Capítulo 217
La noticia de la farsa de Bárbara se esparció como un incendio voraz entre los susurros de la alta sociedad, aunque ella, atrapada en su propio engaño, aún no lo sabía. El aire se cargaba de una tensión invisible, como si el destino mismo contuviera el aliento.
El teléfono del hombre vibró con la llegada de una transferencia: un millón quinientos mil pesos enviados por Anaís. Una chispa de alivio iluminó su rostro curtido. Por fin, las cadenas que lo ataban se deshacían.
Volteó hacia Bárbara, cuyos ojos destellaban confusión bajo la tenue luz, y una sonrisa torcida, afilada como una navaja, cruzó sus labios.
-Bárbara, Bárbara… tramaste todo con tanta astucia, pero nunca imaginaste que alguien podría superarte en tu propio juego.
Ella, al notar la ausencia prolongada de los Villagra, sintió un nudo en el pecho. Su piel, antes pálida por el nerviosismo, ahora parecía ceniza.
-¿De qué estás hablando? -preguntó, su voz temblando como un cristal a punto de quebrarse. El hombre, que por años había soportado sus desprecios como un perro apaleado, hervía de rencor. Ahora, con el dinero en sus manos y la libertad al alcance, decidió que San Fernando del Sol ya no lo contendría. Pero antes, ¿acaso no merecía saborear un poco de venganza?
Con una furia que brotaba de sus entrañas, desgarró la ropa de Bárbara, rasgándola como si quisiera borrar su arrogancia con cada jirón.
Ella retrocedió, el pánico encendiendo sus ojos.
-¿Qué haces, imbécil? ¿Sabes quién soy yo? ¡Para ahora mismo o te juro que lo vas a lamentar!
-¡Maldita seas! -rugió él-. Cuando me arrancaste la oreja, juré que un día te haría pagar.
Bárbara intentó gritar, pero las bofetadas cayeron como una tormenta, hinchando su rostro hasta dejarlo irreconocible. Aturdida, apenas podía procesar cómo su mundo se derrumbaba. Entre súplicas ahogadas, él la ignoró, descargando insultos que cortaban más hondo que los golpes.
“Pensé que los Villagra me salvarían“, se decía Bárbara, con los ojos encendidos de rabia. “Cuando lleguen, este perro pagará con su vida.”
Pero pasaron dos horas de tormento, y la salvación no llegó. El hombre, saciado su rencor, la ató con rudeza y la arrojó al callejón como un despojo.
-¡Ahí la tienen, que la disfruten! -gritó con una risa ronca, subiéndose los pantalones antes de huir hacia el aeropuerto, el primer boleto ya reservado.
Dicen que es mejor ofender a un noble que a un villano, pues los nobles olvidan, pero
los
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villanos guardan cada afrenta como un tesoro oscuro.
Bárbara, despojada de todo, temblaba de terror. Esto no debía ser así, en su mente, era Anais quien debía yacer rota en ese callejón.
Unos mendigos, sombras hambrientas en la penumbra, la observaron y comenzaron a
acercarse, sus miradas cargadas de intenciones turbias.
-¡Aléjense de mí! -gritó ella-. ¡No se atrevan a tocarme! ¡No valen ni el polvo que piso! ¡Cuando vuelva, los destruiré a todos!
Aún en su miseria, su orgullo se alzaba como una torre inquebrantable. Las lágrimas corrían por su rostro hinchado cuando, a lo lejos, una figura alta se detuvo. Llevaba una máscara plateada que relucía bajo la luna, y su porte exudaba una autoridad silenciosa.
-Por favor, ayúdame -suplicó Bárbara, extendiendo una mano temblorosa-. Te lo ruego.
Los mendigos vacilaron, intimidados por aquel hombre, pero él solo extrajo un cigarro, lo encendió con calma y bajó la mirada, como si el callejón fuera un lienzo vacío.
Al ver que no actuaría, los mendigos retomaron su avance, y la sordidez del lugar envolvió a Bárbara como una niebla asfixiante. Sus ojos, fijos en el hombre impasible, ardían de furia y dolor; su pecho se convulsionó hasta que un hilo de sangre escapó de sus labios.
“¿Aluciné o realmente murmuró algo?“, pensó, atrapada en un torbellino de confusión. “Creo que dijo: ‘¿Qué derecho tienes a desearme?“”.
El odio la consumía como un fuego lento, desgarrando su alma. Todo esto era culpa de Anais. Mientras le quedara un aliento, juró que esa mujer pagaría con creces.