Capítulo 230
Efraín se ajustó el cuello de la camisa con un gesto casi imperceptible, mientras la discusión entre Samuel y Fausto resonaba en el salón como un eco discordante.
-Si no hay nada más importante, me retiro primero -anunció con voz serena, cortando el aire con la precisión de quien no tolera dilaciones.
Samuel inhaló profundamente, el humo invisible de su frustración flotando entre ellos, y lo señaló con un dedo acusador.
-Mira nada más esa actitud. Apenas tocamos el tema de las mujeres y ya quiere escapar. No esperes que él se quede suspirando por alguien. Si no termina casado con su computadora, ya es mucho decir. Seguro pasará la vida entera abrazado a sus billetes.
Efraín giró sobre sus talones, imperturbable, sin dignarse a responder. Sus pasos, firmes y silenciosos, marcaron su salida.
Anaís, empujando la silla de ruedas con delicadeza, cerró la puerta del salón privado tras ellos. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, imposible de contener.
Efraín captó el leve sonido de su risa y frunció el ceño, molesto.
-¿Te parece divertido? -preguntó, las palabras escapando entre dientes apretados, como si fueran un reproche contenido.
La risa de Anaís se apagó al instante, reemplazada por una chispa de reflexión.
-Solo pienso que el presidente Córdoba tiene algo de razón. Pero usted, presidente Lobos, no está nada mal. Hoy en día, pocas personas son como usted.
Alguien que guarda sus sentimientos con sinceridad y espera por otro con la paciencia de un roble enraizado en la tierra.
Efraín bajó la mirada, sus pestañas proyectando sombras sutiles sobre sus mejillas. No dijo más.
Anaís lo guio hacia la salida, sorteando a quienes lo reconocían y se inclinaban con respeto. Él, absorto en sus cavilaciones, no devolvió saludo alguno.
Ya en el coche, Anaís giró la llave, pero antes de que el motor rugiera, la voz de Efraín rompió el silencio.
-Tengo hambre.
Su jefe tenía hambre, y ella, como siempre, debía hallar la solución. Los restaurantes de lujo exigían reservas, y un lugar más humilde podría incomodarlo.
Iba a abrir la boca cuando él la sorprendió.
-¿No podemos ir a tu casa?
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La mente de Anaís se detuvo, atrapada en un torbellino de dudas antes de responder.
-Pues, antes no habría problema, pero ahora tengo novio. Estar solos podría prestarse a malentendidos, y él es bastante celoso. Anoche hasta me preguntó quién es mejor, si usted o él, así que…
Hablaba con torpeza, midiendo cada palabra. Antes, invitarlo no habría sido un dilema, pero ahora debía sopesar las consecuencias.
Si su novio llevara a otra mujer a su casa, ella también ardería de incomodidad.
Temió que Efraín se molestara. Apenas unas horas atrás habían cerrado aquel asunto del contrato, y ahora, en su etapa de redención, negarse tan rotundamente podría parecer una afrenta.
Pero, contra todo pronóstico, las comisuras de los labios de Efraín se alzaron en una curva leve. -Tienes razón, con novio debes ser cautelosa. Recuerda rechazar a otros hombres con esa misma claridad en el futuro.
Anaís exhaló aliviada, y una chispa de alegría le iluminó el rostro.
-Siempre he dicho que usted, presidente Lobos, es una gran persona, educada y comprensiva. Aunque no podamos ir a mi casa, puedo llevarlo a un lugar más sencillo, si no le molesta. Fabiana Illanes me lo recomendó; dice que es impecable.
Efraín desvió la mirada hacia la ventana. Su expresión era un enigma, pero Anaís intuyó que estaba de buen humor.
Él se reclinó en el asiento, sus pestañas temblando como alas de mariposa por un instante.
-Vamos, entonces.
El coche se detuvo frente al restaurante. Anaís ayudó a Efraín a bajar, y allí, entre el bullicio de platos y aromas, apareció Fabiana.
Con un delantal anudado a la cintura, Fabiana servía mesas con agilidad. Al verlos, sus manos titubearon, casi dejando caer una bandeja, antes de esbozar una sonrisa radiante.
-Anaís, presidente Lobos.
Anaís acomodó a Efraín en una mesa pulcra y luego tiró suavemente del brazo de Fabiana, apartándola a un rincón.
-¿Tú trabajas aquí?
-No, es el restaurante de mis parientes. Vengo a echar una mano cuando no tengo nada mejor que hacer, y de paso ceno gratis.
Mientras hablaba, sus ojos se deslizaban hacia Efraín con disimulo.
Anaís le dio unas palmaditas en el hombro, cómplice.
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Capitulo 230
-Trae lo mejor que tengas, pero que no pique mucho. Al presidente Lobos le va lo suave.