Capítulo 235
Cuando Damián se marchó, Anaís sintió que el agotamiento le pesaba en los hombros como un manto invisible. Se llevó las manos a las sienes, masajeándolas con suavidad, y dejó escapar un suspiro que parecía desprenderse de lo más hondo de su ser.
Regresó al asiento solitario frente a la habitación del hospital, donde el murmullo lejano de las enfermeras y el zumbido de las máquinas la envolvían en una somnolencia casi irresistible.
Una hora después, los pasos apresurados de Sofía Lobos irrumpieron en el corredor. Su rostro, encendido por la furia, se torció al posar los ojos sobre Anaís.
-¡Anaís, lárgate de aquí! ¿Cómo te atreves a aparecer otra vez? ¡Mi hermano está así por tu maldita culpa! ¡Vete ya!
Anaís, que no tenía el menor apego por permanecer en ese lugar, sintió un alivio inesperado ante la orden. Se puso de pie con calma.
-Está bien, me voy. Hasta luego.
Sofía se quedó muda, desconcertada, como si su rabia hubiera chocado contra un muro de algodón. Sin saber cómo responder, giró con brusquedad y empujó la puerta de la habitación con un golpe seco.
Al salir del hospital, el aire fresco golpeó el rostro de Anaís como una caricia liberadora. Regresó a casa, se despojó de la ropa impregnada de tensiones y se vistió con algo más ligero antes de dirigirse al Grupo Lobos.
Llegó al último piso justo a tiempo, con el reloj marcando el límite exacto de la puntualidad, y un suspiro de alivio escapó de sus labios.
Durante todo el día, la ausencia de Efraín fue una sombra constante. Ni siquiera apareció en la reunión de altos ejecutivos, lo que sembró una inquietud silenciosa en su pecho.
Al final de la jornada, movida por la preocupación, se acercó a Lucas Martínez.
-¿Qué le pasó al presidente Lobos?
Lucas esbozó una sonrisa torcida, cargada de ironía, y le lanzó una mirada que destilaba desprecio.
-Esa pregunta te la deberías hacer a ti misma, ¿no crees? Tú lo llevaste a cenar anoche.
El corazón de Anaís dio un salto. “¿Será que la comida de ese lugar tan sencillo le hizo daño a su estómago delicado?”
-¿Cómo está ahora? ¿Tan grave es que no pudo venir a trabajar?
Lucas se ajustó las gafas con un gesto lento, casi teatral.
-No es solo eso. El médico de la familia ya está en la mansión. El abuelo se enteró de todo. Esta mañana, el presidente se desmayó con una fiebre altísima. No me extrañaría que pronto
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vengan por ti.
Un nudo se apretó en el pecho de Anaís. “Si tan solo hubiera sabido lo sensible que es su salud, jamás lo habría llevado ahí.”
Instintivamente, tomó la manga de Lucas, pero él retrocedió de un salto, con el rostro
desencajado por el pánico.
-¿Estás loca? ¿Quieres contagiarme algo?
Anaís lo miró, atónita. “¿Por qué reacciona así?”
Entonces lo comprendió. “Lucas nunca me ha tenido aprecio. Seguro piensa que traigo mala suerte o algo peor.”
Inhaló profundamente, tratando de ordenar sus pensamientos.
-Martínez, ¿puedo entregarme ahora mismo?
Si esperaba a que el abuelo la mandara buscar, el castigo podría ser mucho peor. Lucas, ya más sereno, la observó con seriedad.
-El abuelo quiere al presidente como si fuera su vida. Por cosas del pasado, Efraín siempre ha sido duro consigo mismo… Prepárate. Si el abuelo te reprende, resiste.
La ansiedad de Anaís crecía como una marea imparable. No conocía los detalles del pasado de Efraín. “Si lo hubiera sabido, jamás habría tomado esa decisión por él.”
Sin perder tiempo, siguió a Lucas hasta el auto. Al llegar a Bahía de las Palmeras, un escalofrío le recorrió la espalda al ver la fila de vehículos estacionados: autos militares y de la familia
Lobos alineados como centinelas.
Al cruzar el umbral del vestíbulo, la voz grave de Anselmo Lobos resonó en el aire.
-Gracias a todos por su esfuerzo.
Anaís levantó la vista y se encontró con una escena imponente: oficiales de alto rango, erguidos y solemnes, ocupaban el salón. Este ya no era un lugar donde ella encajara.
Anselmo la vio entrar y su expresión se endureció sutilmente, aunque contuvo su furia. Con un gesto firme, señaló hacia afuera.
-Arrodillate en el patio hasta que Efraín despierte.
Lucas, a su lado, hizo ademán de protestar, pero Anaís lo detuvo con una mirada. Entendía la cólera de Anselmo. Acababa de castigar a su nieto, y ahora Efraín yacía inconsciente por su culpa. Que no la hubiera reprendido más allá era, en sí mismo, un milagro.
Lucas frunció el ceño y murmuró con suavidad:
-Cuando el presidente despierte, hablaré con él.
Anais sintió una chispa de gratitud. Siempre había creído que Lucas la despreciaba, que se regodearía viéndola caer. Pero ahí estaba, ofreciéndole apoyo en un momento oscuro.
Capítulo 235
Sin duda, su lealtad hacia Efraín era incuestionable, y su educación brillaba en esa muestra de
nobleza.
Nadie más en el salón pareció notar su presencia. Anaís salió al patio y se arrodilló sobre el suelo áspero, cubierto de pequeñas piedras que se clavaron en su piel como agujas diminutas. Mantuvo la espalda recta, soportando el dolor con estoicismo, confiando en que Efraín despertaría antes del anochecer.
Sin embargo, las horas se arrastraron lentas y crueles. Tres interminables horas después, el vaivén de figuras importantes continuaba en el salón. Algunos incluso subieron al piso superior, mientras las rodillas de Anaís sangraban, marcadas por la tierra y el castigo.
Aun así, su mayor tormento no era el dolor, sino la incertidumbre que envolvía el estado de
Efraín.
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