Capítulo 227
El silencio se desvaneció como un eco fugaz, disuelto en la brisa que acariciaba los cristales de las ventanas.
-Vamos a La Luna -dijo Efraín, su voz serena rompiendo la quietud.
-De acuerdo -respondió Anaís, con un dejo de alivio al notar que él no insistía en el tema.
Aprovechó el instante para desviar la conversación, mientras en su mente bullian pensamientos sobre la bondad de Efraín Lobos. “Qué hombre tan noble“, reflexionó, convencida de que algún día hallaría la forma de devolverle todo lo que había hecho por ella.
Lo guio con suavidad hacia el ascensor, inclinándose para susurrarle algo al oído, pero entonces las puertas se deslizaron con un leve zumbido y un joven emergió ante ellos.
El recién llegado esbozó una sonrisa amplia y saludó con familiaridad.
-Efrain, qué coincidencia verte por aquí.
Era Oscar Lobos, el tercer hermano de Efrain, padre de dos hijos. Y frente a ellos estaba Damián Lobos, su primogénito, cuya mitada se posó en Anais con una chispa de curiosidad.
-Así que esta es la señorita Villagra–dijo, curvando los labios-. Qué sorpresa, no imaginé que Efraín pudiera congeniar tan bien contigo.
Desde su aparición, una corriente de incomodidad se arremolinó en el aire, espesa y difícil de
ignorar
Anais empujó a Efraín con premura hacia el exterior, rumbo al estacionamiento subterráneo. “¿Qué demonios hace Damián en el Grupo Lobos?“, se preguntó, mientras el eco de sus pasos.
el resonaba en el concreto. Con los años, Efrain había consolidado un imperio empresarial, y patriarca, obsesionado con forjar a las nuevas generaciones, había dispersado a los jóvenes por las sucursales. En la sede principal solo permanecian Efraín, algunos veteranos y Roberto Lobos, otro prometedor de la estirpe.
-¿Tienes algún pendiente por aquí?-preguntó Efrain, su tono pausado, casi indiferente.
Damián, ya dentro del ascensot, mantuvo una cortesía impecable.
-Vine a ver a Rober. No sé si su boda seguirá en ple como estaba planeado. Como su primo, me preocupa, claro. Efrain, nos vemos luego.
Anais estuve a punto de advertitle que Roberto no estaba en la empresa, pero la desconfianza hacia Damián la frend. Además, desde que lo vio, una punzada de inquietud le había revuelto el estómago. “Esos ojos como los de una serpiente al acecho, pensó, estremeciéndose ante la intensidad de su mirada. Entre todos los Lobos, solo el semblante de Efraín le transmitia
naima.
Esta vez, ella tomó el volante del coche de Efrain. Lo ayudó a instalarse en el asiento del emplate y mientras ajustaba su posición, murmuró casi para si misma:
-La boda no se cancelará, ¿verdad?
Efraín giró el rostro hacia ella, observándola con atención mientras luchaba con el cinturón de seguridad. El broche, rebelde, se resistía a encajar, y unas diminutas gotas de sudor brillaron en la punta de su nariz, traicionando su frustración.
De pronto, una mano firme cubrió la suya, guiándola con delicadeza hasta que el clic del cinturón resonó en el silencio. Anaís se quedó inmóvil, sorprendida por el calor que emanaba de su palma.
Retrocedió con brusquedad al asiento del conductor, aferrando el volante con ambas manos. “¿Estoy imaginando cosas, o Efraín está actuando raro?“, se preguntó, el pulso acelerado. Últimamente, su relación con Z la había vuelto más sensible a las sutilezas, menos inmune a la cercanía de otro hombre.
No dijo nada más, pero lo escuchó preguntar con naturalidad:
-¿Cómo van las cosas con tu novio?
Al pensar en Z, una sonrisa suave se dibujó en su rostro. Aunque aún no conocía su cara, Z le evocaba la calidez de un gran labrador dorado: leal, reconfortante, siempre cerca. “A veces, una es simple y disfruta que su pareja sea así de cariñosa; te hace sentir especial“, reflexionó, con un brillo de orgullo en el pecho.
-Va muy bien -respondió, sincera.
-¿Y has pensado cuándo conocerás a sus padres?
La pregunta la tomó desprevenida. Condujo en silencio unos instantes, dejando que las luces de la ciudad desfilaran ante sus ojos antes de contestar:
-No lo he pensado aún. Quiero conocerlo mejor primero. Por ahora, nos entendemos de maravilla.
Y era cierto. En ese terreno, todo fluía. Las relaciones adultas no tenían por qué ser un rompecabezas; si la chispa ardía en la intimidad, ya estaban por encima de la mayoría. Muchas mujeres se conformaban con unos minutos de pasión por puro cariño. Anaís no. Ella saboreaba la entrega, el deseo que la envolvía como una caricia posesiva. Si algo fallaba, pondría todo de su parte para sostenerlo.
Efraín volvió el rostro hacia la ventanilla, apoyando una mano en su mejilla para ocultar la curva sutil de su propia sonrisa. Anaís no lo notó, pero en sus ojos danzaba una ternura que no necesitaba palabras.
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