Capítulo 240
Anaís contempló la flor que reposaba frente a ella, sus pétalos suaves y húmedos por el vapor que impregnaba el aire. Al recorrer con la mirada el entorno, una chispa de reconocimiento destelló en su memoria. Este lugar, envuelto en niebla y susurros de agua, había sido el escenario de aquel fragmento fugaz que acababa de cruzar su mente. Ella era la protagonista de esa escena, ¿o no? ¿Acaso su primer encuentro con Z había sucedido entre estas paredes empañadas?
Frunció el ceño y bajó la vista, esforzándose por desenterrar más detalles de su recuerdo. Sin embargo, cada intento era como hurgar en arenas movedizas: cuanto más insistía, más se hundía en un dolor punzante que le atravesaba las sienes. Suspiró, alzando una mano paral aliviar la tensión, pero antes de que pudiera tocarse, unas manos largas y delicadas se posaron sobre su cabeza, masajeándola con una suavidad que la sorprendió.
Quiso girarse para verlo, pero la venda que cubría sus ojos se deslizó de nuevo, cegándola con su peso ligero.
-Anaís, ¿te sientes mejor? -preguntó una voz cálida, apenas un murmullo entre el rumor del
agua.
-Sí–respondió ella, lacónica.
Él guardó silencio, y ella percibió que su tono escueto lo había desconcertado. Sin resistirse, esperó con paciencia mientras él ajustaba la venda con dedos hábiles. Luego, se volvió hacia él, guiada por el leve roce de su presencia.
-Este lugar… ¿he estado aquí antes? -inquirió, buscando en su voz un eco del pasado.
Apenas terminó de hablar, la mano de él se cerró con fuerza sobre su muñeca, arrancándole un respingo silencioso de dolor. Él lo notó al instante y la soltó, dejando tras de sí una marca roja que contrastaba con la palidez de su piel. Bajó la cabeza y, con una ternura casi culpable, comenzó a acariciar la huella, como si quisiera borrar su error con cada roce.
Anaís sintió el peso de su remordimiento y decidió suavizar el momento.
-¿Fue aquí nuestra primera vez? -preguntó, con una chispa de curiosidad.
Al llegar, el lugar le había parecido un rincón encantador, y los fragmentos de su memoria destilaban un placer difuso. Entonces, ¿cómo habían terminado tan distanciados? Él no respondió, perdido en el movimiento de sus dedos sobre su muñeca.
Anaís maldijo en silencio su amnesia; la dejaba a ciegas, siempre un paso atrás. Alargó las manos hacia él, rozando su rostro, y el calor que emanaba de su piel la alarmó.
-¿Todavía tienes fiebre? -preguntó, frunciendo el ceño.
-Sí.
Su preocupación brotó al instante. Intentó quitarse la venda, pero él la detuvo con firmeza.
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Capitulo 240
-No me mires -pidió, su voz un susurro tenso.
-Está bien, no te miro -cedió ella-, pero al menos toma algo para la fiebre. ¿Cómo se te
ocurre salir así? ¿Y si te desmayas? No me extraña que estés tan callado hoy, igualito a mi jefe cuando se pone en modo silencioso. ¡Me vuelve loca!
Él no contestó, y Anaís se mordió la lengua, consciente de que había metido la pata. Rápidamente, tomó su muñeca con suavidad.
-Ven, métete al agua conmigo. Suda un poco. No quise mencionar a nadie, ¿sí?
Esperaba una reacción fría, pero él ya estaba desabrochándose la ropa. Su respiración se aceleró, y giró la cabeza por instinto, solo para recordar que la venda la mantenía en la oscuridad. Volvió a su posición, con el corazón latiéndole en los oídos.
Cuando se sumergieron en las aguas cálidas, ella se recostó contra su pecho, y un recuerdo del día irrumpió en su mente.
-Oye, Z, ¿te has enterado de lo que dicen sobre tu jefe? -comentó, relajada-. Cuentan que fue un infiltrado en sus tiempos. Pero, la verdad, nadie sabe bien de dónde salió.
Los dedos de Z se deslizaron por sus hombros, aplicando una presión tan precisa que ella se abandonó aún más a su toque. Le relató lo que Irene había compartido, entrecerrando los ojos tras la venda.
-¿Has oído algo de eso por aquí? -preguntó, con un dejo de pereza.
Los dedos de él se detuvieron un instante.
-Sí–respondió, seco.
Anaís se irguió de inmediato, girándose con cuidado para sentarse sobre su cintura, dejando que un solo hombro emergiera del agua.
-¿Entonces es cierto? -insistió, intrigada.
Con los ojos cubiertos, no podía medir su expresión, pero el agua danzaba a su alrededor, revelando lo que ella no veía. La mirada de Z se endureció, su nuez de Adán tembló, y sus manos descendieron lentamente hasta aferrarla.
-Hay exageraciones, pero en esencia, sí -admitió.
-Vaya, entonces la historia de tu jefe es casi mítica -reflexionó ella, apoyando la barbilla en su hombro-. No me extraña que Nocturnia sea lo que es.
Estaba frente a él, inmersa en el calor del agua y de sus manos inquietas, que hacían que su voz vacilara por momentos. Tras unos instantes, él detuvo sus caricias.
-Encontró a la chica que le salvó la vida —dijo, su tono más grave.
Las pestañas de Anaís vibraron tras la venda. Alguien lo había traicionado, y aun así, él la halló. Eso era el destino tejiendo sus hilos. Sonrió.
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-¿Y están juntos? -preguntó, esperanzada.
-No. Todo acabó mal–respondió él, cortante.
-¿Eh?
Aquello sonaba al preludio de un romance épico. ¿Cómo había terminado en desastre? Él
pareció captar su curiosidad, pues sus manos recorrieron su espalda con una suavidad hipnótica mientras continuaba.
-Cuando la encontró, ya era tarde. Ella amaba a otro. Y su amor… pasaron demasiadas cosas, es difícil contarlo en pocas palabras.
Anaís bajó la cabeza y mordió suavemente su hombro.
-Vaya, parece que sabes más de lo que dejas ver -bromeó.
-Solo son rumores -replicó él, esquivo.
Sintiendo que ya había pasado suficiente tiempo en el agua, ella se incorporó para salir, pero Algo la retuvo.
-Z, todavía tienes fiebre -señaló, preocupada.
-Sí…
Extendió la mano y tocó su frente. El calor de las aguas termales lo había hecho sudar copiosamente, y su piel ardía bajo sus dedos.
-Mejor hablamos cuando estés bien -sugirió.
-Anaís -la llamó él, con voz apagada.
-¿Sí?
-El tiempo contigo… es como si lo estuviera robando -confesó.
Un pinchazo atravesó el pecho de Anaís. Su tono sombrío, casi derrotado, la desarmó. Intentó animarlo.
-No es que no quiera estar aquí, Z. Me preocupa que te hagas daño. Siempre te pones tan intenso… y, la verdad, eso también me agota.
Sintió que él soltaba su cintura, y el chapoteo del agua resonó cuando se levantó.
-¿Z? -lo llamó, inquieta.
El silencio se adueñó del lugar. Furiosa, se arrancó la venda de los ojos. Tal como imaginaba, él había desaparecido, dejándola sola en medio del vapor.
-Qué carácter el de este tipo masculló, entre la frustración y un enojo que le ardía en el pecho.
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