Capítulo 228
Anaís Villagra descendió con cuidado la silla de ruedas del vehículo y, con una mezcla de atención y delicadeza, ayudó a Efraín Lobos a instalarse en ella. Luego, con un movimiento suave, lo condujo hacia el privado de La Luna, el murmullo del lugar envolviéndolos como un eco lejano.
En ese instante, el sonido de su celular rompió la calma: un mensaje de Z acababa de llegar.
[Me tienes tan feliz que no sabes cuánto quiero besarte.]
Un calor repentino trepó por las mejillas de Anaís, tiñéndolas de un rosa suave. Este hombre y su manera tan desenfadada de expresar lo que sentía, siempre lograba desarmarla. No había tiempo para contestarle ahora, así que, tras guiar a Efraín hasta la puerta del privado y abrirla, se encontró con un cuadro inesperado: Iván Moreno, Samuel Córdoba y Fausto Moratalla ya estaban dentro, acomodados como si aquel espacio les perteneciera.
Parecía que estos cuatro hombres tenían una costumbre arraigada de reunirse, sus presencias llenando el aire con una energía densa y masculina.
Anaís, consciente de ser la única mujer allí, sintió un leve nudo en el estómago. No deseaba quedarse atrapada en esa atmósfera.
Efraín, percibiendo su inquietud con esa sensibilidad que lo caracterizaba, le habló con una voz
serena:
—Anda, ve a disfrutar un rato afuera.
Sus palabras tenían un matiz casi paternal, como si intentara tranquilizarla con la misma ternura que se usa con un pequeño inquieto.
Anaís esquivó la mirada de Samuel, cuyos ojos siempre parecían cargados de una hostilidad contenida, y sin dudarlo salió del privado tras la indicación de Efraín.
Dentro, el ambiente cambió de tono. Iván dejó su copa sobre la mesa con un tintineo sutil y, girándose hacia Samuel, le soltó:
-¿Qué tienes tú para conquistar mujeres?
Samuel, sorprendido, se rascó la oreja como si dudara de haber oído bien.
-¿Perdón, puedes decirlo otra vez?
Iván frunció los labios, guardando silencio, mientras Fausto, con una ceja arqueada y un sorbo pausado a su trago, intervino:
-En la cama, haz que se entregue por completo. Si no está enganchada, es que no pusiste suficiente empeño.
Sus palabras, afiladas y provocadoras, encendieron una chispa en Iván, desatando una discusión que llenó el espacio de voces entrecruzadas.
1/3
10.10 f
Efraín, en cambio, permanecía al margen, inmerso en un silencio profundo, sus pensamientos vagando por senderos que nadie más podía seguir.
Fuera del privado, Anaís exploraba La Luna con pasos ligeros, dejando que el bullicio del lugar la envolviera. Su celular vibró de nuevo: otro mensaje de Z.
[¿Dónde estás ahorita?]
Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras tecleaba la ubicación exacta del privado.
[Estoy en el trabajo, acompañando a mi jefe a una reunión.]
[Voy por ti.]
Al leerlo, Anaís arrugó el ceño. No era que no quisiera verlo, sino que La Luna y sus estrictas reglas de membresía podían complicarlo todo. Si lo detenían en la entrada, la situación se tornaría incómoda.
Mientras caminaba, distraída en su respuesta, una mano emergió de un privado cercano y, con un tirón firme, la arrastró hacia el interior.
-¡Mmm!
Antes de que pudiera procesarlo, unos labios cálidos se posaron sobre los suyos, robándole el aliento.
Él llevaba una camisa ligera que rozaba su piel, y el aire del cuarto estaba impregnado de un aroma suave, casi embriagador. Con el corazón acelerado, Anaís lo empujó con suavidad, sus manos temblorosas buscando su rostro en la penumbra.
-¿Cómo llegaste tan rápido? No me digas que ya me estabas siguiendo cuando me escribiste. -¿Y qué si sí? -respondió él, su voz cargada de una seguridad juguetona.
Anaís dejó escapar una risita. Él la giró con un movimiento fluido, y ella, intuyendo lo que buscaba, inspiró hondo.
-Estamos en un privado -susurró, la advertencia teñida de nervios.
Él se acercó más, su pecho firme contra su espalda, su tono suplicante rozando lo irresistible.
-Pero te he extrañado tanto.
Su deseo era una corriente viva, palpable en cada palabra, en cada roce. Él mordisqueó su oreja con ternura, murmurando:
-Te extraño a cada rato, quiero escribirte todo el tiempo, pero me da miedo agobiarte.
El corazón de Anaís se derritió ante esa vulnerabilidad. Amar así, con esa humildad, era justo como él lo describía: dudar entre enviar o borrar, temer ser demasiado.
2/3
Capitulo 228
-¿Entonces está bien? ¿Sí puedo? -preguntó él, su voz infantil y ansiosa, como si pidiera permiso para un capricho.
Anaís titubeó apenas un instante antes de ceder con un susurro:
-Hazlo rápido.
No había terminado de hablar cuando él ya estaba en acción, moviéndose con una urgencia casi feroz, como un lobo que finalmente encuentra su presa.
Anaís se alzó de puntillas, atrapada en la intensidad del momento, cuando unos pasos resonaron afuera. Alguien se detuvo frente a la puerta. Su pulso se disparó, pero él, con rapidez, extendió una mano y cerró la puerta de un golpe seco, ordenando con una autoridad que llenó el espacio:
-Fuera.
El intruso, sobresaltado, retrocedió de inmediato, sus pasos perdiéndose en el pasillo.
Anaís, aún con el corazón en la garganta, no tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos. Él, que hace un segundo había sido pura fuerza, ahora suavizaba su voz y le susurraba al oído:
-Sigamos.
Una oleada de emoción recorrió su cuerpo, como si pequeñas chispas danzaran bajo su piel. Le dio un golpecito juguetón en la cabeza, que descansaba sobre su hombro.
-¿Tan duro con todos?
Él hundió el rostro en su cuello, abandonando toda delicadeza.
-Solo con los demás -respondió, su voz dulce como un hechizo.
Con esas palabras, no era sorpresa que ella hubiera caído rendida antes. Las luces del pasillo se encendieron de pronto, pero él la sostuvo por la cintura, impidiéndole cualquier movimiento. -¿De veras no me vas a dejar verte? ¿Qué le digo a la gente cuando me pregunte cómo es mi
novio?
Él inhaló profundamente, y Anaís pudo sentir la tormenta de emociones que lo atravesaba: ansiedad, duda, un dejo de inseguridad.
Frunció el ceño. “¿Tan mal se sentirá de su apariencia para esconderse así?”
Pero entonces él la abrazó con una fuerza que le cortó el aliento, como si quisiera fundirla en
su ser.
Cuando terminaron, ella descansaba sobre su pecho, el ritmo de su respiración aún desordenado. Estaban sentados en el sofá, y Anaís, atrapada en la calidez de lo vivido, no quería moverse. Él tomó su mano y la guio con suavidad sobre sus cejas, sus ojos, repitiendo el gesto con una paciencia casi reverente hasta que ella, al fin, lo miró.
“No puede ser feo“, pensó, “entonces, ¿qué lo tiene tan inquieto?”
3/3