Capítulo 239
Anaís frunció el ceño, atrapada en un torbellino de confusión que le nublaba el rostro.
-¿Entonces, él regresó? -preguntó, con un dejo de curiosidad teñido de impaciencia.
Irene le lanzó una mirada fugaz de reojo, alzando las cejas con un gesto que destilaba complicidad.
-La muchacha falleció. Alguien se encargó de hacerle llegar la noticia. Aquí temían que perdiera la cabeza, así que vendieron sus secretos a los de allá para que se despedazaran entre ellos. Dicen que apenas tenía dieciséis años por entonces -respondió Irene, mientras giraba el volante con una precisión casi artística.
Anaís apretó los labios, conteniendo una maldición que resonó en su mente como un eco
furioso.
-¿Y después qué pasó? -insistió, su voz cargada de urgencia.
-Dicen que venció. Tomó las riendas de aquel territorio. Luego trajo su imperio de casinos hasta aquí. Los que lo traicionaron ahora ni se atreven a abrir la boca. Nocturnia se alza tan imponente que nadie osa hurgar en sus cimientos. Sus secretos son un misterio, y todos tiemblan por sus propios pellejos -explicó Irene, dejando que las palabras danzaran en el aire mientras el auto trazaba una curva suave. Aunque, claro, todo esto no son más que rumores que circulan en Nocturnia. Que un muchacho de dieciséis años dominara las entrañas del bajo mundo parece sacado de un cuento.
Anaís, sin embargo, sentía en sus entrañas que aquello podía ser más real que cualquier
fábula.
El vehículo se detuvo frente a Nocturnia, y al bajar, Anaís observó cómo Irene intercambiaba palabras con los guardias de la entrada, manejándolos con la destreza de quien conoce bien el juego.
En cuestión de instantes, les abrieron paso.
Mientras avanzaban entre el bullicio y las luces, Anaís no pudo contenerse.
-¿Y tú, Irene, qué viniste a buscar esta noche? -preguntó, con un brillo inquisitivo en los ojos.
Irene extrajo una tarjeta del bolso y la mostró con un ademán elegante.
-Una subasta. Pero el acceso es exclusivo, no puedo llevarte conmigo. Si quieres, explora por aquí y nos vamos juntas después -respondió, con una sonrisa que prometía complicidad.
Anaís asintió, decidida a aprovechar el momento. Recorrió el lugar con la mirada hasta dar con un mesero entre la marea de apostadores, con la intención de indagar sobre Z, aunque su rostro seguía siendo un borrón en su memoria.
Se acercó al mesero que ya había cruzado su camino antes.
-La otra noche me guiaste a ese piso, ¿te acuerdas? Aquella velada de servicio especial… ¿Me
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Capitulo 239
reconoces? -preguntó, modulando la voz con un dejo de esperanza.
El mesero le dedicó una sonrisa cortés, cálida como una bienvenida.
-Claro que sí, señorita Villagra. ¿Busca otro servicio especial esta noche? -respondió, inclinándose apenas.
-Quiero que él venga a verme. ¿Dónde está? -dijo Anaís, con un matiz de urgencia que no logró disimular.
-Podría ser complicado, pero puedo consultarle si desea recibirla. ¿Le parece bien esperar un poco? -ofreció el mesero, con la gentileza de quien sabe medir las palabras.
Anaís exhaló un suspiro de alivio. Saber que alguien podía tender un puente hacia Z le aligeró el pecho.
Siguió al mesero, quien la condujo a través de un pasillo hasta un rincón envuelto en una atmósfera distinta. Allí, una gran piscina de aguas tibias exhalaba vapores que difuminaban los contornos, como si el mundo se deshiciera en susurros de niebla.
El mesero se retiró con discreción.
-La piscina está impecable, señorita Villagra. Puede relajarse mientras averiguo si él acepta verla dijo antes de esfumarse entre la bruma.
Anaís no tenía deseos de sumergirse. En cambio, se dejó caer en una silla cercana, sintiendo el roce áspero del respaldo contra su espalda.
La luz era apenas un murmullo, y mientras sus dedos acariciaban los pétalos de una flor que adornaba la mesa, un recuerdo fugaz atravesó su mente como un relámpago. Era un lugar parecido, cargado de vapor y promesas. Sus ojos, entonces encendidos de anhelo, se habían clavado en alguien. Fue la primera vez, y el placer, mezclado con un filo de dolor, la había obligado a arquear el cuello en un instante que aún palpitaba en su piel.
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