Capítulo 23
Anaís sopesó por un momento la idea de adulterar las bebidas, pero las palabras ponzoñosas de Leopoldo despertaron en ella un plan más audaz. Con un movimiento deliberadamente lento, se quitó el sombrero que ocultaba su identidad, permitiendo que su cabello cayera como una cascada sobre sus hombros.
-¿Está dispuesto, señor Moratalla, a responsabilizarse por cada una de sus palabras? -Su voz emergió con una calma inquietante, como la quietud antes de una tormenta.
La sorpresa transformó el rostro de Leopoldo. Sus ojos se dilataron al reconocerla, y sus facciones se contrajeron en una mueca de desprecio.
-¡Anaís! ¿Cómo te atreves a presentarte aquí? -bramó, irguiéndose en su asiento.
Con paso firme, Anaís recorrió el opulento salón, cada paso resonando contra el piso de madera pulida. Su mirada se deslizó por los acabados en oro y los tapices de seda antes de
enfrentar a su adversario.
-Ya me comuniqué con la policía, señor Moratalla -anunció con voz clara y firme-. Usted acaba de afirmar que Víctor estuvo conmigo toda la noche anterior, pero curiosamente no conservo ningún recuerdo de ello. Esto sugiere que me drogó. Y dado que usted lo asegura con tanta convicción, supongo que no tendrá inconveniente en fungir como testigo.
El color abandonó el rostro de Leopoldo para dar paso a un rubor intenso que se extendió hasta su cuello. La tensión en el salón se volvió palpable. Los jóvenes herederos presentes, criados bajo estrictos códigos de conducta y constantemente vigilados por sus familias, se inclinaron
incómodos en sus asientos.
-¿Quién diablos te autorizó a llamar a la policía? ¡Anaís, te estás buscando problemas muy serios! -La voz de Leopoldo tembló de rabia contenida.
Antes de que pudiera levantarse, las puertas del salón se abrieron de par en par. Un grupo de policías ingresó con paso firme y semblante severo.
-¿Quién reportó el incidente? -preguntó uno de ellos, escudriñando el lugar.
Los jóvenes presentes se encogieron en sus asientos, conscientes de que una detención significaría severas consecuencias en sus hogares. Anaís, por su parte, dejó que sus ojos se empañaran con lágrimas calculadas.
-Fui yo, oficial–respondió, alzando la mano con un temblor estudiado-. Este caballero acaba de revelar que fui drogada anoche por Víctor. No recuerdo nada de lo sucedido, y el señor Moratalla asegura haber sido testigo. ¿No es así? -Su mirada se clavó en Leopoldo como un dardo envenenado.
La respiración de Leopoldo se volvió errática, mientras sus puños se cerraban con tanta fuerza que sus dedos perdieron color.
El oficial observó primero a Anaís, quien mantenía una postura vulnerable pero digna, y luego a
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Leopoldo, cuya actitud delataba una culpa mal disimulada.
-Ustedes dos vendrán con nosotros a la estación -ordenó el oficial-. ¿Y Víctor? Que se presente también.
La palabra “abuso” resonó en el salón como una sentencia. Los cinco policías presentes conferían un peso institucional innegable a la situación. La puerta abierta había atraído a un grupo de curiosos que observaban el espectáculo con interés morboso.
Leopoldo, acostumbrado a la adulación perpetua, se encontró por primera vez bajo el peso del escrutinio público. Sus labios temblaron, incapaz de procesar que Anaís hubiera llevado la situación a tal extremo.
“No debería sentir vergüenza, ¿verdad? ¿No sería más sensato mantener la discreción?” La duda carcomía sus pensamientos.
-Señor Moratalla -la voz de Anaís cortó el silencio-, los oficiales están aquí. Repita lo que dijo hace unos momentos. Entiendo que Víctor es su amigo cercano y que quizás tema dañar esa amistad, pero si nos unimos para ponerlo tras las rejas, dejará de ser una amenaza.
-¡Anaís! -El brazo de Leopoldo se alzó con violencia.
El oficial intervino con rapidez, protegiendo a Anaís. Su expresión se endureció ante el arrebato. -¡Vaya! ¡Intentando agredir a la víctima frente a la autoridad! Eso amerita un cargo adicional.
El metal de las esposas resplandeció bajo las luces del salón antes de cerrarse alrededor de las muñecas de Leopoldo. El heredero de los Moratalla, jamás expuesto a semejante indignidad, comenzó a balbucear.
-No, esperen, yo no…
Anaís ocultó su rostro entre las manos, sus hombros temblando con sollozos perfectamente modulados.
-Señor Moratalla, ¿acaso mi reputación carece de valor? ¿Por qué se niega a confirmar la verdad ahora? Todos en el salón lo escucharon. Oficial, si duda de mi palabra, puede preguntarle a los presentes.
La mirada inquisitiva del policía recorrió la sala. Los asistentes, enfrentados a la disyuntiva, optaron por la autopreservación.
-Es verdad, Leopoldo lo dijo.
-Sí, todos fuimos testigos.
La gratitud desbordó el rostro de Anaís mientras miraba a quienes habían hablado.
-Gracias, de corazón. Son personas extraordinarias que no se dejan intimidar por el poder de la familia Moratalla y se atreven a defender la verdad. Me conmueve profundamente su integridad.
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La mención del poder familiar era una puñalada precisa. Si Leopoldo consideraba mantener su círculo social, esta traición quedaría grabada en su memoria como una cicatriz imborrable.
El rostro de Leopoldo se contrajo en una máscara de odio dirigida hacia sus supuestos amigos, quienes evitaban su mirada como quien rehúye la luz del sol.
El oficial, decidido a proceder, sujetó con firmeza el brazo de Leopoldo.
-Vas a acompañarnos. Todo lo explicarás en la comisaría.
-¡Me niego! ¡Sueltenme! ¿Tienen idea de quién soy? -vociferó, debatiéndose contra el agarre policial.