Capítulo 221
Él se quedó inmóvil por un instante, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras sus ojos seguían el vaivén elegante de las manos de Anaís hurgando en el bolso de piel que
descansaba a su lado. Sus movimientos eran suaves, casi coreográficos, reflejo de una calma que contrastaba con la tormenta que bullía en su interior.
Con los ojos aún cubiertos por la venda negra, Anaís no podía distinguir cuál de sus tarjetas guardaba los quinientos mil pesos. Extendió las manos y, con un leve temblor, sostuvo todas las tarjetas frente a él.
-Escoge la plateada -dijo con voz serena-. Acabo de transferir cinco millones ahí.
No bien terminó de hablar, él la empujó con ímpetu sobre el lecho, y un beso ardiente, cargado de urgencia, la envolvió como una ola que rompe contra la orilla. Las tarjetas se esparcieron sobre las sábanas, brillando bajo la luz tenue como estrellas caídas. La pasión de aquel gesto la dejó aturdida, pero en el fondo, una chispa de placer se encendió en su pecho. ¿Quién podría resistirse a un alma tan entregada? El rechazo, después de todo, siempre hiere más que el
silencio.
Una sonrisa tímida floreció en sus labios, y alzó la mano para darle unas palmaditas suaves en la espalda, como quien consuela a un cachorro inquieto.
“En el fondo, no es más que un mesero enamorado“, pensó, “uno que atendió mi mesa alguna vez y que, desde entonces, no ha dejado de esperarme“. Recordó vagamente un encuentro pasado, un roce fugaz que para él se había convertido en un faro en la penumbra de su soledad. Ella, en cambio, lo había dejado atrás, perdida en sus propios laberintos, y ahora él la reclamaba con una devoción casi infantil.
Quizá por eso se aferraba tanto, con esa mezcla de ternura y desesperación que la envolvía como una enredadera. Había esperado demasiado, y ella, a su manera, también había caminado sola por un desierto de ausencias. Tenerlo cerca, con su calor insistente, no era del todo desagradable.
Creía que esa noche sería como un paréntesis dulce, un regalo para él, pero su susurro al oído la descolocó: -¿Está bien?
Anaís frunció el ceño; atrapada en un torbellino de pensamientos que giraban como hojas en el viento. No respondió de inmediato, y él, impaciente, tomó su mano con delicadeza y la guio hacia su rostro, su pecho, su cuello, todos empapados de un sudor que hablaba de deseo contenido. A través de la tela, ella sintió la tensión de su cuerpo, a punto de desbordarse.
Desde que perdió la memoria, nada la había sacudido así. Pero si iba a cuidarlo, no podía dejarlo perdido en dudas.
-Está bien respondió, con una voz que apenas rozó el aire.
No hubo tiempo para más palabras. Él se lanzó sobre ella con una intensidad que borró todo
rastro de súplica, transformándose en una fuerza indomable. Sus murmullos se perdieron en la
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vorágine, y la noche se deshizo en un torbellino de piel y jadeos.
La pasión no cedió hasta que el reloj se rindió al cansancio. Anaís, con la voz quebrada y el cuerpo exhausto, musitó: -Z, ¿podemos dormir ya?
-Vuelve a decir mi nombre -respondió él, con un tono que vibraba de ansia.
-Z–susurró ella, casi sin aliento.
Ese sonido fue como un disparo al corazón de él, que se abalanzó de nuevo, inflamado por una emoción que no conocía límites. Anaís se dejó consumir, y cuando los primeros rayos del alba se filtraron por las cortinas, el sueño la reclamó por fin.
A medio camino entre la vigilia y el letargo, sintió unas manos tibias bañándola con cuidado. Sin abrir los ojos, se incorporó lo justo para buscar sus labios y rozarlos con un beso torpe antes de hundirse en un sueño profundo.
Él, hechizado por ese gesto espontáneo, sintió que el pecho se le hinchaba de alegría. La abrazó con fuerza, como si quisiera fundirla en su alma, y por un instante, el mundo entero se redujo a ese rincón de penumbra.
Cuando Anaís despertó, el silencio reinaba en la habitación. Se frotó la frente, sorprendida por lo bien que se sentía. Junto a la cama, un pequeño frasco de ungüento aguardaba, seguramente la razón de que el dolor fuera apenas un eco lejano. Sobre la mesita, un conjunto de ropa limpia, cuidadosamente doblado, le arrancó una sonrisa. La consideración de aquel detalle disipó cualquier sombra de su ánimo, y por primera vez en mucho tiempo, el día le pareció un lienzo nuevo.
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