Capítulo 216
La voz de Bárbara resonó desde el interior como un eco traicionero, dejando a todos petrificados. Victoria, que hasta ese instante yacía desplomada en el sofá, alzó la cabeza con un sobresalto, sus ojos incrédulos clavados en las figuras que danzaban en la proyección.
La mano de Héctor se cerró en un puño crispado, los nudillos pálidos por la fuerza, mientras la conversación seguía deslizándose desde el otro lado como un veneno lento.
-¿Entonces, señorita Villagra, quiere que llame a su familia y los amenace para que vengan a rescatarla? -sugirió el hombre, su tono teñido de una mezcla de burla y complicidad.
Bárbara asintió, su rostro iluminado por una confianza gélida. Aquel tipo ya conocía los puntos débiles de los Villagra; bastaría con escuchar su voz para que el pánico los devorara como
hienas hambrientas.
Una sonrisa se extendió por sus labios, afilada y triunfal, mientras la cámara capturaba cada matiz de su satisfacción, un retrato vivo de su soberbia.
El teléfono de Victoria vibró con urgencia sobre la mesa. Ella lo miró, atónita, como si el aparato fuera un insecto venenoso, y tardó largos segundos en reaccionar.
-¿Y si no contestan? -preguntó el hombre a Bárbara, con un dejo de impaciencia.
Ella ni siquiera intentó ocultar su desprecio; pronto, aquel miserable sería un recuerdo borroso.
-Vuelve a llamar, insiste. Todos en mi familia me adoran, no me abandonarían jamás. Cuando lleguen con el dinero, te quedas con una parte como premio.
-Jeje, señorita Villagra, siempre con el mismo juego -se mofó él-. Los Villagra son tan crédulos… caen una y otra vez. Todo ese dinero termina en sus manos, ¿cómo es que nadie ha revisado sus cuentas todavía?
Los ojos de Bárbara centellearon con furia, un relámpago de ira contenida.
-¡Cállate de una vez! No es momento para tus comentarios idiotas. Haz lo que te digo y tendrás tu tajada.
El teléfono de Victoria zumbó de nuevo, y la sensación de estar atrapada en una pesadilla proyectada la envolvió como una niebla densa. Esta vez, temblando, presionó el botón para contestar. La voz del hombre irrumpió, cargada de amenaza.
-Señora Larrain, qué gusto volver a saludarla. El último rescate de tres millones se me fue volando. Ahora tengo a su princesita conmigo. Si no me trae cinco millones para soltarla, no respondo de lo que pueda pasarle. Es un encanto, ¿sabe?
Antes, Victoria habría corrido a reunir el dinero entre lágrimas y súplicas. Pero esta vez, su silencio fue una tumba. Sus ojos seguían fijos en la pared, donde cada palabra del teléfono se alineaba con la imagen proyectada: una verdad cruda, imposible de negar.
Su rostro se tornó cenizo, y un suspiro roto escapó de su pecho.
15:52
El hombre, fingiendo no saber que su farsa estaba al descubierto, insistió.
-¿Qué pasa, señora Larrain? ¿No va a decir nada? ¿Quiere que su hija sufra? Le advierto, si no hay dinero, no me culpe por lo que pase.
Acercó el teléfono a Bárbara, indicándole con un gesto que hablara.
Ella transformó su voz al instante, destilando una súplica desgarradora.
-Mamá, te lo advertí, este hombre no tiene límites. No debiéramos haber cedido antes. Llama
a la policía, por favor. No quiero que sigan extorsionándonos. ¿Qué, ya no nos queda dinero?
Cada palabra suya resonaba en la proyección, un eco cruel que se burlaba de su teatro. Victoria, muda, no hallaba excusas para justificarla.
Los murmullos de los sirvientes llenaron el aire, un coro de asombro y reproche.
Bárbara, al otro lado, percibió el rumor a través del teléfono, pero lo ignoró y siguió con su llanto fingido.
De pronto, un grito rasgó el silencio.
-¡Maldita sea, carajo!
Era Héctor.
Los ojos de Bárbara se iluminaron, creyendo que su padre maldecía al secuestrador. Sollozó con renovado dramatismo.
-Papá, no te preocupes por mí, estoy bien…
Héctor se puso en pie, temblando de rabia, su cuerpo tambaleándose hasta desplomarse, vencido por la furia y la traición.
19
Cualquier alma que viera a una hija tan “dócil” mostrar semejante máscara sentiría el corazón hecho añicos.
La familia Villagra corrió a llevar a Héctor al hospital. Mientras tanto, Bárbara, ajena a todo, seguía imaginando que pronto llegarían a rescatarla, aplaudiendo en silencio su propia actuación magistral.
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