Despertar del Olvido 218

Despertar del Olvido 218

 

Capítulo 218 

En la penumbra de la clínica, Héctor había sido trasladado desde la sala de urgencias a una habitación silenciosa; el diagnóstico revelaba que solo había sido un ataque de ansiedad. Anaís, de pie junto a la cama, observó cómo las sienes de su padre, ahora completamente plateadas, reflejaban la tormenta que aquella noche había desatado en su alma agotada. Un halo de quietud envolvía la escena, mientras ella, inmóvil, dejaba que el arrepentimiento trepara lento por su pecho como una hiedra invisible

Héctor, con la mirada perdida en el techo blanco e impoluto, parecía buscar respuestas en su esterilidad. Tras un silencio que pesaba como el plomo, su voz, frágil y apagada, rompió el 

aire

-¿Barbi ya volvió? -preguntó, cargando cada palabra con un cansancio que trascendía lo 

físico

Habían pasado horas, toda una noche en vela, y nadie había movido un dedo por encontrar a Bárbara. Victoria, cuya devoción por su esposo seguía siendo un faro en medio de la tormenta, lloraba en un rincón con los ojos tan hinchados que apenas podían abrirse

-Te desmayaste de golpe, amor, y no supe qué hacerrespondió, secándose las lágrimas con dedos temblorosos-. Además, lo del secuestro fue puro teatro; seguro vuelve cuando quiera. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Estás mejor

Héctor, consumido por la debilidad, parecía un hombre al borde del abismo, como si el próximo suspiro pudiera ser el último. Cerró los ojos, respiró hondo varias veces, dejando que el aire llenara sus pulmones agotados, y luego los abrió de nuevo, posándolos en Anaís con una intensidad que ella no supo descifrar

Un escalofrío recorrió su espalda. Anaís dio un paso hacia la cama, abrió la boca, pero solo una palabra logró escapar, temblorosa y cargada de todo lo que no alcanzaba a decir

-Papá

Héctor alzó una mano temblorosa, buscando acariciar la cabeza de su hija, pero la fuerza lo abandonó a medio camino y el brazo cayó, lento, como una hoja vencida por el otoño. Esa imagen, tan frágil y desgarradora, hizo que los ojos de Anaís se nublaran de lágrimas y un dolor punzante le atravesara el pecho

-Tranquilo, papá -dijo al fin, con la voz quebrada pero firme-. No te angusties por la empresa. Voy a recuperar ese proyecto. El Grupo Villagra va a salir de esta

Durante la larga noche en que Héctor yacía inconsciente, Anaís había ordenado sus pensamientos, tejiendo las piezas del rompecabezas hasta comprender la magnitud de aquel proyecto. No era solo una tabla de salvación para la familia; era su lucha por no hundirse en el abismo. La empresa, en bancarrota silenciosa, había sido sostenida por Héctor en soledad, sin confesarlo a nadie. Mientras tanto, Victoria, Bárbara y la propia Anaís habían despilfarrado sin mesura, cargando sobre sus hombros un peso que finalmente lo había quebrado

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16:00 

Capítulo 218 

Héctor guardó silencio; su garganta ardía y las palabras se le escapaban. De pronto, la puerta se abrió con un golpe seco y Raúl irrumpió en la habitación

Los rumores de la noche anterior, susurrados por los sirvientes de los Villagra, lo habían alcanzado, y ver a su padre en ese estado le desgarró el alma. Héctor, de un día para otro, parecía haber envejecido dos décadas. Raúl quiso llamarlo papa, pero al abrir la boca, las lágrimas lo traicionaron. Avergonzado, se acercó a Anaís, secándose los ojos con la manga en 

un gesto torpe

Héctor, al ver a su hijo tan vulnerable, sintió una opresión en el pecho. Sin embargo, en su interior pensó que, aunque Raúl fuera algo ingenuo, su corazón estaba en el lugar correcto; no había malicia en él, y eso bastaba. Cerró los ojos con lentitud, cuando una mano cálida envolvió la suya

-Papá, no te miento -resonó la voz de Anaís a su lado-. Voy a recuperar ese proyecto

Héctor no albergaba grandes esperanzas; el Grupo Lobos era un titán, y una vez que cerraran sus fauces, no habría escapatoria. Anaís, con un tono más serio, añadió

-Cuídate mucho y descansa. Si Bárbara aparece, no la dejes ni acercársete a tus medicinas; esa mujer es capaz de lo que sea

Victoria, por instinto, quiso defender a su hija, pero el recuerdo de lo sucedido la noche anterior la dejó muda. Por primera vez, dudó de quién era realmente Bárbara. Anaís, ya dispuesta a marcharse, se detuvo en seco al cruzarse en la puerta con Bárbara, escoltada por dos policías. Bárbara estaba irreconocible: la ropa hecha jirones colgaba de su cuerpo, los ojos hinchados destilaban furia y el cabello, un nido revuelto, enmarcaba un rostro desencajado. Al ver a Anaís, levantó un dedo tembloroso y la señaló

-Oficial, es ella -dijo con voz ronca-. Todo esto lo planeó ella

El odio en sus ojos era un incendio que buscaba consumir a Anaís y arrastrarla al mismo infierno que ella habitaba. Anaís, al contemplarla, supo al instante que había sido presa de la venganza de aquel hombre y que su mente se había quebrado en mil pedazos

Bárbara, como poseída por una furia salvaje, se abalanzó hacia ella gritando

-¡Todo es por tu culpa! ¡Si no fuera por ti, mi vida no estaría en ruinas! ¡Muérete de una vez

Los policías la detuvieron a tiempo, inmovilizándola con fuerza, pero, para sorpresa de Anaís, uno de ellos se acercó y le colocó las esposas en las muñecas. Ella, incrédula, dejó escapar 

una risa seca

-Disculpen, ¿y esto por qué? ¿De qué se me acusa exactamente

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