Capítulo 243
Iván apartó con brusquedad la mano de Irene que le rozaba la mejilla, un gesto cargado de desprecio que resonó en el silencio del auto. El impacto dolió en el dorso de su mano, pero ella apenas lo registró. Con un movimiento firme, se bajó del vehículo y tomó el asiento del conductor.
-Te llevaré de vuelta -dijo, la voz cortante como el filo de una decisión irrevocable-. Ahora eres el presidente, no deberías andar solo por ahí. La familia Moreno tiene demasiados ojos encima y cualquier descuido podría ponerte en riesgo.
Sentado en la parte trasera, Iván dejó caer los hombros, una sombra de derrota cruzándole el
rostro.
–Mejor déjame morir -murmuró, las palabras pesadas, casi teatrales-. Total, ya no tengo ganas de seguir con esto.
-¡Chirrido!–
El auto frenó en seco, las llantas protestando contra el asfalto. Irene aferró el volante con dedos temblorosos, girándose hacia él con los ojos encendidos.
-¿Qué diablos quieres decir con eso?
Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Iván, como si hubiera encontrado una grieta en
su armadura.
-Así que
sí te importa si me muero, ¿verdad?
Irene abrió la boca para replicar, pero la chispa de locura en la mirada de él la detuvo. Apretó los labios y soltó una sola frase, seca y definitiva:
-Te llevaré de regreso.
-No quiero regresar -respondió él, testarudo.
-Entonces a la empresa.
-Tampoco quiero ir ahí.
Ella frunció el ceño, cediendo a regañadientes.
-No puedes venir a mi casa.
-¿Qué? ¿Tan rápido te instalaste con él? -Se inclinó hacia ella, la voz burlona-. ¿Ya debería empezar a llamarlo cuñado, o te incomoda la idea?
-¡lván!
El grito escapó de su garganta mientras pisaba el freno con furia, el auto temblando por la brusquedad. Su rostro ardía de indignación.
-¿Qué es lo que quieres de una vez?
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Capitulo 243
-Rompe con él -disparó él, acercándose más, su aliento rozándole la piel-. Si quieres que deje de darte lata, termina con él. No salgas con nadie más y tal vez, solo tal vez, deje de
buscarte.
El silencio se instaló entre ellos, denso y afilado. Irene lo miró por largos segundos antes de girarse con lentitud, la voz baja pero firme.
-En unos días lo llevaré con la familia Moreno para que conozcan a sus futuros suegros. No estoy jugando con esto.
Iván soltó una risita ligera, encogiéndose de hombros como si nada importara.
-Está bien, tú decides. Más tarde le contaré a la familia Moreno que tú y yo hemos tenido lo
nuestro.
Irene apretó los dientes, la frustración vibrándole en el pecho. Para el mundo, Iván era un torbellino impredecible, un demonio con rostro angelical, y ella lo sabía mejor que nadie. Sus cambios de humor eran un juego cruel, palabras venenosas envueltas en sonrisas. Sin decir más, retomó el volante y siguió conduciendo.
De pronto, él se inclinó y le plantó un beso en la mejilla, suave pero cargado de desafío.
-No iré con la familia Moreno. Llévame a donde vives ahora. No subiré, te lo prometo.
Ella respiró hondo, ya más serena.
-Estoy manejando, quédate quieto.
Iván obedeció, saboreando su pequeña victoria en silencio.
El auto se detuvo frente al complejo donde Irene vivía. Ella bajó rápidamente, ansiosa por escapar, pero su voz la detuvo en seco.
-Irene.
Algo en su tono, un eco de los años compartidos, ablandó su corazón. Se giró despacio.
-Ve a casa y ponte un huevo en la cara. No me busques por un tiempo.
Él le dedicó una sonrisa traviesa.
-Ven aquí, tengo algo que decirte.
Con el ceño fruncido, ella dudó, pero se acercó. En un movimiento súbito, Iván la jaló hacia el auto y hundió los labios en su cuello, marcándola con besos fieros.
La furia le erizó la piel. Irene alzó la mano para golpearlo, pero él la atrapó con fuerza.
-Adelante, pégame -susurró, los ojos brillándole-. Solo vas a encenderme más.
Luchar contra alguien tan desvergonzado la dejaba sin armas. Aunque todos la veían como una mujer de hierro, en ese instante se sentía atrapada, vulnerable.
Por diez minutos, él siguió besándola y mordiéndola, hasta que al fin la soltó. Irene enderezó su
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ropa en silencio, el rostro oscilando entre rabia y agotamiento.
La mayoría huiría ante esa expresión, pero Iván se acercó de nuevo, rozándole los labios con un beso provocador.
-¿Segura que quieres llevar a Gustavo a casa? No te prometo que me quede callado frente a la familia Moreno.
Sin responder, ella ajustó su blusa con manos temblorosas y abrió la puerta para salir. Él la abrazó por detrás, pegándose a su espalda.
-No me has contestado. ¿De verdad vas a llevar a ese tipo a casa?
El rostro de Irene se endureció, perdido en un torbellino de emociones.
-Suéltame.
Satisfecho con su caos, Iván la liberó. Mientras la veía alejarse, sacó un cigarrillo y lo encendió con calma. Luego, extrajo la cámara del auto y revisó las fotos de sus besos, un cuadro íntimo de belleza y tensión.
Pensó en enviarlas a Gustavo, pero sus dedos vacilaron sobre el botón, incapaces de decidirse. Dio una calada profunda y se sumergió en el video que había grabado: la furia inicial de Irene, su resignación, la chispa de compasión por sus heridas, y finalmente, el beso forzado que había durado una eternidad.
Cada imagen avivaba una llama en su interior, un calor que lo consumía. Apagó el cigarrillo contra el suelo, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar el humo en un suspiro lento.
-Irene…
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