Capítulo 222
El murmullo discreto de la conversación persistía como un eco suave en el aire, y Anaís descubrió que, en efecto, no era tan terrible seguir así. Al menos, era un refugio frente a la idea de regresar a casa y dejar que las preocupaciones la devoraran como sombras hambrientas. Lo que verdaderamente encendió una chispa de alivio en su pecho fue saber que alguien, en un gesto inesperado, había solicitado permiso por ella ante Efraín. En la pantalla de su celular brillaba un mensaje escueto, dos palabras que cayeron como un bálsamo: [Permiso concedido].
Había dormido hasta que el sol se alzó en lo más alto, rozando el mediodía, así que la idea de volver a la oficina se desvanecía como un sueño lejano. Optó por quedarse en el hotel, dejando que la calma del lugar la envolviera hasta que la tarde desplegara sus tonos dorados.
Sin embargo, un pensamiento punzante irrumpió en su tranquilidad: debía ajustar ciertos detalles del contrato. Una sombra de inquietud se deslizó sobre su corazón, apagando por un instante el brillo de su descanso. No había escapatoria. Cuando el reloj marcó las primeras horas de la tarde, se dirigió al Grupo Villagra con paso firme, decidida a transformar el proyecto. En lugar de un centro comercial, como se había planeado, imaginó una zona residencial al estilo de la familia Córdoba, un giro que, aunque menos lucrativo que el diseño original, equilibraría los beneficios hacia los Villagra en vez de favorecer solo al Grupo Lobos.
Solicitó a los altos mandos que revisaran el contrato revisado. Apenas sus ojos se posaron en ella, una tormenta de furia se desató en sus rostros, como si su sola presencia avivara un fuego largamente contenido.
-¿Qué pretendes con esto, Anaís? -espetó uno de ellos, con la voz cargada de desprecio-. Mejor que venga la señorita Villagra. ¡Vas a hundir la empresa tarde o temprano!
-Exacto -intervino otro, con el ceño fruncido-. ¿Cambiar un centro comercial por viviendas? La familia Córdoba ya está levantando residencias cerca. Cuando terminen, no quedará espacio para nosotros en el mercado.
Anaís paseó la mirada por los rostros crispados de los altos mandos, y una tristeza silenciosa se asentó en su alma como polvo sobre un mueble olvidado. Aquellos hombres habían caminado hombro con hombro junto a Héctor, su padre, pero ahora yacían hechizados bajo el encanto de Bárbara. La confianza que depositaban en ella era tan ciega que ni siquiera habían cuestionado el contrato que ella impulsó tiempo atrás.
Los líderes se alzaron de sus asientos con una arrogancia que llenaba el aire, sus posturas rígidas como estatuas de mármol.
-Anaís, da igual lo que digas -declaró uno con tono cortante-. No vamos a aceptarlo. Seguimos con la señorita Villagra. Es tu primera vez metiendo las narices aquí y ya quieres mandar en todo, tomando decisiones que nos afectan a todos. Nadie va a apoyarte.
Ella los observó en silencio, una chispa de determinación ardiendo en su interior. Con un movimiento sereno, dejó caer un informe sobre la mesa, el sonido seco resonando en la sala como un desafío.
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Capitulo 222
-La empresa lleva el apellido Villagra, y yo soy una Villagra -dijo, su voz firme como el acero-. Aquí tienen los resultados de sus proyectos en los últimos años: todos en números rojos. Si no están en la calle es solo por el respeto que mi padre les tuvo. Pero si no trabajan conmigo, hablaré con él. Y cuando tome las riendas, ¡todos tendrán que recoger sus cosas y largarse!
El tono cortante de sus palabras cortó el aire como un filo. Bárbara, con su sonrisa eterna y su belleza deslumbrante, había sabido envolver a esos hombres con halagos y promesas susurradas. Pero Anaís no era Bárbara. Valerio Madariaga, el más veterano de los presentes y el más leal a Bárbara, se puso en pie de un salto, golpeando la mesa con un estruendo que hizo
temblar los vasos.
-¡Anaís, escúchame bien! -rugió, sus ojos encendidos de furia-. Incluso en el Grupo Lobos llegaste alto solo por tu cara bonita. ¿De verdad crees que sabes de negocios? La señorita Villagra te ha tolerado, pero nosotros no. ¡Fuera de aquí!
Con un resoplido de desprecio, Valerio giró sobre sus talones y abandonó la sala, seguido por su séquito de fieles, dejando tras de si un silencio cargado de tensión.