Capítulo 238
Anaís, con el corazón en un nudo, no tuvo más remedio que buscar a la ama de llaves, quien regaba con esmero las flores del jardín de la villa. Le dejó un recado breve, casi susurrado, y partió apresurada hacia su casa, como si el viento mismo la empujara.
En el trayecto, sus dedos danzaban inquietos sobre la pantalla del celular, enviando mensaje tras mensaje a Z. Silencio. Ni una palabra en respuesta. Él, que solía contestar al instante, ahora parecía tragado por un abismo invisible.
Al llegar a su hogar, la calma se le escapaba como arena entre los dedos. Incapaz de hallar sosiego, paseó la mirada por las paredes, considerando salir a tentar la suerte en ese inmenso casino que tanto la atraía. Pero apenas cruzó el umbral, el destino le tendió una sorpresa: Irene estaba allí, frente a ella.
Irene había cuidado cada detalle de su apariencia ese día. Su melena ondulada, de un rojo profundo como el vino añejo, caía con una despreocupación estudiada sobre sus hombros, mientras un vestido negro, ceñido como una segunda piel, delineaba su figura con elegancia audaz.
Los ojos de Anaís se iluminaron con un destello fugaz. Presionó el botón del ascensor con un movimiento casi instintivo, y juntas descendieron al estacionamiento.
-¿Señorita Moreno, va de cita? -preguntó Anaís, con un dejo de curiosidad.
Irene apartó un mechón de su cabello con un gesto grácil.
-Voy a un lugar a divertirme. ¿Te animas a venir?
-¿A dónde?
-A Nocturnia.
El nombre resonó en la mente de Anaís. Era el mismo casino que había visitado antes, aquel que los jugadores mencionaban entre susurros. Nocturnia, un coloso resplandeciente que dominaba toda una montaña, bautizado con la ironía de la oscuridad.
Así que Irene lo conocía. Más aún, parecía ser una habitual, una figura de prestigio entre sus luces y sombras. Anaís, con el deseo latiendo en su pecho, no dudó en aceptar, y juntas emprendieron el camino.
Al tomar asiento en el copiloto del auto de Irene, un aroma envolvente la alcanzó. El perfume de Irene no era uno cualquiera; escapaba a las marcas comunes que Anaís conocía. Era una fragancia seductora, como un caramelo que se deshace lentamente en el agua, impregnando el aire con su dulzura sutil y persistente.
Había pasado días sin dormir bien, y el cansancio tiraba de sus párpados, pero la voz de Irene la arrancó de su letargo.
-¿Sabes quién es el dueño de Nocturnia?
20.09
Anaís se irguió de golpe, plenamente despierta. Su memoria, un lienzo en blanco desde aquel accidente, no le ofrecía respuestas. Negó con la cabeza, expectante.
Irene esbozó una sonrisa leve, cargada de misterio.
-Dicen que todo Nocturnia le pertenece. La planta baja está diseñada para atrapar a los apostadores comunes, pero en las entrañas del lugar, las apuestas se vuelven oscuras. Allí se juega con todo: los mejores hackers, los peleadores más letales, inmersos en las industrias que nadie menciona en voz alta. Muchas familias han intentado negociar con ese dueño esquivo, pero ni siquiera ha mostrado su rostro.
Anaís se enderezó aún más, intrigada.
-¿Nadie sabe de dónde viene?
El auto se detuvo ante un semáforo en rojo. En la pausa, Irene extrajo un cigarrillo con dedos hábiles, pero al notar la presencia de Anaís, lo guardó de nuevo con un gesto contenido.
-Nadie lo sabe con certeza. Rumorean que trabajó encubierto en el extranjero hace años. Sabes cómo es este país, siempre desconfiado de ciertos asuntos. En aquella época, muchos fueron engañados y llevados fuera de las fronteras, y se necesitaba desesperadamente alguien que pasara información. Él fue el elegido, pero puso una condición: encontrar a una persona que había jurado buscar. Habló poco de ella, solo dijo que era una niña que le salvó la vida, un poco menor que él. Con tantos rostros en esta tierra, ¿quién podría adivinar de quién se trataba? Entonces, alguien tuvo una idea cruel: encontraron a una pequeña enferma, la hicieron pasar por ella, y él, confiado, la acogió como a una hermana. Pero apenas llevaba unos años en la clandestinidad cuando le llegó la noticia de que la niña había recaído. Exigió volver, aunque las autoridades se negaron; el plan estaba en su momento más crítico.