Capítulo 225
Anaís llevaba más de media hora en la habitación del hospital, envuelta en el aroma estéril de las sábanas blancas y el leve zumbido de los aparatos médicos. Aunque había ensayado mil veces las palabras en su mente, aún no lograba mencionar el tema del poder ejecutivo de la empresa. Un nudo de inquietud le apretaba el pecho: temía que Héctor pensara que solo buscaba aprovecharse de él, sobre todo después de los errores que había arrastrado como sombras desde su pasado.
Justo cuando ajustaba su bolso para despedirse, la voz grave de Héctor rompió el silencio, deteniéndola en seco.
-¿Valerio te ha puesto entre la espada y la pared?
Valerio, ese viejo lobo de los altos mandos, astuto y aferrado a su poder como a un tesoro. Anaís respiró hondo, dejando que la verdad se deslizara sin adornos.
-Así es, papá. Tiene acciones y ahora se niega a seguirme el paso. Quería pedirte el control ejecutivo de la empresa. Si me cedes algunas acciones por ahora, te prometo que, cuando todo esto termine, te las devolveré sin falta. No quiero quedarme con nada que sea de los Villagra.
Al pronunciar esas palabras, un relámpago de tristeza cruzó los ojos de Héctor, como si un recuerdo amargo hubiera rasgado una vieja cicatriz. Anaís se quedó inmóvil, con las manos inquietas, sin saber cómo llenar el vacío que sus propias palabras habían cavado.
Tras un silencio que pareció eterno, Héctor dejó escapar un suspiro profundo, cargado de
resignación.
-Haré que mi asistente y el abogado hablen contigo.
-Gracias, papá.
Anaís salió de la habitación con el corazón dividido, como si una corriente subterránea de emociones la arrastrara en direcciones opuestas. Mientras recorría el pasillo, intuía que Héctor había descifrado sus intenciones desde el primer instante. Después de todo, llevaba décadas navegando las aguas turbulentas de la empresa y conocía cada rincón de las almas que la
habitaban.
El dolor sordo que latía en su pecho no la abandonó. Poco después, el asistente y el abogado de Héctor llegaron con los documentos que le otorgaban temporalmente el veinte por ciento de las acciones. Era un movimiento audaz, un cambio que resonó como un trueno entre los altos mandos. Las notificaciones circularon rápidamente, y en cuestión de horas, el silencio se apoderó de las oficinas, roto solo por el eco de la incredulidad.
Valerio, sin embargo, no se quedó callado.
-¡No entiendo qué demonios piensa Héctor al darle tantas acciones a esa inútil! ¿Acaso Anais sabe algo de dirigir una empresa? ¡La familia Villagra está condenada al desastre!
Sus gritos retumbaban en su oficina cuando Anaís irrumpió sin anunciarse, con una calma que
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contrastaba con la furia del director.
-Director Madariaga, si tan seguro está de que la familia Villagra va a caer, puedo hacerle una oferta generosa por sus acciones ahora mismo. ¿Le interesa vender?
Valerio, dueño de un cinco por ciento de la empresa, palideció. Sus ojos se abrieron como platos ante la osadía de esa mujer que ahora parecía acechar su propio terreno. Con un golpe seco contra el escritorio, estalló.
-¡Anais! ¡Eres una descarada! Te lo advierto: tengo contactos en el Grupo Lobos. Si tocas los proyectos originales, se lo haré saber, y ya veremos cuánto resistes frente a Efraín.
Anaís frunció el ceño, sorprendida por la mención del Grupo Lobos. ¿Sería cierto? Decidió no ceder ni un paso.
-Director Madariaga, le estoy ofreciendo un precio justo por sus acciones, es un gesto de cortesía. Ahora que papá me dio el control ejecutivo, la empresa está en mis manos. Y para que lo sepa: ya pacté una venta. En un mes, la empresa cambiará de dueño a un precio irrisorio, y esas acciones suyas no valdrán ni el papel en que están impresas. Me ofrecieron dos mil millones para retirarme, así que no tendré de qué preocuparme.
Era verdad. Le habían puesto sobre la mesa una suma imposible de rechazar a cambio de ceder el control y las acciones, borrando el apellido Villagra del legado familiar. Los nuevos dueños, además, planeaban purgar a los viejos empleados que ya no les servían.
Valerio quedó petrificado, sus pupilas temblando de ira.
-¿Vender la empresa? ¡Es el esfuerzo de toda la vida de tu padre! ¿Y lo haces sin siquiera consultarlo?
Anaís dejó escapar una risa fría, cargada de desprecio.
-¿Y por qué tendría que consultarlo? ¿No sabes cómo me ha tratado la familia Villagra todos estos años? Hasta hace poco puse un pie en la empresa por primera vez. ¿El honor de la familia? Eso no me llena el bolsillo. Solo me importa lo que pueda sacar de esto.
-¡Anaís!
La furia de Valerio era un volcán a punto de estallar, pero ella, con la ligereza de quien ya no lleva cargas, dio media vuelta y se marchó, dejando tras de sí el aroma de una rebelión consumada.
Valerio, ciego de indignación, no perdió tiempo y marcó el número de su contacto en el Grupo Lobos. No eran amigos del alma, sino cómplices de conveniencia, de esos que intercambian favores en las sombras. Le reveló los planes de Anaís, cada palabra un dardo envenenado. Su amigo, oliendo una oportunidad de oro, decidió escalar el asunto al presidente. Un proyecto de esa magnitud no podía pasar desapercibido.
Además, ¿no era Anaís parte del equipo directivo del Grupo Lobos? Que jugara en ambos bandos era una traición intolerable.
El alto mando del Grupo Lobos, con una chispa de entusiasmo en los ojos, prometió llevar el
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asunto a Efraín de inmediato. Valerio, confiado en la mano dura del presidente, ya saboreaba la caída de Anaís.
Pero cuando el alto mando expuso el caso ante Efraín, este apenas alzó la vista de sus documentos. El silencio llenó la sala, y el sudor comenzó a resbalar por la frente del emisario. Sin embargo, notó algo: el rostro de Efraín no mostraba enojo, sino una calma casi primaveral. Eso le dio un hilo de esperanza.
-Presidente, con esta jugada, ella deja claro que no respeta su autoridad. No podemos tolerar que alguien de nuestro círculo actúe como si estuviera del lado enemigo. Deberíamos sacarla de inmediato o, mejor aún, cortar este problema de raíz de una vez por todas.
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