Capítulo 220
Anaís se hallaba en una encrucijada que le robaba el sosiego. Su mente, un torbellino de pensamientos, giraba en torno a cómo recuperar el proyecto de la familia Villagra. Aquella empresa representaba una danza de millones, una inversión colosal que, para el titánico Grupo Lobos, apenas se consideraba un juego de mediana envergadura entre los vastos dominios del conglomerado.
El contrato, firmado con tinta imborrable, ataba a la familia Villagra sin escapatoria. El Grupo Lobos, con olfato de cazador, no soltaría tan fácilmente una presa tan suculenta. Anaís sabía que, aunque su relación con Efraín había florecido en armonía reciente, no poseía el influjo necesario para persuadirlo de deshacer aquel pacto por mera deferencia hacia ella.
Con el rostro surcado por las sombras del insomnio, Aṇaís, que había sacrificado la noche al trabajo, encaminó sus pasos hacia la sede del Grupo Lobos. Al sentarse frente a su escritorio, el aire parecía cargado de una tensión sutil. Sus dedos danzaban sobre los documentos del proyecto Villagra, revisándolos con una precisión casi obsesiva. Héctor, astuto como un zorro, atesoraba esa oportunidad: un proyecto manejado en exclusiva, sin intromisiones de otras compañías, era un diamante en bruto.
El plan original había sido erigir un centro comercial imponente en aquel terreno. Poco después de su adquisición, la familia Córdoba, como si el destino jugara a su favor, anunció la construcción de edificios residenciales en los alrededores. Aquel movimiento convirtió la decisión de los Villagra en una jugada maestra, un tablero donde cada pieza encajaba con precisión. Héctor, por un golpe de fortuna, había comprado aquel lote cuando no era más que un pedazo de tierra olvidada. Ahora, tras una serie de maniobras brillantes, se había transformado en una veta de oro puro.
El contrato que Bárbara había deslizado al Grupo Lobos traía una cláusula astuta: todas las tiendas del centro comercial serían marcas del conglomerado, sin que este desembolsara un solo centavo. Pero si los Villagra desistían de construir, esa ventaja se desvanecería como humo. El documento, ya de por sí irregular, había estado a punto de ser alterado nuevamente por Bárbara, hasta que Anaís, con una intervención providencial, lo impidió en el instante
exacto.
Agradecida por haber estado presente aquel día, Anaís guardaba un plan en su mente. Sin embargo, como portavoz de los Villagra, sabía que plantearlo sin rodeos sería un golpe directo al orgullo del Grupo Lobos. Habían recibido un obsequio envuelto en promesas, y ahora querían retractarse por tecnicismos contractuales.
Sumida en ese dilema, la jornada laboral llegó a su fin. Su teléfono vibró, rompiendo el silencio. Un mensaje de un contacto sin rostro -un avatar negro como la noche- revelaba solo un número de habitación en un hotel.
[Te espero aquí.]
Confundida, Anaís decidió no volver a casa. Suspiró, dejando que el cansancio la guiara hacia
el hotel, un edificio elegante que, según rumores, pertenecía a la familia Córdoba.
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Al abrir la puerta de la habitación, una penumbra suave la envolvió. Antes de que pudiera reaccionar, alguien la atrajo hacia el interior con un movimiento firme. Una venda negra, fría y sedosa, cubrió sus ojos, bloqueando toda luz. La tela, de una confección exquisita, era un velo que aislaba el mundo.
Unos labios urgentes encontraron los suyos, y el hombre la alzó con decisión, depositándola sobre un mueble a media altura. Instintivamente, ella lo rodeó con las piernas, atrapada en la vorágine de aquel beso que le robaba el aliento.
-Te he extrañado tanto -susurró él, con una pasión que vibraba en cada palabra.
Entre jadeos y besos febriles, Anaís intentó apartarse, pero él la sostuvo con delicadeza, presionando su nuca para mantenerla cerca. El aire se le escapaba, y tras veinte minutos de intensidad desbordada, se recostó en su hombro, buscando recuperar el ritmo de su
respiración.
Él, mientras tanto, trazaba suaves caricias sobre su espalda, y de vez en cuando rozaba su mejilla con besos tiernos, como pétalos cayendo en silencio.
En días de tormenta interior, pensó Anaís, tal vez perderse en un remanso de deseo no era tan malo. Al menos, por un instante, las preocupaciones se desvanecían.
Alzó la mano para quitarse la venda, pero él la detuvo con un gesto rápido.
-No quiero que me veas así -dijo con una voz ronca, cargada de sombras.
Se inclinó, ocultando su rostro, y ella, por reflejo, tensó los pies. Sus dedos, temblorosos, se enredaron en el cabello de él, mientras su mente giraba en un frenesí de sensaciones. Las marcas que sus dientes dejaron en sus piernas eran agudas, un eco de dolor mezclado con algo inquietantemente dulce.
Era un cisne atrapado, su cuello tenso bajo una fuerza invisible. Respiraba hondo, y un jadeo profundo escapó de su garganta. Él parecía deleitarse en cada instante. Y, en el fondo, ella también.
El hombre se incorporó, tomándola en brazos con facilidad. A pesar de su estatura, Anaís se sentía pequeña, aferrada a él como un koala a su rama.
Recostada contra el cabecero de la cama, intentaba calmar el latir desbocado de su pecho. Él acariciaba las marcas en sus piernas, aún sensibles, y cuando ella intentó retirarlas, las sostuvo con suavidad pero firmeza.
Su destreza al besar era un arte, un talento pulido, sin duda, en otros encuentros. Y en otros aspectos, también brillaba. Anaís anhelaba verle el rostro, pero cada intento de retirar la venda encontraba la misma respuesta:
-Soy feo, no querrás verme.
En la oscuridad, sus dedos exploraron su cara. Los ángulos definidos, la nariz prominente… ¿cómo podía alguien así considerarse feo?
Iba a decir algo para calmarlo, pero él giró y mordió suavemente la punta de su dedo. Sus
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dientes, perfectos, dejaron una chispa de sensaciones.
Él era pegajoso, insistente. Desde que entró en esa habitación, apenas se habían separado. Tal vez, pensó Anaís, ella también estaba demasiado sola. Sin recuerdos claros del pasado, el calor de un abrazo era un refugio inesperado.
Bostezó, palpando la cama. Era de una calidad impecable, suave como un sueño. Pero él no podía ser un simple mesero en un lugar así; con ese sueldo, ¿cómo pagaba una habitación tan lujosa?
Mientras él seguía cubriendo su cuello de besos, fascinado por su cercanía, Anaís preguntó de
pronto:
-¿Cómo pagaste esto? ¿Tienes dinero?
Él se detuvo, el silencio llenando el aire. Anaís temió haber herido su orgullo y se reprendió en silencio, pero entonces él respondió:
-¿Me mantendrías tú?
Ella guardó silencio, sin saber qué decir.
Él la observó, y su mirada se oscureció, como un abismo que amenazaba con devorarla. Hasta que ella, con un brillo travieso en la voz, soltó:
-¿Cinco millones serían suficientes?
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