Capítulo 224
Si no hubiera sido por aquel incidente de la pierna años atrás, Héctor ya habría encontrado la forma de ajustar cuentas con ella, de eso no había duda.
-Anaís, en su momento le hiciste un daño tremendo. Su pierna… -comenzó Héctor, su voz cargada de un eco del pasado.
Ella lo cortó con rapidez, como si quisiera detener el flujo de recuerdos que amenazaba con desbordarse.
-No hace falta que me lo recuerdes, papá. Lo sé perfectamente. Pero en el mundo de los negocios, aferrarse a rencores es el peor error que uno puede cometer. Tú, con ese corazón tan blando, por eso sigues cargando con esos inútiles en los altos cargos.
Las palabras salieron afiladas, casi sin filtro, y un leve rubor tiñó sus mejillas al notar lo duras que sonaron. Se arrepintió al instante, pero ya era tarde. Héctor guardó silencio, dejando que el peso de la frase se asentara entre ellos. Luego, una risa suave, casi resignada, brotó de sus labios.
-Tu abuelo siempre decía que yo no llegaría lejos por ser así. Si esta vez no lo consigo, cuando lo encuentre allá abajo, me lo echará en cara otra vez.
-Papá, por favor, no digas esas cosas. Vas a estar bien -respondió Anaís, su voz temblando apenas, como una hoja agitada por el viento.
Los ojos de Héctor se nublaron de emoción, y con un gesto cálido la invitó a acercarse. Ella tomó asiento a su lado, sintiendo el calor de su presencia pese a la fragilidad que lo envolvía.
-Anaís, ahora eres justo como tu abuelo soñaba. Durante años, desde que él se fue, he llevado una espina clavada contigo. Pero, hija, soy humano, y hay cosas que no logro perdonarte del todo. Verte tan centrada, tan fuerte, me quita un peso del alma.
Sin querer, su mirada se deslizó hacia el cuello de Anaís. La noche anterior, en el hotel, ella había perdido el control, y aunque intentó disimularlo con maquillaje, aún quedaban rastros sutiles, como pinceladas que no podía borrar del todo. Héctor dejó escapar un suspiro, pero
este llevaba un matiz de alivio.
-¿Ya tienes novio? Parece un buen hombre. Eso me tranquiliza. Al menos ya dejaste atrás a ese Roberto. No es para ti, hija. Es un inmaduro. Aunque se case con Bárbara, nunca será un esposo decente.
La claridad con que los mayores juzgaban a las personas era asombrosa, pensó Anaís. Roberto, en efecto, no tenía la madera para sostener un compromiso. Héctor, con un brillo renovado en los ojos, continuó:
-Cuando tengas chance, tráelo para conocerlo. Tu felicidad, tu matrimonio, es lo que más me tiene en vilo.
Anais se agitó incómoda, recordando que ni siquiera sabía bien cómo era el rostro de ese
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supuesto novio. Decidió desviar el tema con una sonrisa tímida.
-Ya habrá tiempo, papá. Apenas estamos empezando a salir, todavía nos estamos conociendo. No es algo que corra prisa.
Eso pareció alegrar aún más a Héctor; su rostro se iluminó como si acabaran de quitarle años
de encima.
-Está bien, está bien. Mientras sea alguien decente, no te voy a presionar para que te cases con alguien de abolengo. Lo que importa es que vivamos en paz.
Los ojos de Anaís se humedecieron, brillantes como cristal bajo la luz. En ese instante, sintió cuánto había descuidado los sentimientos de su padre. La familia era un nudo imposible: te hería, te desgastaba, pero también te envolvía en un consuelo que nada más podía igualar. Héctor alzó una mano temblorosa y le dio una palmadita suave en el dorso.
-Cuando todo esto pase, deberías disculparte con él. Antes me aterraba que, siendo tan soñadora, te fijaras en alguien del Grupo Lobos. No pegaba ojo pensando en eso. Perseguir a Roberto solo traería risas, pero ir tras Efraín podría costarte todo.
Anaís frunció el ceño, desconcertada.
-¿Tan temible es Efraín, papá? Él es una buena persona.
Héctor negó con la cabeza, su mirada perdida en algún recuerdo lejano.
-Anaís, no tienes idea de lo que pasa dentro de la familia Lobos. Su hermano tiene varios hijos, todos criados desde pequeños para ser herederos. Los atentados son el pan de cada dia para él. Pero lo peor es que Efraín es frío, como si no tuviera sangre en las venas. Imaginar a una mujer a su lado es pensar en alguien condenado a sufrir. Apenas lo verías un par de veces
al año.
Era cierto. Incluso en las negociaciones, con mujeres deslumbrantes frente a él, Efrain nunca desviaba la mirada, como si el mundo entero le fuera indiferente. Solo la señorita Córdoba, en aquellos días lejanos, habia logrado romper esa coraza de hielo.