobos debía haber salido a la luz. ¡Maldita sea, Anaís!
Mientras conducía de regreso a la casa de los Villagra, su mente era un torbellino en busca de una salida. Detuvo el coche en un callejón sombrío, y tras unos segundos de vacilación que le quemaron los nervios, tecleó un mensaje con dedos temblorosos.
En el Hospital Miramar, el hombre que recibió el texto dejó que una chispa de euforia le iluminara el rostro, como si el destino le hubiera guiñado un ojo.
-Bárbara quiere que la secuestre y luego le dé una puñalada -dijo, soltando una risita seca ante lo grotesco de la petición.
El viejo director del hospital, que lo escuchó por casualidad, frunció el ceño, convencido de haber oído mal. ¿Quién pediría algo tan retorcido?
Un brillo de burla y locura danzó en los ojos del hombre.
-¿Y qué sé yo? Esa mujer es un teatro ambulante. Vamos, viejo, llama a Anaís y pregúntale cómo quiere que lo haga. Yo solo quiero mis ciento cincuenta mil pesos y largarme de esta maldita ciudad para siempre.
El director, aún desconcertado, marcó el número de Anaís. Al otro lado de la línea, ella captó al instante el juego enfermizo de Bárbara: un chantaje emocional digno de una novela barata.
Una sonrisa astuta se dibujó en sus labios.
-Sigámosle el juego -respondió con una calma que escondía un filo cortante.
Esta vez, Héctor tendría que ver la verdad con sus propios ojos.
Una hora después, la noticia irrumpió en la casa de los Villagra como un trueno: Bárbara había sido secuestrada en el camino, y el culpable era ese tahúr de poca monta que siempre les
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Capitulo 215
había exprimido dinero.
Victoria, al borde del colapso, se deshacía en lamentos. Al ver a Anaís aparecer como un espectro resucitado, su desesperación se transformó en furia y señaló con un dedo tembloroso.
-¡Anaís, cada vez que te apareces, arrastras una desgracia tras otra! ¿Qué más quieres de nosotros? Raúl sigue en el hospital, y ahora Barbi… ¡Esto se acaba aquí, te voy a enfrentar!
Cegada por la rabia, Victoria se lanzó hacia ella, pero Anaís, con una mezcla de frialdad y firmeza, la empujó sin titubear.
Victoria trastabilló, casi cayendo al suelo, y tras un instante de desconcierto, se cubrió el rostro con las manos, dejando escapar sollozos desgarrados.
-¿Cómo terminé criando a una hija como tú? Eres una maldición.
Anaís ignoró el drama y, con voz serena, preguntó:
-¿Dónde está Bárbara ahora?
Victoria secó sus lágrimas con un movimiento brusco.
-¿Dónde más? Ese hombre no la soltará tan fácil. Supongo que ahora estás feliz.
Sin responder, Anaís giró sobre sus talones y subió las escaleras, deteniendo a la mucama con una mirada inquisitiva.
-¿Dónde guardan el proyector más grande de la casa?
Aunque nadie en esa familia la toleraba, entre murmullos resignados sacaron el equipo. Anaís, con decisión, empujó a Héctor fuera de su habitación y le indicó que esperara en el pasillo del segundo piso.
Entre el primer y segundo piso se alzaba una pared blanca, vasta y desnuda, como un lienzo esperando ser pintado. Héctor, agotado y confundido, no tuvo fuerzas para cuestionarla.
Victoria, por su parte, refunfuñó entre dientes antes de dejarse caer en el sofá con un suspiro
teatral.
Anaís encendió el proyector, y las primeras imágenes cobraron vida sobre la pared.
Mientras tanto, en un lugar sombrío, el hombre ya había atado a Bárbara con manos expertas. Ella, apremiada por el tiempo, le lanzó una oferta envuelta en urgencia.
-Si haces que esto salga perfecto, te doy treinta mil pesos y te esfumas para siempre.
Al decirlo, un destello peligroso cruzó sus ojos; los secretos solo los guardan los muertos. Ya planeaba en silencio cómo deshacerse de él una vez que todo terminara.
Pero el hombre, curtido en las trampas del juego, olió la traición a leguas y sonrió con
sarcasmo.
-Claro, claro, gracias, señorita Villagra. Entonces, ¿cómo quiere que lo hagamos esta vez?
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Bärbara inhaló hondo, armándose de valor.
-Cuando llegue la familia, quiero que me claves el cuchillo en el hombro. Tranquilo, no te culparé después.
Ella no sospechaba que cada palabra, cada gesto, estaba siendo transmitido en vivo en la pantalla más grande de la casa de los Villagra, desnudando su farsa ante todos.