Capítulo 234
Anaís dejó escapar un suspiro suave, casi imperceptible, mientras sus dedos dudaban sobre la pantalla. No quería responderle así, no cuando temía que sus palabras pudieran herirlo sin intención.
[La próxima vez, de verdad te buscaré, te lo prometo.]
[Sí, te extraño demasiado, todos los días pienso en ti.]
Una sonrisa tibia se dibujó en sus labios al leer los mensajes de Z. Sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y cansancio, pero entonces una figura se alzó frente a ella, proyectando una presencia que le erizó la piel. Al levantar la vista, se topó con el rostro sombrío de Damián.
-Señorita Villagra, ¿qué hace enviándole mensajes a Efraín a estas horas? -Su voz destilaba un sarcasmo cortante-. ¿Todavía no piensa dormir?
El ceño de Anaís se arrugó apenas, captando la pulla en su tono.
-Estoy hablando con mi novio, presidente Lobos -replicó con calma, sosteniendo su mirada-. Usted es mi jefe directo, ¿cómo se me ocurriría molestarlo a esta hora?
Una chispa fugaz iluminó los ojos de Damián, como si acabara de desenterrar un secreto valioso. Anaís lo ignoró, inclinando la cabeza para seguir tecleando, pero la risa burlona de él la interrumpió.
-¿No te parece que Efraín te trata de forma muy especial, Anaís? -comenzó, su tono cargado de veneno-. Anoche te llevó a ese lugar a cenar, algo que no había hecho en años. Además, entras y sales de Bahía de las Palmeras como si nada, e incluso te metes en sus reuniones
con esa gente.
Con cada palabra, el rostro de Anaís se ensombrecía más, una tormenta contenida bajo su piel. Guardó el celular con un movimiento lento y se puso de pie, enfrentándolo.
-¿Me está siguiendo, señor Lobos?
Damián soltó una carcajada seca, cargada de desprecio.
-No sé si de verdad no lo pillas o solo te haces la ingenua. Pensé que Efraín había sido bastante claro. Le gustas. Eres su excepción. Con nadie más se comporta así.
-Señor Lobos, mida sus palabras -respondió ella, firme pero serena-. Trabajo para el Grupo Lobos y no quiero que se armen chismes con mi jefe.
Él la recorrió con la mirada, deteniéndose en cada detalle, y luego soltó otra risa sarcástica.
-Parece que en serio te da igual. Eso simplifica las cosas. Mejor hablemos en privado.
Anaís frunció el ceño, renuente. Meterse en las intrigas de los Lobos era lo último que deseaba. Que Damián supiera tanto de sus pasos solo podía significar que buscaba un flanco para golpear a Efraín. Muchos creían que, con sus piernas fuera de juego, él ya no era una amenaza.
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Capitulo 234
Quiso negarse, pero algo en la actitud de Damián -oscura, impredecible- la hizo dudar. ¿Y si sus métodos eran peores de lo que imaginaba?
-Está bien–cedió al fin-. Hablemos en el balcón, al final del pasillo.
A esa hora, el hospital empezaba a llenarse de murmullos y pasos. No se atrevería a intentar nada ahí, pensó. Al llegar, Damián extrajo una tarjeta del bolsillo y se la tendió con gesto calculado.
-Anaís, ahora te importa mucho tu novio, ¿no es así? -dijo, su voz goteando amenaza-. Me basta un día para saber quién es, dónde trabaja, cuántos parientes tiene. Si no quieres meterlo en esto, escucha bien lo que voy a decirte. Si no, lo próximo que verás será su cadáver.
El rostro de Anaís se endureció, un nudo apretándole el pecho. No había anticipado que Z, tan frágil y vulnerable, pudiera quedar atrapado en este juego por su culpa. Él, con su corazón de cristal, siempre esperándola con esa ilusión infantil, como si el mundo entero pudiera aplastarlo en un instante.
Inhaló profundo, buscando aplacar la furia que subía por su garganta. Primero debía calmar a
Damián.
-¿Qué quiere que haga? -preguntó, su voz un hilo tenso.
La sonrisa de él se ensanchó, victoriosa, mientras deslizaba la tarjeta y su propia presentación en la palma de Anaís.
-A partir de ahora, me informarás de cada paso de Efraín -declaró-. Y, de paso, averigua si sus piernas realmente están acabadas.
Todo San Fernando del Sol contenía el aliento por el destino de esas piernas. Anaís esbozó una
sonrisa tensa.
-De acuerdo, pero el presidente Lobos tiene un ojo afilado -respondió-. Si no es urgente, no me llame. Un mensaje bastará.
Damián la agregó al instante a sus contactos, exhibiendo esa mueca envenenada que parecía
tatuada en su rostro.
-Espero que cumplas, señorita Villagra -remató-. Por el bien de tu noviecito.
Añadió ese diminutivo con un dejo de burla, convencido de que Anaís cedía fácil. Si podía doblegar a la familia Villagra sin esfuerzo, ¿qué le costaría manejar a un don nadie?
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