Capítulo 232
Tras despedir a Efraín, Anaís regresó a su hogar con el eco de los pasos resonando en su mente. Apenas cruzó el umbral, sus dedos buscaron el celular para escribirle a Z con una mezcla de ilusión y urgencia.
[Voy de compras mañana. ¿Te gustaría que consiga algo para los dos? No sé, unas tazas o tal vez cepillos de dientes a juego.]
La respuesta llegó tan rápido que parecía que Z había estado esperando su mensaje, con el teléfono aferrado entre las manos.
[Claro, me parece bien.]
Quizá temiendo que su brevedad sonara distante, un segundo texto iluminó la pantalla.
[Me hace muy feliz que pienses en mí.]
Una sonrisa suave se dibujó en los labios de Anaís mientras se dejaba caer sobre la cama. Pero apenas cerró los ojos, el timbre del celular cortó el silencio. Era el director del antiguo hospital, su voz grave irrumpiendo en la calma de la noche.
Bruno Galván había sido trasladado esa mañana al hospital principal, pero su condición no mostraba mejora alguna.
-Anaís, Gisela Cedillo sigue esperándote -dijo con un tono que pesaba como piedra.
En los últimos días, Anaís había indagado sobre la situación en la prisión. La familia Villagra, aferrada a sus negocios implacables, carecía de la influencia necesaria. Irene no era una opción; su vínculo con los Moreno era un nudo imposible de desatar. Y Efraín, aún buscando redimirse, no era alguien a quien quisiera deberle un favor. Tras darle vueltas, solo quedaba
Roberto.
Últimamente, él había guardado un silencio inusual. Sin dudarlo, Anaís marcó su número. La voz de Roberto respondió, ronca y quebrada, como si una fiebre lo hubiera consumido.
No tenía interés en indagar más.
-¿Conoces a alguien en la Prisión Santa Beatriz? Necesito que me ayudes a llevar a una persona a visitar a un preso.
Al otro lado de la línea, Roberto se incorporó de golpe. Su espalda, lacerada y cubierta de sangre seca, crujió bajo el esfuerzo. Había pasado horas postrado boca abajo, pero la llamada de Anaís era un raro destello en su penumbra. Aspiró profundamente antes de responder.
-Sí, la familia Lobos tiene acceso sin problema, pero tendré que acompañarte.
Anaís aceptó sin titubear y de inmediato avisó a Gisela.
A las diez de la noche, el auto de Roberto se detuvo frente a su casa con una puntualidad casi
1/3
15:32 1
Capitulo 232
solemne. Al subir, notó que las manos de él temblaban sobre el volante, un leve estremecimiento que delataba algo más.
-¿Qué te pasa? -preguntó, su voz cortante por la curiosidad.
Los labios de Roberto, pálidos como la cera, apenas se curvaron.
-Nada que importe ahora. Mañana lo sabrás.
Anaís no insistió; los secretos de Roberto no eran su carga. Asintió en silencio.
El vehículo se detuvo frente a la Prisión Santa Beatriz. Gisela aguardaba allí, con el aliento entrecortado y las manos temblorosas aferrando un paquete. Al ver a Anaís, un impulso la llevó a doblar las rodillas, pero Anaís la sostuvo con rapidez.
-Vamos, levántate. Entra, tu esposo debe estar esperándote.
Gisela secó sus lágrimas con el dorso de la mano y ajustó el paquete contra su pecho. La última carta de Federico Galván había sido un lamento: siempre hambriento, golpeado con frecuencia. Por eso, esta vez, ella había traído comida suficiente para llenar su vacío.
En la sala de espera, los tres aguardaron. Gisela retorcía la tela de su falda, sus ojos enrojecidos brillando de ansiedad. Habían pasado años desde la última vez que vio a Federico, y ahora, ante la promesa del reencuentro, las palabras se le escapaban. Anaís observó su rostro y sintió un nudo en el pecho.
Roberto, recostado contra la pared, ignoraba quién era Gisela. Sudor frío perlaba su frente, y un olor metálico, como de sangre fresca, emanaba de él. Anaís lo percibió, pero si él callaba, ella no preguntaría.
Tras diez minutos que parecieron eternos, la puerta se abrió de golpe.
-¿Quién es familiar de Federico?
Gisela se puso en pie de un salto, temblando de pies a cabeza.
-Yo, soy yo… ¿Dónde está él?
El policía bajó la mirada, su rostro ensombrecido por el pesar.
-Lo siento mucho. Tengo que informarle que Federico falleció hace media hora.
Gisela retrocedió, buscando apoyo en la pared.
-No, no puede ser. Tengo que verlo, por favor, déjenme verlo aunque sea una última vez. Le traje sus tamales favoritos, esta vez no pasará hambre.
El policía retrocedió un paso, su voz firme pero compasiva.
-Es verdad, ha fallecido. Venimos a avisarle para que identifique el cuerpo. Está en la morgue.
Anaís se acercó de inmediato y sostuvo a Gisela, temiendo que colapsara. Pero ella solo cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas.
2/3
15:33
-Por favor, llévenme a la morgue. Se lo suplico.
El trayecto al lugar fue un silencio opresivo, roto solo por el rumor del motor. Al llegar, Anaís ayudó a Gisela a descender. Ella tropezó, y su frente estuvo a punto de estrellarse contra una roca afilada. Anaís interpuso su mano, y el roce le arrancó un rasguño que pronto sangró. Gisela, cegada por el llanto, no lo notó. Solo avanzaba, tambaleante, con Anaís siguiéndola de
cerca.
Frente al cuerpo de Federico, Gisela levantó la sábana con manos inseguras. Había imaginado que el tiempo la había marchitado a ella sola, pero Federico parecía un eco de sí mismo: demacrado, envejecido más allá de sus años, consumido por el sufrimiento. Al verlo, el dique se rompió. Se arrojó sobre él, abrazándolo mientras sollozos desgarradores escapaban de su garganta.
-¡Ahhhh! ¡Ahhhh!
Sacudía el cuerpo inerte, como si quisiera devolverle la vida con cada movimiento. Las lágrimas caían pesadas, empapando la sábana. Pero él ya no podía responder.
Anaís, a unos pasos, sentía una furia sorda crecer en su interior contra Bárbara Villagra. Por su egoísmo, dos almas generosas habían sido arrastradas a un abismo.
Exhausta, Gisela se dejó caer de rodillas junto a la camilla. Sus manos, surcadas de venas marcadas, temblaban mientras lloraba en silencio. Anaís quiso acercarse, pero un nudo en su garganta la detuvo. Se maldijo por no haber actuado antes; tal vez Gisela habría tenido una última despedida viva con Federico.
Tras un rato, Gisela se levantó con una calma extraña. Cubrió el cuerpo con delicadeza y se giró hacia Anaís, inclinándose varias veces en un gesto de gratitud muda. Anaís, sobresaltada,
casi se arrodilla también.
-Señora Cedillo, lo siento tanto. Fui demasiado lenta.
Gisela negó con la cabeza y señaló su garganta. El dolor la había silenciado, robándole la voz, Quiso consolar a Anaís, pero solo pudo repetir el gesto, negando una y otra vez.
Un aguijón atravesó el corazón de Anaís, un dolor que no podía nombrar,
15:33 1