Capítulo 241
Cuando Anaís emergió de la piscina de aguas termales, el vapor aún danzaba en el aire, acariciando su piel con un susurro cálido. Sus ojos captaron un destello de tela sobre una silla cercana: ropa nueva, doblada con esmero, aguardándola como un gesto silencioso de cuidado. Se vistió con movimientos pausados, dejando que la suavidad del tejido rozara su cuerpo renovado. Luego se dejó caer en el asiento, el cansancio deshaciéndose en oleadas tras el baño. El calor había abierto cada rincón de su ser, y su mente, antes nublada, ahora flotaba con una claridad cristalina.
Sacó el celular del bolso, los dedos rozando la pantalla con la intención de escribirle a Z, pero un mensaje de Irene la detuvo. “¿Dónde estás?“, decía, y al mirar la hora, un sobresalto la recorrió: había pasado una hora entera sin notarlo. Se puso de pie con un impulso súbito y caminó hacia la salida, los pasos resonando en el pasillo silencioso. Al doblar una esquina, su cuerpo chocó contra algo sólido, un impacto que le arrancó un quejido. Era un hombre alto, su rostro oculto tras una máscara plateada que relucía bajo la luz tenue. Su presencia no era como la de Efraín, serena y distante; este hombre exudaba una energía afilada, un filo que parecía cortar el aire a su paso.
Anaís se llevó la mano a la nariz, donde un pinchazo de dolor persistía, y murmuró una disculpa apresurada antes de escabullirse al ascensor cercano. Él no la siguió; su figura se perdió en la penumbra del corredor, como si el lugar lo reclamara. Mientras el elevador descendía con un zumbido sutil, Anaís no pudo evitar girar la vista hacia el reflejo borroso del hombre en el metal pulido. Se frotó la nariz, pensativa. Algo en él le resultaba inquietantemente familiar, un eco que no lograba descifrar.
Al llegar al vestíbulo, el aire fresco la recibió junto con la silueta de Irene, que la esperaba en la
salida con los brazos cruzados.
-¿Qué te pasó? -preguntó Irene, sus ojos afilados notando el leve rubor en el rostro de su amiga.
-Choqué con un tipo que llevaba una máscara plateada -respondió Anaís-. Tenía una presencia… imponente.
Irene arqueó una ceja, y una sonrisa traviesa curvó sus labios.
-Aquí en Nocturnia, solo el dueño se pasea con una máscara plateada. Qué suerte la tuya, yo llevo años viniendo y nunca lo he visto.
Anaís parpadeó, sorprendida. ¿Tan esquivo era ese hombre? Mientras caminaban hacia el exterior, el viento nocturno rozó su piel, pero su mente seguía atrapada en Z, en su silencio, en su partida abrupta. Una sombra de preocupación cruzó su rostro.
Irene, siempre atenta, ladeó la cabeza.
-¿Qué tienes? Parece que te mordió un lobo.
Sus dedos rozaron con suavidad el cuello de Anaís, donde una marca apenas visible asomaba
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Capitulo 241
bajo la luz de la luna. Anaís se sobresaltó y cubrió el punto con la mano.
-Fue mi novio -dijo, la voz teñida de una mezcla de ternura y vergüenza.
Ya dentro del coche, Irene guardó silencio unos segundos, su mirada perdida en el parabrisas antes de volverse con una expresión indescifrable.
-No me digas que fue Roberto -soltó, casi como advertencia-. Si es él, olvídate de mi amistad. Dicen que lo castigaron los Lobos y que Bárbara quedó como el chiste de San Fernando después de que cancelaran el compromiso.
Anaís suspiró, el peso de los recuerdos y las dudas anudándose en su pecho.
-No, no es Roberto. Es un mesero que conocí aquí, en Nocturnia.
La incredulidad torció el rostro de Irene.
-¿Un mesero de los que “atienden” a las clientas? Ay, Anaís, esos tipos siempre saben qué decir para enredarte. No me extraña que te gustara Roberto antes; eres un caso perdido para el
romanticismo.
Anaís se hundió en el asiento, la mirada perdida en el horizonte oscuro.
-Él no es como los demás -murmuró, más para sí misma que para Irene.
Irene rodó los ojos en silencio. Era la misma excusa de siempre, pensó: “Es diferente“. Pero al final, todo se reducía a lo mismo, a un juego de promesas vacías y billetes.
Justo cuando el motor rugió para arrancar, un automóvil negro y lustroso irrumpió en su camino, deteniéndose a centímetros del capó. Irene pisó el freno con fuerza, el corazón en la garganta, y vio a Iván bajar del otro vehículo con pasos firmes. Con un bufido de frustración, le tendió las llaves a Anaís.
-Toma, llévate el coche esta noche.
Anaís salió del asiento del copiloto y rodeó el vehículo hasta el volante, mientras observaba cómo Iván tomaba a Irene por la muñeca y la arrastraba hacia su auto. Ella le cruzó el rostro con una bofetada sonora, pero él, sin inmutarse, la sujetó por las mejillas y la besó con una intensidad que cortaba el aliento. Nocturnia, enclavada en las afueras, se alzaba solitaria bajo el cielo estrellado, sin testigos más allá del murmullo del viento.