Capítulo 231
Fabiana inclinó la cabeza en un gesto breve y se encaminó hacia la cocina con pasos ligeros, dejando tras de sí el eco de una puerta que se balanceaba.
Anaís tomó asiento junto a Efraín y, con un cuidado casi ceremonial, comenzó a desinfectar los utensilios en agua caliente, sus dedos moviéndose con la precisión de quien teme romper algo frágil. El aire entre ellos se espesaba, cargado de una quietud que pedía ser llenada, así que ella rompió el mutismo con una chispa de curiosidad.
-¿Todavía le cuesta dormir, presidente Lobos? Me parece que sus ojeras han cedido terreno recientemente. ¿Encontró por fin un somnífero que valga la pena?
En los últimos días, su semblante había ganado una suavidad nueva, como si las aristas de su carácter se hubieran pulido con el roce del tiempo. Efraín deslizó la mirada hacia el tazón que ella le tendía y dejó escapar un murmullo apenas audible.
-Mm.
Anaís contuvo un suspiro. Conversar con él era como intentar encender una fogata con leña húmeda: todo esfuerzo, pocas llamas.
En ese compás de silencio, Fabiana regresó, sus brazos cargados con una procesión de ocho platos humeantes que desplegó sobre la mesa. Anaís arqueó una ceja ante la abundancia y, con un gesto espontáneo, invitó a Fabiana a unirse.
Fabiana, sin embargo, lanzó una mirada fugaz a Efraín y negó con delicadeza.
-No, gracias. Creo que al presidente Lobos no le agradaría compartir la mesa así.
Anaís se mordió el labio al recordar las costumbres de Efraín: porciones pequeñas, palillos compartidos, un ritual de orden y distancia incluso en la intimidad de su mansión. Sin perder el ritmo, tomó unos utensilios impecables y sirvió una selección de alimentos en un tazón junto a él, acompañándolo con una sonrisa tentativa.
-¿Así está bien?
Efraín guardó silencio, su rostro una máscara inescrutable, pero Anaís, con un destello de audacia, insistió hasta que Fabiana cedió y tomó asiento.
Fabiana comía con una contención casi teatral, sus bocados diminutos, sus ojos danzando hacia Efraín antes de huir de nuevo. Anaís lo entendía perfectamente: la presencia de alguien como él, con su aura de autoridad silenciosa, podía intimidar a cualquiera. Más aún a Fabiana, que lo conocía como cliente principal en La Luna, un terreno donde la familiaridad era un lujo
raro.
La comida transcurrió en una calma densa, interrumpida solo por el roce de los platos. Al ver que Efraín masticaba con parsimonia, Anaís le acercó un vaso de jugo con un brillo juguetón en la mirada.
-Presidente Lobos, ¿le provoca esto? Dicen que el dueño lo preparó personalmente.
Capítulo 231
Efraín aceptó el vaso, sus dedos largos rozando los de ella en el intercambio. Anaís dio un respingo involuntario, el vidrio tambaleándose en su mano como si tuviera vida propia.
Efraín frunció el ceño, una pregunta muda en su gesto.
Anaís se apresuró a justificarse, las palabras tropezando en su prisa.
-Es que… me da cosa que mi novio se entere y se ponga celoso. Aunque suele hacerme caso, cuando se enoja no hay quien lo calme.
Fabiana, sentada al frente, abrió los ojos como platos, una mezcla de asombro y júbilo
cruzando su rostro.
-¿Anaís, te arreglaste con Roberto? Siempre supe que todavía lo querías, pero ¿no estaba a nada de casarse? Tú…
-No es Roberto–cortó Anaís con una serenidad cortés-. Ya lo presentaré si se da la chance. Por ahora, no le gusta andar por ahí ni que lo vean mucho.
Fabiana asintió, sus ojos brillando con una emoción contenida.
-Qué bueno, qué bueno. No importa que no sea él, lo que cuenta es que tú estés feliz.
El resto de la cena se deslizó en un silencio cómodo, sin más interrupciones.
Ya en el auto, tras despedir a Efraín, Fabiana atrapó a Anaís con una pregunta susurrada.
-¿Tu novio es de la familia Lobos?
-No, solo es un camarero -respondió Anaís, sin dar pie a más.
Fabiana se quedó callada unos segundos, un rubor leve tiñendo sus mejillas.
-Ah, claro. Bueno, mientras tú estés a gusto… Oye, en estos días tengo tiempo libre, ¿te animas a ir de compras? Hace rato que no salimos juntas. Podrías comprarle algo a tu novio, algo bonito que lo haga sentir especial, ¿no crees?
Anaís ladeó la cabeza, pensativa. No había considerado eso. Z, con sus inseguridades tan a flor de piel, quizás se sintiera más seguro si ella le mostraba atención con un detalle tangible. Esta vez iba en serio con él; de no ser así, jamás habría cedido a sus rarezas. Para ella, la lógica era simple: si alguien no le movía el alma, no llegaba a enredarse tan hondo en su vida.
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