Capítulo 223
El silencio reinaba en la sala, pesado como una cortina de terciopelo que aislaba a Anaís del resto. Los ejecutivos, rígidos en sus asientos, parecían haberla borrado de su vista, como si su presencia se disipara en el aire cargado de tensión.
Anaís no se dejó doblegar por el vacío que la rodeaba; su mente, sin embargo, giraba inquieta en torno a la regla que Héctor había forjado años atrás: ningún proyecto monumental podía avanzar sin el respaldo del setenta y cinco por ciento de los altos mandos, un candado puesto para proteger decisiones tan cruciales como la que ahora ardía en sus manos.
En su tiempo, Héctor había renunciado al veto absoluto, tejiendo un sistema donde el consenso
era rey.
Con el ceño fruncido, Anaís alzó la voz hacia los ejecutivos que aún la ignoraban.
-Voy a hablar esto con mi padre, y espero que en tres días todos tengan una respuesta clara.
Sin más, giró sobre sus talones y abandonó el edificio, dejando tras de sí un eco de pasos
firmes.
Era su primera incursión en el Grupo Villagra, y no le sorprendía que la acogieran con los brazos
abiertos.
Para que su proyecto echara raíces, necesitaba lo que había proclamado: el control ejecutivo del Grupo Villagra, un cetro que no se ganaba con palabras vacías.
Ese poder no brotaba de un simple decreto de Héctor; requería acciones, un respaldo tangible. Pedirlas ahora a la familia Villagra, con el hierro aún candente, podía interpretarse como un zarpazo oportunista.
Sin perder un instante, condujo hacia el hospital donde Héctor yacía internado, el motor zumbando en sintonía con sus pensamientos revueltos. Al acercarse a la puerta de la habitación, un murmullo la detuvo: la voz de Victoria se colaba por la rendija.
-Barbi es joven, Héctor, y cometió un error, nada más. Lleva un día y una noche sin probar bocado, jurando que no se levantará hasta que la perdones. Hasta devolvió el millón que ganó estos años; no ha tocado un solo peso.
-¡Cof, cof, cof! -La tos de Héctor rasgó el aire, un lamento gutural que delataba el peso de su agotamiento.
Victoria, con los ojos brillando de lágrimas contenidas, sabía que no era el momento, pero insistió.
-¿Qué hacemos entonces? La familia Lobos ya lo sabe todo. Esta mañana hablé con ellos para confirmar lo de la boda, y su tono fue gélido. Me temo que romperán el compromiso.
Por años, Héctor había querido a Bárbara como a una hija. Aunque sus intenciones nunca fueron cristalinas, verla tan frágil, consumida por su propia tormenta, le apretaba el pecho. Pero su escudo ciego hacia ella se había resquebrajado.
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Capitulo 223
Tras unos minutos, con la respiración aún entrecortada, Héctor clavó la mirada en Victoria.
-¿Y cómo estás tan segura de que no es otro de sus teatros?
Victoria enmudeció, atrapada por la verdad: Bárbara era una maestra del engaño, y su actuación rayaba en lo escalofriante.
-Pero, cariño…
-Cállate la cortó Héctor, tajante-. Es por tu favoritismo ciego que ella es lo que es hoy.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Victoria, tras unos segundos, replicó con terquedad.
-Barbi será lo que sea, pero siempre ha sido buena conmigo. ¿Qué, crees que Anaís es un ángel? Apenas te enfermaste, y ya se metió a la empresa como si nada. No me extrañaría que viniera corriendo a pedirte acciones y el mando.
Anaís, con la mano suspendida sobre la puerta, se congeló, las palabras de Victoria clavándose como agujas.
Victoria siguió murmurando, pero Héctor, agotado, la interrumpió con un susurro firme.
-Basta, estoy cansado.
Anais aún dudaba en el umbral cuando la puerta se abrió y Victoria salió. No había desprecio en su rostro esta vez, pero tampoco calidez; solo la sombra de quien ve a una rival astuta.
Al entrar, Anaís titubeó, pero Héctor, con esa claridad que el tiempo afila, adivinó su propósito.
-¿Qué te está trabando?
-Papá, la empresa tiene el derecho exclusivo sobre el proyecto de construcción, pero el contrato que Bárbara firmó con el Grupo Lobos les abre la puerta a meter todos sus negocios en el centro comercial. He estado pensando en buscar un resquicio: si no construimos ese
centro…
Héctor suspiró, su mirada perdiéndose en el horizonte tras la ventana.
-¿Has medido cuánto vas a enfurecer a Efraín con eso?
Y no seria un enojo pasajero, sino una afrenta profunda, como tenderle una trampa al Grupo Lobos y reirse en su cara.
Anais, consciente del terreno minado, bajó la vista, las pestañas sombreando su resignación.
-Lo sé, papá. Pero el presidente Lobos es un hombre recto, de principios. No creo que por cambiar nuestros planes nos declare la guerra a los Villagra. A lo sumo, nos dará la espalda.
Héctor no respondió de inmediato, y el silencio entre ellos se volvió un espejo de sus propios dilemas.
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